Aunque se acabe el mundo Capítulo 16. Laia #3
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Capítulo 16. Laia #3

La gente se marchó, más o menos ofendida, a su casa a hacer algo más coherente. Las nubes se callaron y se hizo un arcoíris torpe sobre Triana.

Fue un rato más tarde, esperando el autobús en mi parada, cuando me giré sobre mis talones y lo vi: Mario Volkswagen estaba agachado, tan largo como era, detrás de un quiosco cerrado.

Partía en trozos un pan duro de cestito de bar.

El pelo suelto le chorreaba sobre la ropa y colocaba las migajas en la entrada de una caja en el suelo.

Me acerqué a él y me alcanzó el ruido pequeño de un primer maullido. La camada de gatos de la casa de cartón no llegaba a los tres meses y estaban mojados, atropellándose entre ellos, mientras Mario los alimentaba.

Se volvió al oírme llegar. Me sonrió, poco sorprendido.

—Hombre —dijo—. Don Pitufo.

La rabia no supo cómo salírseme entonces. Él miró a los gatos.

—¿Has venido a pegarme?

—¿Esto era lo que haces?

—Bueno, y otras cosas. —Se rio—. Pero es que hoy ha caído la monumental.

—No me digas —le dije—. Eres imbécil. Te hemos estado esperando media hora. Eres un puto cobarde. ¿No te da vergüenza, Mario? Me debes una puta bici. ¿Dónde están? ¿Dónde has dejado la bici?

—En el río.

Abrí la boca. No me salió nada más y fruncí el ceño, y de pronto Mario se puso de pie, tan alto que se veía alto hasta desde lejos.

—Perdona, Laia —dijo—. Que sé que suena a nada, ¿no?

Pero… que las cosas se han ido de madre.

Perdón. Efectivamente, tía, soy más bien un gilipollas.

Esto me ha pasado por querer llamarte la atención; que tú y yo lo sabemos, bueno, pero por si te vale.

Si te compensa algo más, lo que sea, pues ya me lo dices y lo intento encajar, y…

No sé. He borrado los comentarios. Por mi parte, Laia, no te preocupes que no te molesto más.

—Añadió—: Y si quieres pegarme ahora, pégame, pero por ahí en el muro, que no quiero pisar un gato.

Las farolas de la calle se encendieron sobre nosotros. Era la primera vez que lo veía tiritar, en su perenne camiseta de tirantes. La lluvia empezó otra vez y en ese contexto raro, mirándolo ahí, erguido, me resultó alguien desconocido e incorregible, y también alguien capaz de ser frágil.

Chasqueé la lengua. Me ajusté la mochila a la espalda.

—No les des pan —dije—. Los vas a matar. Vamos.

—¿Qué?

—Vamos a por pienso. Dale.

Mario Volkswagen y yo fuimos hasta el centro comercial de Plaza de Armas.

Compramos comida para gatos en el Mercadona y se la dimos, primero, a los gatos, y luego decidimos probarla sentados en las escaleras.

Estábamos cerca y él se inclinó sobre mí y me besó por primera vez, y ahí ya no hubo más remedio y se ganó el bofetón.

—¿A dónde vas tú? ¿Qué te crees que haces por la puta cara?

—¡No sé, coño! ¡Pensé que entraba!

Al día siguiente, Mario se presentó con una bici nueva en el skatepark . Me dijo que era para mí y yo pensé que se estaba quedando conmigo. Testeé los frenos, la altura del sillín. No había probado una BMX en la vida.

—Ahora de repente eres Teresa de Calcuta.

—Se dice «gracias», o incluso, y esto es un trucazo, «muchas gracias».

—Tío. —Me pasé una mano por el pelo, sentada en la bici—. Venga ya, ¿qué es esto? En serio.

—Mi padre es mecánico —me explicó—. Al taller le traen de estas todo el rato, o sea, da para algo, pero que no es la gran cosa. Es vieja de cojones, si te tranquiliza. Pero le hemos dado una capita y una cadena nueva, y no se la iba a quedar nadie. De verdad. Es un poco un premio de consolación.

—Ajá —murmuré, mordiéndome el piercing—. También me rompiste el móvil. Así, como dato.

—Tampoco te flipes.

Pasamos la tarde probando la bicicleta por el centro encharcado de Sevilla. Mario iba subido detrás de mí, largo como un mástil, y hacía equilibrio en la rueda trasera.

Llegamos hasta la Torre del Oro por el carril bici y luego torcimos hacia la fuente de Puerta de Jerez y alcanzamos el edificio del Rectorado.

Era solo una carcasa prehistórica para mí, entonces, un armatoste de piedra con el letrero de «Fábrica Real de Tabacos».

Lo rodeaba un foso de tierra de casi cuatro metros de profundidad.

—¿Qué haces? —le pregunté.

—Bajar.

—¿Bajar ahí, a lo guarro del foso?

—No, al infierno, ¿no te jode?

En el foso del Rectorado, que estaba vacío (que sería luego, seis años más tarde, la línea de meta en el fin del mundo), había una colonia de gatos permanente y Mario bajaba hasta el fondo para darles de comer.

La gente colgaba cubos de agua y pienso, pero Mario bajaba por cometer alguna ilegalidad.

Él nunca supo, nunca sabrá, que me enseñó a mí a bajar también, esa tarde en la que sacó una cuerda de la mochila.

—Y metes el final por aquí —me explicó, preparando el nudo—, y ahora tiras por aquí. Venga, tira. Pero fuerte, chavala. Así, así. Y luego es hacerle un girito por aquí y esto carga con un piano. Tira. ¿Ves?

—¿Y no es mejor bajar allí? Que está la colonia.

—Qué va —dijo—. Es más profundo. Al lado del puente es el único sitio en el que luego, con suerte, se puede volver a subir.

Mario descendió y yo le lancé la bolsa de comida cuando ya estaba abajo.

Pegada a la barandilla, lo vi acariciar a los gatos, que le seguían los pies y se le subían a la espalda.

Había más de ellos en los jardines del Rectorado y estuvimos chistándoles, dejándoles pienso en las esquinas.

Yo me fijé en uno enfermo, gris y gordo, con un ojo deformado por una infección.

Bufaba al aire en la dirección equivocada.

—Voy a cazarlo —le anuncié a Mario—. Le tienen que quitar el ojo ese.

—Te va a sacar él a ti el ojo. Ese es un bicho salvaje.

Yo miré a Tuerto comer el trozo de jamón york que le había lanzado, el mismo gato o el fantasma de un gato futuro, que me salvaría la vida de seis autómatas.

—Cuando tenga pasta, lo atrapo —murmuré—. Siempre he atrapado lo que me ha dado la gana.

Mario me miraba a mí.

—¿Y tú qué haces? —preguntó, de pronto—. ¿Estudias algo o qué?

—No, si te parece…

—Bueno, pero digo de curso.

—Segundo de bachillerato.

—¿Y después?

—Luego voy a ser vegetariana.

Él bufó, sonriendo.

—Ya entiendo entonces por qué te he ganado con los gatos.

—¿Ganado el qué, pichón? ¿Una hostia? —Nos sonreímos y le robé su botella de agua—. ¿Tú qué? ¿En qué carrera?

—Carrera de nada. A mis padres se la suda —dijo—. Estoy trabajando en el taller de ayudante, en fin, o lo que toque. Tampoco es que me flipe mucho. Pero estoy ahorrando para mis cosas y tal, para mis grandes sueños.

—¿Grandes sueños como qué?

—Como irme un día a Múnich a ver al Bayern.

Estaba anocheciendo cuando nos despedimos frente a las puertas del parque del Prado.

Yo me bajé de la bici y lo miré, que era en realidad un proceso terrible de dislocamiento de cuello.

Mario, a una distancia de seguridad, movió el cuerpo de una forma incomprensible, como no sabiendo si lo educado era un saludo militar.

—Ahora es cuando —le comenté— sí que entraba que te lances.

—No sé yo —respondió él—. Aún me escuece la cara.

A partir de ese día, hicimos el esfuerzo poco meditado, casi cultural, de estar juntos porque sí, porque supongo que yo nunca descubrí a la semana que era tan solo otra persona con una tabla de windsurf ; siempre fue, incluso en los buenos, sobre todo en los peores de los momentos, el caso perdido e incorregible de Mario Volkswagen.

—¿Quieres salir conmigo? —me preguntaba al final de cada semana.

—Sí, vamos.

Aun así, salimos.

Mario me recogía los viernes en el skatepark y nos convertimos, antes que nada, en una patrulla de rescate de gatos.

Yo empecé a bajar al foso hasta que un día nos denunció una señora por vandalismo.

Él tiraba de la cuerda en la barandilla y luego me lanzaba como un saco de patatas sobre su hombro.

Tenía unas manos enormes, desproporcionadas incluso en él, siempre sucias de grasa de motor.

El día que nos vio besándonos, Carly me regaló una mirada a caballo entre el disfrute y la decepción.

—¿Estás saliendo con él?

—Sí, vamos.

Contra todo pronóstico, Mario sí que tenía el escudo del Bayern tatuado en el culo.

Le había cicatrizado mal y se había quedado, más bien, en una mancha de rojo y azul más parecida a un moratón.

La tarde que se lo vi, estábamos a contrarreloj en la cama de la abuela de Pon, que se había ido a taichí y se quedó la casa sola.

—Tienes un condón, ¿no?

—¿Yo? —le dije, frenando—. ¿Yo de qué, si a mí no me cuelga el tema?

—Pues espérate que salgo. Suéltamela. ¡Tío! —le gritó a Pon—. ¿Tienes capuchones? ¡Tío, me vale el que sea!

Al principio, Mario y yo nos magreábamos donde se pudiese: en aparcamientos, y baños sin contraseña, en sombras de matojos del parque diseñadas específicamente para magreos.

Yo había puesto la línea en no efectuar penetraciones sin una habitación.

Esa, en concreto, tenía un altar en la esquina con la urna de un marido y sobre nosotros colgaba, precario, un cuadro polvoriento de Sara Montiel.

Mario tardó diez minutos en colocarse el susodicho capuchón.

—¿Ya está? —le dije con los ojos cerrados.

—No —dijo él sobre mí—. Espérate. Está solo el principio.

—¿Qué me dices? Joder…

—Pero tú has hecho esto antes, ¿no? —me preguntó—. O sea… Me dijiste. No es que seas virgen ni nada.

—No, claro —le mentí—. Claro, ¿qué me cuentas?

—Vale, vale…

—Pero es que me tenso aquí, Mario. Se me baja todo. ¿A ti te parece normal, mientras nos miran los muertos de una abuela?

El sexo con Mario fue casi más torpe, si cabía, que pegarnos.

Ninguno sabía nada todavía de dónde poner todas esas ramificaciones del cuerpo, y en mi comunicación intermitente, poco clara, a veces me salía decirle que eso dolía más que lo otro, que había dolido también.

Mario entonces alternaba con una tercera cosa secreta que consistía en acabar cuanto antes.

—Pero es que eso, tía —me dijo Carly—, es como es follar.

Su mayor gesto romántico fue escribir en un grafiti frente a mi instituto « BUENOS DÍAS, DON PITUFO ».