Aunque se acabe el mundo Capítulo 16. Laia #4
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Capítulo 16. Laia #4

Aún recuerdo como si fuese la vida de otra persona la noche de miércoles, a comienzos de abril, en la que me llamó de pronto desde una comisaría.

Yo estaba estrenando el móvil nuevo y estalló el tono de llamada; Mario balbuceó al otro lado, entrecortado entre un ruido de voces, y lo habían detenido por ir como una cuba.

—Hay que pagar mil euros. O más, casi mil euros —me contó—. Escúchame, Laia: si me meten en la cárcel, mi bici que sepas que es tuya.

—Pero ¿han llegado tus padres? —le pregunté—. ¿Has llamado ya a tus padres?

—Tenía una llamada y te he llamado a ti.

—¿Qué? —Me reí incrédula—. Mario, pero ¿tú estás tonto?

—A lo mejor ya no podremos hablar —continuó él—. Me han amenazado aquí muy seriamente. Estaba ciego, mi primo, y nos hemos pegado unos puñetazos, pero no quería tampoco… Tía, voy a potar. Te tenía que llamar, Laia —dijo de pronto—, para decirte que te quiero.

Yo le sonreí al suelo.

—Imbécil —fue mi respuesta—. Llama a tus padres.

—Te quiero de verdad.

—Te juro que te cuelgo. —Pero pensé entonces, en una admisión secreta, que a lo mejor, y dependiendo de la semana, yo también lo quería.

Después de eso, Mario me puso los cuernos en el calabozo.

Tampoco es que hubiera existido un momento, en realidad, en el que Mario no me hubiese estado poniendo los cuernos. Esa vez, su primo se lo contó a Carly, que en aquella época se beneficiaba a cualquier primo, y Carly me lo contó a mí.

Mario iba enrollándose con cualquiera en la esquina de cualquier parte.

De repente, se destapó un entramado que podría haber sido incluso obvio: Mario estaba comprometido a distancia con una chica alemana de Hamburgo.

Había tenido otra novia paralela, de febrero a marzo, a la que le había puesto los cuernos conmigo.

Sexteaba con una amiga de su hermana que le sacaba diez años.

El día que lo bloqueé en todo, él se presentó a las dos de la madrugada en mi puerta.

—¡Pero que no es verdad! Escúchame, Laia, por Dios te lo pido… Si no estábamos juntos. Que ha sido una cagada, vale, pero tú sabes —repetía—, que no estábamos saliendo de verdad…

—No me vaciles. Te lo juro por Dios que no me vaciles.

—Por favor. Por favor, ¿no me ves? ¿No me estás viendo? Laia. —Mario hizo el amago de acercarse y lo esquivé—. Quiero estar contigo. Tía, que sabes lo que tenemos, Laia, que yo… Que lo de Ana se lo ha inventado totalmente, que se acabó cuando…

—¿Tú te crees que yo soy tonta? Tío, que seas… Que incluso ahora, que me mientas aquí a la puta cara…

—¡Que me he dado cuenta, tía! ¡Dios, que lo siento! ¿¡Qué tengo que hacer!?

—Mario, joder… —Le tapé la boca—. Mario, son las dos de la madrugada.

Él me atrapó las manos entre sus manos grandes.

—Laia, mírame. Por favor, te lo prometo: tú me estás cambiando.

Tenía otra vez la cara del chico frente a la caja de gatos. Podía aún imaginar la camiseta mojada, dando una pena de la que no sabía aprender. Me besó y yo lo empujé hasta rendirme.

Mario siguió enrollándose con cualquiera en la esquina de cualquier parte. Perdonarlo una vez despertó la costumbre de perdonarlo todas las demás.

Durante el siguiente mes, establecimos un ritual cíclico, de descubrimientos y gritos y luego una colisión desordenada de cuerpos.

Yo borraba su teléfono y lo volvía a agregar.

Él dormía en mi acera si hacía falta. Habría sido más práctico pegarnos el uno de marzo en el skatepark , pero nos empeñamos en una guerra más agotadora: Mario hacía lo que quería, y entonces yo no quería verlo más, pero lo veía; en alguna calle, en algún quiosco, y había una tregua puntual para alimentar gatos; y después él volvía a mentirme y me decía que ya estaba a punto de cambiar para siempre.

Yo borraba su teléfono y lo volvía agregar.

—Pero es que eso, tía —me dijo Carly—, es como es el amor.

Me vi enganchada, incapaz de huir, a un chute de ira seguido de otro, vacía en las planicies, en los intermedios de silencio.

Todo ese perdón tenía que servirme para algo, ¿no?

Era casi una cuestión de obstinación. Me saltaba las clases para estar con él.

Suspendí el segundo trimestre de Matemáticas y eso me estropeó la nota de la prueba de acceso a la universidad.

Una mañana, me encontré algo pegado al espejo, que era una versión mía con las raíces ya casi por las orejas y los restos verdes en el pelo de lo que había sido azul.

No descubrí hasta las siete de la tarde que era mi cumpleaños.

—¡Y es que me aburre ya esto! —me gritó esa noche—. ¡Si tanto me pasa esto es porque me has hecho así, yo no era así! ¡Me has vuelto loco porque estás loca!

El viernes que decidí presentarme en un partido de Alma, había estado discutiendo con él hasta las cuatro de la madrugada.

Me caía de sueño por las esquinas y me senté en las gradas del polideportivo a esperar a los demás.

Hasta el segundo tiempo, ni siquiera me di cuenta de que Alma no estaba allí.

Habían echado a Alma del equipo de baloncesto hacía ya dos semanas.

De pronto, subida a la bici a la salida, me golpeó el suceso imperceptible de mi propia desaparición: llevaba dos meses completos sin quedar con mis amigos.

Podía haber jurado que habían sido más y que no había hablado con nadie realmente.

En ese momento, no recordaba otra cosa de mi existencia que no fuese una prolongada e interminable pelea con machetes.

Llamé a Oli y ella me dijo que no sabía que tenía un nuevo número de teléfono. Iban a reunirse en la cafetería, así que me planté allí e intenté no dormirme sobre el servilletero.

—Y la abuela de Conchi —me contó César, cuando llegaron ellos—, le atacó con el andador, ¿no?

Que tiene como… ochenta años, la abuela esa.

Y entonces Alma cogió y le dio un pelotazo.

Así, en plan pádel, muy inmediato… Pom… y la abuela al suelo.

Fue un momento crítico… —Asintió rememorando—.

Sí… Luego se levantó. Pero se quedó como un teleñeco, al principio.

—¿Y la echan? —le pregunté—. ¿Sin más? Si Alma a lo mejor lleva… Es la más antigua de ese equipo. Es la única que encesta de todas.

—Pero ya aquí sería una cuestión entre la gloria o la seguridad. El éxito o las abuelas…

Oli volvió a la mesa desde baño y me abrazó por detrás, enganchándoseme al cuello.

—¡Lilia, qué bien! ¡Qué bien que vengas, porque además hoy te lo quería contar! Porque es un evento esto, y si estás tú, ¡así ya estamos todos!

—¿Cómo? —sonreí, confundida.

—Es que hoy Diana trae a alguien —dijo César.

—Pero bueno, «alguien» —dijo Olivia—. Que es que no le gusta nadie nunca, o sea que… Tú sabes y están saliendo. O a lo mejor no salen todavía, pero parece que salen, porque si se viene y todo. En fin, salen.

Yo pestañeé, en una repentina carencia de reacciones.

—¿Cómo?

Diana apareció al rato en la cafetería de la mano de una chica.

Saludaron y se sentaron, y ambas la presentaron como una tal Inmaculada.

Compartieron el vaso de agua durante el resto de la tarde.

Inma era, posiblemente, de las personas más pequeñas que había criado el mundo, una figurita del belén a medio pintar, con el pelo lacio y larguísimo hasta la cintura.

Hablaba nada o muy poco, y solo sonrió. Tenía una inocencia intachable que la hacía parecer de mentira.

Yo las vi aparecer y se me congeló la taza de chocolate en la mano.

Diana estaba saliendo con una chica. A mí me llegaban las ojeras al suelo porque había peleado con Mario toda la noche, y eso era mi vida, de repente, un suplicio sin fechas, y ni me había peinado, y mi bici estaba en el fondo del río Guadalquivir, y podría haber besado a Diana en la botella y haber estado en otro sitio.

Una cronografía paralela me pasó rápido ante los ojos.

—Layita —me avisó Cristo—. Que te me empanas, churrita. ¿Y ese jeto?

—Nada, que acabo de pensar —murmuré— que a lo mejor soy yo una gilipollas.

—No, mujer. Pero no siempre, tampoco. Hay que ir pillándote el truco. Facilita, facilita, no eres. Pero sin acritud, que luego tienes también tus cosas. Por ejemplo, besas que te cagas.

—Tú besas fatal.

—¿Ves? Ahí ya te está saliendo la parte gilipollas.

Cuando volví al Rectorado unos días más tarde, Tuerto no estaba escondido en su matorral. Lo busqué por todas partes. Le di tres vueltas al edificio entero.

Había estado ahorrando mis pagas semanales, mis cinco euros, con suerte, para llevarlo al veterinario a que lo operasen por fin, y una semana antes había conseguido tocarlo en la coronilla.

Tuerto solo se acercaba, ciego, al aroma mojado del jamón york.

Le dejé un camino de trozos sobre su zona.

Al día siguiente, las hormigas estaban arremolinadas sobre el jamón seco.

El camino seguía intacto y Tuerto había desaparecido para siempre, y a nadie, ni a los gatos que lo habían visto nacer, le importaba en absoluto.

Yo me agaché y metí la cabeza en los setos.

Me entró una angustia trágica, como si lo que acababa de perder no fuese el gato más enfermo del mundo, en una primavera tan fría y violenta donde sentía que estaba perdiéndolo todo.

Mario me esperaba subido a la bici. Detrás, lo esperaban a él Pin y Pon.

—¿Lo podemos hablar ya? O me piro. Laia, llevo aquí veinte minutos. Es que esto parece de coña…

Yo intentaba ver si Tuerto podía estar subido a algún árbol. Me asomé de nuevo a mirar la carretera, sin aire.

—No está —dije—. Y si se hubiese ido de pronto, lo habrían atropellado cerca, ¿no? Porque he mirado por toda la acera y no está. Porque…

—Laia —me cortó Mario, con el ceño fruncido—. ¿Qué haces? ¿Qué…? He venido aquí para hablar contigo. Quiero solucionar las cosas, y si te la suda todo pues me voy. Están mis colegas ahí esperándome.

—Mario. Que Tuerto puede estar muerto.

Una procesión de muecas de incomprensión le cubrió la cara.