Aunque se acabe el mundo Capítulo 15. Diana #3
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Capítulo 15. Diana #3

Entre los árboles aparecieron naves grises, periféricas, algunas abiertas y otras cerradas.

La ciudad, que se intuía a lo lejos, estaba empañada por una calma de foto.

Seguimos el semicírculo de carretera que bordeaba sus límites y en cierto momento Jolie me señaló una salida.

Bajamos una cuesta y pasamos junto a la estructura muerta de un aparcamiento de tres plantas aún lleno de coches estrellados y máquinas de tiques.

Junto a este, redondo y blanco, se levantaba un estadio de fútbol con el letrero de «Allianz Arena».

Los paneles luminosos de su fachada estaban encendidos aún bajo el día y resultaban incómodos para la vista.

El final del mundo les había alcanzado a mitad de partido.

Frené cuando los vi pululando alrededor de las puertas: todos Ellos, con las camisetas del Bayern, ensangrentados y olvidados allí.

El autobús hacía un ruido de máquina que no entendían, pero se volvieron.

Yo, que había estado dándole vueltas a la idea de dar la vuelta e ir a Berlín a por Alma, lo entendí entonces: se habían pegado como polillas a las esquinas de las ciudades.

No se podía entrar en ellas sin convocar una avalancha.

Apreté el botón del maletero. Jolie se agarró a las muletas. Miró por la ventana, y yo no solté el volante, con el pie preparado sobre el pedal.

—Ahora —susurró, cuando salió Klaus.

Llevaba a Blaz echado al hombro.

Todos Ellos reaccionaron al verlo, aunque Klaus por supuesto que no habló.

Empezaron a moverse. Los que estaban más cerca, a los pies del estadio, en el primer piso, tras la barra levadiza, vinieron.

Andaban sin apresurarse como por un pasillo de supermercado.

Se chocaban entre ellos, incapaces de verse entre sí.

A mí se me apretó en la boca del estómago una emoción sin nombre, de miedo y pena e impulso de huida.

Los miré a cada uno: jóvenes y madres, y los ancianos ya habrían muerto, también los niños.

Vestían bufandas sucias de equipación y algunos uniformes de trabajo.

Y entonces, de entre la marabunta, vi algo rápido y entendí una cara.

—No…

Me puse en pie. Corrí hasta la ventanilla.

Uno de ellos, Laia, y podría jurarlo ahora, era Mario Volkswagen. Estaba empapado de tierra, transformado junto al estadio, a las afueras de Múnich.

—¡Diana!

Klaus había dejado a Blaz en la acera y volvía al autobús. Jolie me gritó:

—¡Vamos, abre, arrancar! Diana, allez, allez, allez!

Me tropecé con los asientos para llegar a la cabina. Pulsé el botón de las puertas del autobús. Klaus las empujó y entró a la fuerza por el hueco.

Ellos ya venían.

No podía ver a Mario por detrás de sus cabezas: eran una treintena o más, muchas más bajando por la cuesta y siguiendo el reguero del resto, y yo giré la llave y el motor se quejó. No arrancaba. Volví a intentarlo. No arrancaba.

—No, no, no, no, no…

— Allez, bordel de merde! Allez!

Giré la llave una quinta vez. El autobús arrancó con un petardeo.

Clavé una bota en el pedal y nos propulsamos hacia delante.

Las puertas se sellaron y la comida cayó de los compartimentos al pasillo.

Nos marchamos, en un chillido de ruedas y asfalto, y Klaus agarró a Jolie antes de que rodara contra el salpicadero.

Atrapé el volante hasta con los codos. El suelo se sacudió de un bache que todavía espero que no fuese una persona.

Lo último que alcancé a ver antes de alejarnos hacia la autopista fue el reflejo en el retrovisor de Blaz, Blaz sentado como en el maletero sobre la carretera, quieto y seguramente murmurando la palabra que nunca llegaba a decir.

Nos fuimos de Múnich. Volvimos a la tierra de nadie y nos encaminamos hacia Marsella.

Estuve sentada toda la tarde en el escalón junto a la cabina, señalándole los cruces del mapa a Klaus.

No entendía una sola línea, y así será siempre, pero memoricé los nombres y podía leer los carteles.

Rodeamos, por tercera vez, Stuttgart. Pasamos Karlsruhe.

Jolie decidió que entraríamos en Francia por Estrasburgo porque, en palabras literales, prefería bajarse en marcha del autobús que negociar con italianos.

Cuando la luz se fue e hicimos una pausa, ya estábamos rozando la frontera.

Paramos junto al bosque y bajamos a despejarnos. Hacía un frío extraño, de mayo indeciso, y en algún momento del camino habíamos perdido la puerta del maletero. Fuera, como todas las noches, la cúpula reproducía su espectáculo de luces.

—Y en Marsella, ¿qué? —me preguntó Jolie entonces, encendiéndose el canuto—. Después de Francia, cuando dejemos. ¿Cómo? ¿Vas a quedar? ¿O te vas a España volando a la Barcelona?

—Voy a Sevilla. Soy de Sevilla, al sur —le expliqué—. Cogeré algún tren o algo en Marsella. Estoy volviendo a… Tengo que llegar a casa a encontrar a mi novia.

Jolie asintió, tragándose el humo.

— Oui, oui —dijo—. Pelo rosa, ¿no? Con el… Con piercing aquí.

Pestañeé.

—¿La conoces?

—Claro, vino en Würzburg, ¿no? Porque tú ibas… Tu amiga Sara, que estaba borracha y la llevaste al cuarto. Y tu novia entró por la ventana. Vaya tía… Se escaló el muro. Estuvimos hablando y luego fue contigo a donde sea, no pregunté.

—Estuvisteis hablando —repetí.

— Oui , yo sé hablar. Ella habla.

—Con Laia.

— Oui .

—¿De qué?

—No, porque… —bufó—. ¡Y qué me acuerdo! Era como…

Y su español muy imposible, muy rápido. No entendía nada.

Que sais-je , Diana. —Pensó—. ¡Ah, sí! Me dijo algo stupide de Napoleón Bonaparte.

Vaya tía… Que si en Francia entramos para Portugal y se invadió España, ¿qué significa eso, ahora?

No puedo entender. ¿Están en España en el dos mil años pensando en Napoleón Bonaparte?

Yo la miré, perpleja. Jolie me miró también.

Luego, al cabo de un segundo, me empezó a crecer sin querer en la cara una mueca vieja que me contrajo las mejillas y me dolió en la cicatriz del labio, y al rato descubrí que no era una mueca. Era una sonrisa.

—¿Laia te habló la noche de Sara de la Guerra de la Independencia?

—No, de Napoleón.

—Es lo mismo, Jolie.

—No, Napoleón es un señor —dijo ella—. No una guerra. Me habló del señor.

—Dios mío… —Me reí, para mí, frotándome los ojos—. Dios…

—¿Y por qué escalando arriba en el muro?

—¡Porque no quería un Airbnb, porque estaba…

! ¡No sé qué hacer con ella, cuando se pone en modo aventura en las cataratas!

Le estaba diciendo que se lo pagaba yo. Pero luego hace lo que quiere, claro, y vino sin avisarme a Wurzburgo, y te…

Y escala un muro, que podrían haberla detenido, y se pone a hablarle a una francesa de la guerra de Napoleón.

De repente, en ese descubrimiento de tus eventos pequeños, inútiles, de palabras tuyas que yo no sabía que habías dicho, me invadió algo súbito y parpadeé. Se me cerró la garganta.

Me vi entonces, Laia, apoyada en un autobús de carretera de FlixBus, en la frontera con Francia junto a Estrasburgo, sin haber llorado aún; echándote tanto de menos que no podía procesarlo y se me escapaba, a trozos, por donde cabía.

Tragué saliva y alcé las cejas. Me escocieron las retinas, pero no lloré, porque era yo.

Y aún creía, en ese momento, que, si yo no era eso, tú podías dejar de ser tú al otro lado; y toda esta fe, que es un mecanismo incomprensible.

Toda esta gestión del miedo, que siempre ha sido un miedo enorme mío a no gestionarlo.

—Eh. Espagnola.

Jolie me dio un codazo. Yo me giré y me estaba ofreciendo el porro.

—Dale.

Lo agarré entre el índice y el pulgar y fumé una primera calada que tosí entera.

—¡Ja, ja, ja! Así os ganó Napoleón.

—Esto está fortísimo —mascullé—. Joder. ¿Qué lleva?

—Ensaladita de la casa. Todo natural.

Era de noche y Jolie Lemaire y yo estábamos respirando un viento sucio, sin luna, antes de salir a la carretera hacia Marsella.

Yo iba a encontrarte en el foso del Rectorado.

Se removieron, entre las sombras, las hojas de los matorrales.

El bosque estaba oscuro y hacía un viento tras el que solo se oía el runrún del motor y el clic de la rueda del mechero.

Yo estaba mirando a Jolie cuando entendí detrás, junto a la autopista, la primera silueta de alguien.

Agarré la silla de ruedas. Pero ya era tarde para nosotros, Laia, y lo había sido desde el principio. Venían de todos los frentes.

Un grupo de personas salió de pronto de entre los árboles.

Iban vestidos de uniforme verde y tenían las cabezas cubiertas por cascos.

Una cuadrilla de militares armados, sin cara, en un silencio peor que el de los transformados de Múnich, rodearon el autobús y nos apuntaron con rifles.

Klaus, bajando la otra escalera, los apuntó de vuelta con una versión de feria cargada con pelotas.

—¡Fuego! —ordenó uno, en inglés.

Y nos dispararon.