Capítulo 16. Laia #6
—Y después… pues siguió pasando —le conté—.
O sea, si se iba por ahí o de fiesta o… Conque lo perdiera de vista, en realidad.
Que dicho así es un poco patético. Yo qué sé.
Yo me lie con gente, también, alguna vez.
Por vengarme, no sé… Me da un bochorno impresionante decírtelo, y para qué te lo digo, pero supongo que tenía que demostrarme algo.
O estaba… O sabía que estábamos siempre en un punto en el que si se jodía me habría llevado yo más dolor. Y no me parecía justo.
Era la primera vez que le hablaba a alguien de Mario. El aire tras el diluvio parecía denso y caliente a nuestro alrededor, y Diana me escuchó con su atención correcta.
—¿Y qué quieres hacer ahora?
—Ahora ya nada. Se acabó. Que se ha acabado mil veces, bueno, pero esta vez… Esta es la última en serio. Ojalá. —Contuve un suspiro y luego sonreí—. Es una cosa complicadísima lo del amor y todo, ¿ves? Por esto era mejor… Tenía mucho más sentido no tener que ver con Alfonso.
—El amor no debería —dijo Diana, de pronto—. O sea, creo que el amor… Si el amor es el que debe ser, debería ser algo fácil, en realidad. Incluso obvio.
Nos observamos entonces hasta que yo aparté los ojos y empecé a deshacerme de la pintura de las uñas. Apreté los labios, en una sonrisa agotada.
—Ya —murmuré. Después añadí—: Inma parece guay.
A Diana la invadió una vergüenza impropia con eso.
—No estaba diciéndolo por…
—Me estoy alegrando, solo.
—Estábamos ahora con lo que te ha pasado con Mario.
—¿Te duele tanto, pero tanto, hablar de ti?
—Soy alérgica. Se me cierra la garganta.
—Sí. Efectivamente… —Yo agarré una piedrecita pequeña y se la tiré—. Me la colaste. ¡Cuentista! Me dijiste que si pasaba algo me lo ibas a decir.
—Pero coincidió con todo esto, lo de Inma.
—Sí, bueno. Te vino espectacular.
Luego contemplamos, en ese silencio, nuestros pantalones y el césped mojado debajo, vivo.
—Pienso que el amor… —dije entonces, con la cabeza en una rodilla—.
Que el amor es un poco en realidad lo que se hace con él.
Al final… Siento que todo este amor de mierda tiene algo que ver conmigo.
Que a lo mejor el amor que hay para nosotros tiene que ver con lo que somos, y yo soy…
esto, Diana. Un bicho por el barro. Yo qué sé.
Robando la red de la piscina, buscándome los problemas, emperrada en alguna… cosa imposible.
Diana me miró.
—Yo siempre te he visto, Laia —dijo—, como alguien tan fácil de querer.
El corazón se me aceleró, estúpido, tras las costillas. Me reptó un escalofrío del estómago a la nuca.
No supe ni qué decirle a eso, mirándonos allí sentadas con su ropa limpia.
En la cronología paralela en la que yo había besado a Diana, la hubiese besado entonces también, o todo el rato.
No habría dejado de besar a Diana nunca.
Pero en esta, que era la correcta, se hizo de noche en el Rectorado y todo lo bueno y lo malo y lo inidentificable, como la cámara del abuelo, era justo lo que tenía que ser para ser todo lo que, luego, ahora, somos.
Esa noche soñé otra vez que se acababa el mundo; con la idea remota, terrorífica, de un mundo agonizando en su final.
A la semana siguiente, Mario se presentó en la puerta de mi instituto. Era miércoles y él estaba junto a la acera, agarrado a su bici pintada de gris. Iba despeinado y vestía una pena enorme tan suya, y de alto se chocaba con las naranjas en los árboles.
—Laia… —Pasé rápido a su lado, ignorándolo, pero me agarró un brazo—. Por favor, Laia. Escúchame…
—No.
—Dime qué hago. Perdón. Laia, lo sé, que la he cagado muchísimo…
—Suéltame —le dije—. Mario. Suéltame.
De pronto, alguien se plantó entre nosotros.
Yo me volví y entendí primero la mano al final de mi espalda, y luego todo lo demás: en medio de la acera, Diana estaba erguida frente a Mario. Él era gigante a su lado y diminuto también. La miró sin entender y ella no se movió.
—Te está diciendo que te vayas.
Mario frunció el ceño. Me soltó y se cuadró un poco buscando mi cara.
—Mira, esto es entre nosotros. Nada más que he venido a hablar, ¿vale? Laia… —Le echó otra ojeada a Diana, que seguía en medio—. ¿En serio? ¿Qué pinta esta aquí? Laia, ¿y te vas a quedar ahí callada?
—Si tengo que llamar a quien sea —dijo Diana—, lo puedo hacer.
—¿Qué dices, tía? ¿Quién eres tú?
—Estamos aquí en la puerta, si quieres que lo vea el instituto.
La Charo de Matemáticas ya estaba saliendo por la puerta, ataviada con su maletín. Mario tomó aire. Retrocedió. Se fue hasta su bicicleta.
—Dios, lo que sea… Paso. Paso de esto… Qué cojones…
Yo solo miraba el perfil de Diana, la boca de Diana, la marca de nacimiento sobre el ojo izquierdo de Diana.
Olivia frenó detrás de nosotras. La voz de Cristo parloteaba a lo lejos. Alma no sé ni de dónde salió, pero se nos acercó por la espalda, encendiéndose el cigarro. Paró junto a Mario, que ya se iba en la bici, y le tocó un hombro.
—Perdona, ¿tú eres Mario el Volkswagen?
Él pestañeó.
—¿Qué?
—Eres Mario el Volkswagen. El que no vino a los machetes.
—Eh, ¿sí? O sea… Supongo. ¿Qué pasa ahora? ¿Qué quieres tú, tía?
Y entonces, cuando ya se había acabado todo, Alma levantó un brazo y le rompió la boca.