Aunque se acabe el mundo Capítulo 16. Laia #5
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Capítulo 16. Laia #5

—Pues estará muerto, tía, ¿y qué? ¿Qué pasa?

Joder… Sé realista por una vez. El gato más infectado de España.

Laia, era un gato enfermo de la calle. Estaba ya muerto antes de ti y esa es la puta vida.

¿Qué le vas a hacer? Hay doscientos por ahí más, los que tú quieras, para montarte tus paranoias.

¿Vas a hablar de nosotros hoy o vas a estar haciéndome un numerito con el gato?

El aire era un silbido y se me metía en las orejas. Yo estaba frente a Mario con la garganta cerrada, saboreando una ira prefabricada, patidifusa. Pin y Pon se acercaron a donde estábamos.

—Tío, si no, tú ya te vienes luego si quieres…

—No, si es que vamos a hablar —les dijo Mario—. O sea, no os rayéis, que nos vamos ya.

Eché a caminar hacia mi bici y le dije:

—Yo no tengo nada que hablar contigo.

—Bueno, Laia, muy bien. ¿Ahora qué coño te pasa?

—Que eres un puto imbécil. No te da para… Es que eres… —empecé, pero el corazón me bombeaba una sangre sulfúrica—. ¡Que me das igual, Mario! ¡Que te puto jodan! El gato, que lo sepas, el gato enfermo, era más importante para mí que esto, que todo esto y tú.

—¡Venga, estupendo! ¡Hazme el numerito!

Agarré el manillar, que estaba tumbado junto al suyo.

De repente, un punto verde, antiguo, me sorprendió la vista.

Frené antes de montarme en mi sillín. En la bicicleta de Mario, sobre la parte más alta del cuadro, un raspón contra el filo de la rampa le había levantado la capa gruesa de pintura gris, y debajo la bici era, en realidad, color verde fosforito.

Volví la cabeza. Lo vi allí, de pie, alto y ajeno como un bloque de pisos.

Mario nunca había tirado su bici al río. La había cargado con nosotros, pintada de gris y negro, desde el día de la pelea.

—¿Qué es esto?

Él se frotó los ojos.

—A ver, tía… —dijo, y Pin le dio un codazo, y se estaban riendo; Mario sonreía, bajo la atención orgullosa de sus amigos.

Había entrado en su proceso de metamorfosis masculina y ya no era Mario para mí.

Ahora era Mario Volkswagen—. Chaval… ¿Me vas a dar la turra también con eso?

Vamos a ver, Laia, ¿cómo iba a tirar mi bici por nada?

Dale dos vueltas. Te he regalado una puta BMX .

Es que lo tuyo es de traca, ¿qué quieres de mí?

¿Qué necesitas? Lo que hice, tía, fue solucionarlo cuando estabas trastornada.

Yo agarré de un tirón mi BMX regalada. Se la lancé y pedaleó sola, y se estrelló luego contra la barandilla del puente. Pin y Pon se desternillaron, mientras me marchaba acera arriba.

—¡Laia! —me gritó Mario, tras los coches—. ¡No, oye, Laia! ¡Eh! ¡Venga ya!

Anduve a casa rápido y en silencio durante la siguiente hora completa.

El cielo gris me estalló encima y a mitad de camino cayó otro diluvio, uno bíblico, idéntico al del día de los machetes.

Empapada de nuevo, calada hasta los calcetines, atravesé Sevilla y llegué a la puerta de la urbanización, y rodeé la piscina, que estaba abierta, desbordada de agua a comienzos de junio.

Me planté frente a la puerta de casa. Rebusqué en mis bolsillos: había perdido las llaves.

Llamé al timbre. Las persianas estaban echadas, un sábado a las seis, pero mi madre tenía que estar en casa un sábado.

Llamé otra vez. Me temblaban las manos de frío o de angustia.

Mamá no estaba en casa. No respondía al teléfono, tampoco, y nuestra conversación era una ristra de mensajes míos sin contestar.

—Joder… —susurré, para mí misma—. Joder…

Esa tarde llovía con una fuerza que hasta escocía. El murmullo del viento en los árboles era el rugido mojado de un rompeolas.

Yo llamé a la puerta por inercia hasta que me rendí y le di un rodillazo.

El picaporte se me clavó en el nervio y me agarré la pierna, dolorida, y creo que fue entonces cuando empecé a llorar.

Había arrastrado una fatiga que no tenía nombre y que me alcanzaba hasta debajo de las uñas.

Se me saltaron unas lágrimas grandes y patéticas y sorbí para dentro, pero no había quien las parara.

Bajaban hasta mi barbilla, se me colaban en la boca.

Intenté espantarlas con la base de las manos.

Estaba, como había estado desde el principio, sola frente a los arbustos.

Me senté en la escalera que separaba mi casa del patio de la urbanización. La ropa se me pegaba a la piel como un traje de neopreno y el móvil estaba tan mojado que no se desbloqueaba.

En algún momento, alguien se acercó por el empedrado.

No lo oí al principio porque me estaba restregando las lágrimas. La lluvia dejó de mojarme y el cuerpo se me cubrió de sombra.

—Laia.

Levanté los ojos.

Diana estaba inclinada frente a mí, con la piscina detrás, sosteniendo un paraguas rojo sobre mi cabeza.

Era la misma que había sido cuando encontró a Curro Charmander, mi exescarabajo, con el pelo castaño por los hombros y la mirada limpia; y yo era otra vez, o siempre había sido, una mancha desordenada mirándola de vuelta.

Tenía una preocupación en la cara que nadie me había regalado nunca.

—¿Qué ha pasado? —dijo—. ¿Estás bien?

—Sí, es que… —Parpadeé rápido, intentando descongestionarme—. Perdón. No te preocupes. Es por la lluvia esto, que no… Se me han caído las llaves y no hay nadie en casa, entonces estoy… —Se me quebró la voz—. Y he perdido hoy al gato que estaba…

—Eh. —Diana se agachó a mi altura y me abrazó. Fue horrible, claro, porque entonces ya no hubo forma de no llorar—. Vale. Está bien.

—Es por la lluvia, no estoy lloran…

—Vale. Vale.

Las gotas eran un repiqueteo sobre la tela del paraguas. Me aferré a Diana y respiré hondo su olor concreto e indescriptible, y la estaba empapando entera, pero ella solo se apartó para quitarme el pelo pegado a la cara. Repitió:

—¿Qué ha pasado?

—No, es un… O sea, que da igual, es que estaba cuidando a un gato en el Rectorado estos meses.

Hay gatos allí y este tenía el ojo fatal, entonces iba a llevarlo a que se lo quiten, pero no lo encuentro.

Desde ayer… Lo he buscado en todas partes y en el foso, pero es que no…

—Me froté los ojos—. Joder. Perdón. Dios, qué vergüenza, Diana…

Qué ridículo. Estarás pensando: «¿A quién le importa esto? ».

—A mí me importa —me interrumpió—, mucho. Porque estás aquí a punto de resfriarte.

Me reí, medio llorando aún.

—Bueno. Es agua nada más.

Diana tenía una mano en mi tobillo y su presencia tranquilizadora parecía ablandar hasta la lluvia. Dejó que pestañease las últimas lágrimas.

—¿Cuándo va a llegar tu madre?

—A saber. No me lo está cogiendo. Pero tú no te rayes, tú vete ya y yo ya cuando…

—Vale. —Diana asintió, más para ella que para mí—.

Vale… Entonces mira, vamos a hacer esto: te vienes a casa y te doy ropa.

—Yo negué, horrorizada—. Y sí, Laia, escucha.

Escúchame. Estás chorreando. Estamos Nico y yo nada más.

Te duchas, si quieres, y te pones ropa seca en casa, y luego vamos al Rectorado a buscar al gato.

Creo que tenemos un transportín en el altillo para gatos. Pero a lo mejor es de otra cosa.

Yo la miré, estupefacta.

—¿Qué?

—¿Es malo si es de perros? —me preguntó—. Has dicho el Rectorado, ¿no? ¿Me he inventado el Rectorado?

Diana estuvo toda esa tarde buscando a Tuerto conmigo.

Amainó sobre las nueve, cuando aún había luz y ya nos habíamos rendido. Lo llamamos en cada tramo oscuro del foso. Hicimos un tour por el parque de María Luisa y también por el parque del Prado.

Tuerto no apareció. Nunca supe, ni sé ahora, qué fue de él.

Al final, volvimos al Rectorado y Diana recolocó trocitos de jamón nuevos en el camino ya borrado por los bichos. Nos sentamos sobre las piedras grandes del césped, a ver al sol irse tras la manta de nubes.