Aunque se acabe el mundo Capítulo 16. Laia #2
39%

Capítulo 16. Laia #2

La tarde que invité a venir a Alfonso, él se empeñó luego en acompañarme a coger el autobús.

Esperamos los tres allí, Alfonso, Diana y yo, porque volvíamos siempre a la urbanización juntas, y de repente Alfonso me agarró y me plantó el morreo más baboso de la historia.

Sentí una incomodidad abismal que me subió hasta la coronilla de solo saber que Diana lo estaba viendo.

Giré el cuello y le di un abrazo de reunión de antiguos alumnos, con dos palmaditas, y ya nunca lo llamé más.

Cuando me senté junto a Diana al final del bus, me deshice la coleta y me la volví a hacer tres veces de la vergüenza.

—Bueno —atajé—, ¿qué? ¿Te gusta?

Diana me sonrió.

—¿Te gusta a ti?

Yo bufé una risa.

—¿Qué pregunta es esa?

—No lo sé. ¿Qué pregunta es esa?

—Vale. Estás muy especial tú. Vale… Es majo, ¿okey? Pero… Y ya. Tampoco es que tengamos que gustarnos, o sea, colegas somos, pero no tenemos que tener que ver. Por si estás pensando que no tenemos nada que ver.

—No estoy pensando nada de nada.

—Vale.

—Es un buen chaval —reseñó—. Sincero.

—Vale, ahora suenas como el papa.

—¿Tengo que puntuarlo del uno al diez?

—¿Y de ti? —le pregunté—. ¿Cuándo vamos a hablar?

Le di un toque con la rodilla en su rodilla.

—¿De mí de qué?

—No sé. Algo interesante te traerás.

—Te puedo decir que Emma está saliendo con el hermano de Lucía Regalito. Si eso no es un susto…

—¿Y tú qué de qué, Diana Mena?

Diana ladeó un poco la cabeza, divertida. Yo la miré de vuelta, masticando mi chicle de melón. Abrió la boca de pronto como para confesar una gran cosa.

—Te contaré algo —dijo, muy lento— cuando haya algo que contar.

—Venga, vale. Pues muy bien.

—Te lo digo en serio.

—Eso se tendrá que ver, ¿no? Porque eres… Estás hecha un crucigrama. Yo estoy aquí todo el día, que lo sepas, abriéndome en canal contigo. No hay justicia.

—Tienes muchísimo cuento.

Tras los cristales teñidos del autobús, Sevilla era un espacio negro y rápido que ya casi empezaba a florecer.

Estábamos en los asientos para cuatro, yo con las deportivas subidas a los de enfrente y Diana con las piernas cruzadas.

Miramos juntas en su móvil los vídeos subidos a YouTube de los otros participantes al concurso del desarrollo.

—¿Vas a venir? —me dijo antes de nuestra parada.

—¿Qué? ¿A dónde?

—Al fallo. El uno de marzo. Es la semana que viene, el viernes a las seis. Van a proyectar los cortos en el CICUS y todo el rollo, y… supongo que hay que ir.

—Dios, qué dices. El uno no puedo. No, qué rabia, ¿en serio? Es que justo el uno he quedado para pegarme.

Diana se giró hacia mí.

—¿Cómo? —preguntó confundida—. Pero… Pero vas a estar bien.

—Sí, o sea, no es nada muy importante. Es solo algo que va a pasar. Pero no puedo estar faltando y eso cuando es un compromiso. Se ha tenido que organizar con el horario de mucha gente.

—Ya. Bueno, claro.

Ambas miramos al frente, mientras el bus torcía y llegaba a nuestra avenida.

—Oye —le solté—, ¿tú tienes claro qué es un machete?

Lo de pegarse en el skatepark con Mario Volkswagen no es que incluyera machetes desde el principio.

La pelea, de hecho, había empezado en casa de Diana una semana atrás, cuando me había dejado frente al ordenador de su salón copiándole el trabajo sobre Napoleón Bonaparte.

Cuando pulsé una tecla sin querer, el navegador cambió de pestaña: Diana tenía abierto en YouTube el vídeo que había presentado al concurso del desarrollo.

Un imbécil, que identifiqué porque usaba de foto el escudo del Bayern, le había escrito en comentarios:

Me puse en pie. Me incliné tanto sobre la pantalla que casi me tragué la cabeza del flexo. Estuve petrificada allí un rato, hasta que se me quedó la forma del ratón grabada en la mano y apareció Emma.

—Oye, ¿me puedes dejar el ordenador?

—Espérate —le pedí, respirando hondo—. Espérate un segundo.

Ella, aún con los ojos puestos a rosca, frunció el ceño.

—Escucha, pero ¿y tú qué haces en mi salón?

Al día siguiente, paré la bici en un derrape delante del abdominal de Mario Volkswagen. Estábamos frente al skatepark , en el césped junto al río, y él estaba sin camiseta a finales de febrero cazando neumonías.

—¿¡A ti qué te pasa en la puta cabeza!?

—Te me calmas primero.

—¿¡Te cuesta físicamente hacer otra cosa con tu vida que no sea ser tonto de los huevos!?

—Uf. —Mario les sonrió a Pin y Pon—. Está complicado el asunto.

Yo empujaba la rueda delantera contra sus rodillas y él me frenaba, agarrado a mi manillar. Sus manos enormes cubrían las mías y hasta el timbre atascado, y yo apretaba los pedales y empujaba como intentando arrancar un árbol de la tierra. Pero Mario claro que sonreía.

—Bórralos —le ordené—. Los vas a borrar ahora en mi puta cara. Saca el móvil y los vas a borrar. Te dije que como te le acerques…

—Illa, que te caes. —Me torció el manillar—. Que te caaaes.

—¡Mario!

—Bueno, pero ¿tú qué es lo que quieres? Que no te entiendo bien.

—¡Mario, suéltame! —lo avisé, pero él siguió jugando a desequilibrarme y sus amigos se reían detrás—. ¡Suéltame, que voy a…!

—Lo que tú me pidas.

Mario giró la rueda y me soltó. Yo no tuve tiempo de hacer nada entonces: todo el empuje contra sus rodillas se convirtió en una fuerza imparable hacia delante.

Lo siguiente que vi fue la bajada de hierba que terminaba en el río.

Eché los frenos y puse la pata, pero fue inútil.

Me estampé contra el agua igualmente. Las fosas nasales se me llenaron de un líquido helado y verde.

Olía peor que la piscina de Cazalla y la capucha de la sudadera se me enredó en un junco.

Salí a la superficie y tosí, me agarré a la tierra como pude mientras intentaba no soltar el manillar, que pesaba; la bici pesaba demasiado y se deslizó hacia el fondo del río.

La perdí, en un agujero negro de basuras sobre basuras al fondo del Guadalquivir, y Carly vino corriendo y me ayudó a trepar para volver al césped.

—¡Laia, tía! —gritaba—. ¡Tía! ¿Estás bien? ¿Llamo a la ambulancia?

Mario Volkswagen ya huía por la acera junto a Pin y Pon sobre su bici verde fosforito. Yo cogí aire con toda la ira que me cabía dentro.

—¿Te sobra un pique en el bonobús?

Volví a casa, empapada, en autobús. Abrí la puerta, empapada, de la urbanización. Metí una llave empapada en la cerradura y llegué empapada a la cocina, con un rastro detrás de restos inclasificables de musgos, mosquitos y chapas de latas.

Mis padres estaban allí los dos, haciendo las cuentas del año.

—Laia —me dijo mamá—, que te he llamado antes, cariño, pero no me lo coges. Que ha venido papá de Cazalla.

—¿Qué pasa, doña Cecilia?

—Es que me han tirado al río —les conté— y se me ha hundido la bicicleta y con el agua se me ha roto el móvil para siempre.

Ninguno de los dos me miró entonces, como dando por hecho que esa era una circunstancia en la que a veces se veían los hijos de la gente, por no acordarse, generalmente, de que yo era hija propia.

—Canallita —comentó mi padre—, y ese nuevo pirindolo en el labio, ¿para qué? ¿Tú me has pedido a mí permiso?

—Lo tengo desde hace tres años.

—Tendrás contentos a los profesores de la ESO .

—Papá, estoy en segundo de bachillerato.

—Lo mismo que es.

Al final de esa tarde, encendí el portátil sobre mi escritorio. Abrí Instagram y desbloqueé a Mario Volkswagen solo para meterme en su última publicación. Era una foto de él haciendo botellón y estaba etiquetada la mitad del skatepark . Bajé hasta los comentarios y le escribí:

El viernes te voy a tirar la bici al río

No recuerdo ahora si Mario llegó a responderme. Asumo que no.

El asunto de la pelea ascendió solo, fuera de nuestro control, durante el resto de la semana: una docena de personas, salidas de las alcantarillas de alguna parte, empezó a comentar en la publicación.

De repente, derivó a una veintena, a una treintena de desconocidos que se posicionaban en un lado u otro por un deseo profundo de pegarse.

Nadie sabía ni los motivos del conflicto inicial.

La publicación tenía ciento treinta y cuatro comentarios cuando se creó un evento oficial por grupo de WhatsApp: «Viernes skatepark 18:00 para pegarse con machetes».

El día del gran evento, nos cayó un diluvio que nadie se vio venir.

Yo me presenté en el skatepark a las seis de la tarde y todo aquello estaba casi vacío.

Allí solo nos reunimos, al final, un puñado de pringados sin estrategia y ningún machete.

A la mitad de ellos ni los conocía y la otra mitad me sonaban de vista.

Luego estaban Carly y Halim, y detrás de este salió Alma Hassan, que se frotó las manos.

—Bueno, venga —dijo—. ¿A quién hay que pegar?

Pin y Pon, con sus bicis y un par de chavales muertos de frío, nos miraban desde el otro lado de la rampa. Estábamos calándonos todos, en un silencio anticlimático de autobuses que salían de la estación, esperando a que llegase por fin Mario Volkswagen.

Pero Mario nunca apareció.

Pasaron veinte minutos.

Mario no venía.

—Mario dice —declaró Pin, con el móvil en la mano— que le ha pillado una cosa y que no puede venir. Que ya, si eso, otro viernes.

—¿¡Qué dices!? —gritó Carly—. ¡Y una mierda! ¡Le faltan huevos!

Un chico dijo:

—¿Y para qué hemos traído hasta aquí los putos machetes?

—Nadie ha traído los machetes.

—¿Cómo que no? —soltó Alma, y abrió la mochila y sacó de dentro un machete del tamaño de un brazo. Halim se lanzó a agarrarla—. ¡No me pongáis nerviosa que os juro que os la lío!

Se creó un murmullo de voces que cubrió el skatepark .

—No hay pelea —dijo Pon—. Se acabó.

—¡Eso no lo decidiréis ustedes!

—¡Dad la cara!

—¡Yo he venido desde Alcalá de Henares!

En la cabeza del grupo, yo apretaba los puños y la lluvia me desteñía el tinte azul tras las orejas. Me brillaba en el tobillo, aún, el recuerdo rosa y valiente de la noche en la que intenté liberar a las vacas.

—Dile a Mario —le ordené a Pin— que esto no se acaba hasta que su bici esté en el río.

Pero sí que se acabó.