Capítulo 16. Laia
Mario Volkswagen me besó por primera vez la tarde en la que quedamos en el skatepark para pegarnos con machetes.
Estábamos en el centro comercial de Plaza de Armas, probando en las escaleras un pienso de gatos, y de repente la mirada se le perdió en el abismo y se propulsó hacia mí.
Se estampó contra mi cara, todo boca. Yo le planté un bofetón.
—¿A dónde vas tú? ¿Qué te crees que haces por la puta cara?
—¡No sé, coño! ¡Pensé que entraba! Chaval… Vaya tía cacho bruta…
Antes de enamorarme de Diana (si es que hubo, en algún momento, un antes), yo tuve que someterme a la cura de humildad que fue enamorarme de Mario Volkswagen.
Enamorarse, de todas formas, vete tú a saber qué es y qué abarca exactamente.
Juntar ambos eventos bajo un mismo término se siente como un acto de profanación.
Mario era el chulo de skatepark que mejor manejaba la BMX verde fosforito que le había comprado su madre.
Se dedicaba a robarme la mía para llamar mi atención y me la devolvía con una piedrecita metida en el timbre.
Carly aseguraba que estaba buenísimo cuando iba paseándose sobre las rampas sin camiseta, porque tenía hombros y un cuarto de abdominal, bajo la luz correcta, en la posición correcta.
Se recogía la melenita castaña con un coletero y medía prácticamente dos metros de alto.
Esto, decía él, le venía de su sangre muy alemana, que su padre alemán no cabía ni en las casetas de la feria.
Su nombre era Mario Vielhaber, pero en el skatepark todo el mundo lo llamaba Mario Volkswagen, y juraba, cada vez que una chica estaba a menos de un kilómetro:
—Tengo tatuado el escudo del Bayern encima del culo.
Acabé saliendo con él porque en enero de segundo de bachillerato me tropecé en la estación de autobuses con el cartel de un concurso para «Jóvenes por el desarrollo sostenible». Estuve una semana metiéndole panfletos a Diana en la mochila hasta que accedió a presentar un vídeo.
—Y si subo la bici a la barra —le expliqué la tarde que lo grabamos— y bajo por ahí y los coches salen detrás, ¿no?
Que es más épico, y luego hago un derrape en la carretera, fium, y tú vas girando la cámara; y yo cojo una piedra así gorda, o sea, en la mochila, y la lanzo al río.
Entonces cuando tú enfocas lo que parece es que me he tirado yo al río, y luego salgo andando por el muelle…
—Laia —me cortó Diana desde el bajo de la rampa—. Laia.
—¿Qué?
—¿Podemos intentar que no te mates?
Entonces aún usábamos la cámara vieja del abuelo, que lo grababa todo amarillo y a veces sin audio.
Ese día, Diana la llevaba atada a una mano e hizo más ejercicio que yo corriendo tras mi bici en el skatepark .
Se jugó la vida, tumbada en el suelo, para grabarme saltar las escaleras desde abajo.
Carly, que estaba allí sin hacer nada permanentemente, nos dejó usar su longboard medio roto y atamos la cámara a la tabla; conseguimos el plano secuencia más impresionante captado jamás por el ojo humano.
Pegada a un objetivo, a Diana Mena le nacía esta faceta absorta, más abierta a las insensateces, y su voz entonces sonaba casi autoritaria.
—Ahora aquí —decía—. No, vienes de ahí y entonces te giras. Tienes que llegar delante. Ahí delante. —De pronto, recordaba que era Diana—: Por favor. Bien. Gracias.
—De nada. Perdón. Buenos días.
—Qué graciosa eres.
Un rato después, conectamos la cámara cavernícola a su ordenador y el antivirus dijo que era un dispositivo inidentificable.
—Hemos perdido la mitad de los clips.
—¿Cómo? ¿Dónde llevabas tú unos clips?
—Los vídeos de la cámara, Laia.
Cuando volvimos a grabar el viernes, Mario Volkswagen estaba acaparando toda la rampa.
Daba vueltas en la bici con sus dos amigos-satélite, que bien podían haberse llamado Pin y Pon; Mario, Pin y Pon se dedicaron a colarse en plano y a hacer el estúpido al fondo de nuestro vídeo.
Fingían que se tropezaban con nosotras, quitándose las camisetas, jugando a gritar grandes palabras como «tetas gordas».
—¿Y esto cuándo lo echan en Canal Sur? —me preguntó.
Sus amigotes le rieron la gracia como cotorras desde el banco contrario.
Yo me había sentado en un bordillo a esperar a que Diana grabase lo que quedaba de sol sobre el río y él se me acercó, ensartado en su sillín—.
Que si me querías tener en vídeo, tampoco tenías que rayarte.
—Mario, anda, vete por ahí un ratito. A ver si te da un viento.
Señaló mi bici con el mentón.
—Te puedo dejar la mía, también. Que no está echa polvo.
—¿Qué es lo que quieres?
—Un saludo, muchacha. —Se rio—. Ya está. No te ofusques. Pero que también nos vamos ahora para el embarcadero y por si le interesaba venirse a la presentadora.
—No me interesa. Pírate.
—Que no estoy hablando de ti —dijo—, sino de tu amiga.
Pin volvió a darse de codazos con Pon. Yo miré a Mario, que los miraba a ellos y luego a mí, tan orgulloso de ser idiota practicante.
Agotada, me froté la cara y me aparté el pelo teñido de azul de los ojos, y cuando alargué el brazo y le ofrecí una mano, mi chicle se le quedó pegado entre los dedos al estrechármela.
—Te le acercas —le dije—, y te pincho las dos ruedas.
Él, con un gesto muy de Mario, arrancó el chicle con los dientes.
—¿Cómo has dicho que se llama?
Diana llegó a nosotros entonces desde el río.
—Hola —dijo—. ¿Pasa algo?
Mario sonrió.
—No. —Giró su BMX —. Nada, perdona, Diana. Aquí de charleta con Don Pitufo. Ya nos vamos. ¡Suerte con el videoclip oficial!
Los vimos marcharse a los tres por la cuesta que llevaba a la estación, un ruido de cadenas y deportivas limadas.
El skatepark se quedó por fin vacío, pero ya no había luz y no nos servía.
En ese momento, llena de un asco incalculable, yo pensé que quizá la condena del mundo era el éxito del criterio de Carly, que solía guiarse por la sombra de la promesa de un abdominal.
Luego Diana se sentó junto a mí y señaló a Pon con el mentón.
—¿Ese no lo trajiste al cumple de César?
Yo carraspeé.
—Sí, bueno, pero a ver… Pero tampoco es que… Fue un día, nada más.
—Pensaba que salisteis.
—Qué va, que no. Que es que, cuanta más gente, por menos salía el regalo de grupo.
Estábamos en segundo de bachillerato y yo me enrollaba hasta con los anuncios en las farolas.
Me enrollaba por deporte, semanalmente incluso.
En ocasiones, no había especiales motivos para enrollarse, era una cuestión de aburrimiento circunstancial.
Lo de Pon, por ejemplo, fue porque Carly desapareció con Pin entre los arbustos del embarcadero.
En algo había que echar la tarde. Otras veces, era casi un trato político, lo de enrollarse, un intercambio de bienes y servicios.
Manu, el de 2.º A, hacía windsurf y tenía una casa en Matalascañas.
Enrique, el del loro, tenía un loro que podía decir:
—A buenas horas, mangas verdes.
Después del verano en Cazalla con Cristóbal Conde, despertó en mí otra libertad que se parecía bastante a hablarle a los escarabajos.
Sentía una curiosidad irreprimible hacia las manos de otros; los cuerpos blandos, puntiagudos, predecibles y extraños, de otros; que eran un chute de adrenalina entre los riñones.
Sus vidas parecían puertas raras, como las de la nave, a nuevas versiones del mundo.
Pero a la semana ocurría siempre lo mismo: que los miraba y eran solo otra gente, y no teníamos tampoco gran cosa de la que hablar.
Alfonso, el del semáforo, sabía hacer malabares con mandarinas.
Noelia era una chica, la primera chica, y casi me arrancó de un mordisco el piercing del labio.
Luego creo que fue Lorena, la que leía el futuro en Fanta naranja, y con Halim pasó que nos enrollamos en el skatepark y luego lo llevé a merendar a la cafetería con mis amigos.
—Tía —me dijo Alma—, hazme el favor, que este es mi hermano de sangre.
En esos meses, cogí la costumbre de acercárselos, de llevar a todos con los que aún me estuviera enrollando a los viernes de partido de Alma, como el cadáver poco agradable que te deja un gato en la puerta.
Después del polideportivo, nos íbamos a la cafetería de la esquina y juntábamos dos mesas de aluminio.
Yo añadía a una persona aleatoria, casi nunca la misma, y César hacía un esfuerzo impresionante por equivocarse siempre con el nombre de la anterior.
Mantuve esta ceremonia de presentación de gente a la que no iban a ver nunca más hasta que Olivia conoció a Enrique, el chaval del loro.
Cuando le dije, el viernes siguiente, que ya no me estaba enrollando con él, Oli casi se arrancó el apellido.
—¡No me puedes hacer esto —me riñó— de crearme unos sentimientos y unas cosas humanas en mí, y luego a esta gente la pierdo! ¡Se mueren!
—Oli, que está en su casa. Perdón. Pero que aquí nadie se ha muerto.
—Nunca en mi vida —declaró—, ¡nunca jamás!, voy a poder olvidar a ese loro.
A mitad de todas esas reuniones en la cafetería, siempre había un momento en el que yo me descubría mirando a Diana.
Estaba esperando, a lo mejor, un gesto en ella que interpretar como un juicio, un movimiento de cejas.
Pero Diana hacía lo propio, nada más: era amable y escuchaba con atención.
Iba a por vasos de agua para todos. Esa fue la época en la que empezó a cambiarse de sitio la raya del pelo y a veces se le veía entera la mancha roja de tarta de queso cocinada sobre el párpado.
A mí me distraía eso más que la promesa del abdominal de cualquiera.