Capítulo 15. Diana #2
Durante la tarde, el paisaje no cambió y Klaus condujo sin hacer un ruido, a punto siempre de llegar a Múnich y encaminarnos a Marsella.
Luego empezó a ser extraño, en cierto momento, que no llegáramos a Múnich nunca.
Me di cuenta luego, al sentarme junto a la cabina: el autobús tomó una curva y pasamos junto al fósil inconfundible de una gasolinera. Yo la vi marcharse tras los cristales.
WÜRZBURG — 57
Estábamos dando vueltas en círculos.
—No, pero Klaus sabe ir a todos sitios —repetía Jolie, indiferente—. Klaus sabe las carreteras del mundo. Europa, n’est-ce pas? Es lo mismo todo. Todo sales por un lado, llegas al otro. Paradoja medieval.
—Voy a hablar con él —le dije—, porque no vamos a llegar así, y creo que no ve, Jolie. Creo que es miope. ¿Qué idioma habla?
—¿El quién?
—Klaus.
—Klaus entiende, entiende todo.
—Pero ¿de dónde es? —le pregunté, y luego caí—. Jolie, ¿sabes de dónde es Klaus? ¿Conoces a Klaus de algo?
—¡Klaus mon pote , por amor de Dios, amigo siempre! Mère … Como si fuese un infeliz, ahora, ¡lo he nacido! Hemos hecho cosas que no imaginas. ¡Yo lo llamé Klaus! Porque la barba un poco blanca.
—¿Que ni se llama Klaus?
—Diana, los nombres —sentenció Jolie— son una mentira sonora.
Klaus, que tenía una edad indefinida, una nacionalidad indefinida, una identidad indefinida, parecía enterarse de todo y, a la vez, no se enteraba de absolutamente nada.
Intenté entablar conversación con él entonces para decirle que yo conducía, pero se negó a responderme.
Solo cuando agarré el mapa pegado sobre la radio, él giró el volante y derrapamos por la autopista.
El autobús frenó en una sacudida, a un lado, y yo salí despedida hacia la puerta.
Klaus se puso en pie frente a mí, enorme, y me miró por primera vez desde que lo había conocido.
En ese instante, creí que iba a decir algo grande, posiblemente en sueco, que explicase todas las cosas, y lo que pasó en su lugar fue que me apartó con un brazo y se marchó.
El depósito estaba vacío y había que repostar.
Al intentar arrancar unos minutos más tarde, el motor hizo un quejido de engranajes apretados y se negó a funcionar.
—Esto pasa —dijo Jolie—, en muchas veces. Ya nos pasó esto. Porque el autobús tiene algo roto por dentro y está a punto de estallar.
—Ah.
El sol se estaba poniendo y el cartel enorme del sex-shop se nos encendió encima. Así que había vuelto la luz.
Klaus agarró mi linterna y se metió bajo el bus para repararlo.
Jolie y yo reunimos hojas secas y encendimos una fogata con su mechero junto al bosque.
Cenamos allí, calentando embutidos pinchados en palos, como en la barbacoa vieja del cortijo, pero, en realidad, no se parecía en nada, porque estábamos a medio camino de otro medio camino, en algún lugar periférico que tampoco se escapaba del abrazo de la cúpula.
La contemplamos en silencio mientras Jolie se encendía el porro. Una sección azul brilló tras las nubes.
— Une souris verte… [8] —canturreó Jolie—. Magia, ¿no? La luz del cielo. En Berlín me dijeron que hace volar, pero no mucho, mucho. La gente se cae. Putain … Quiero que me trague. Me huye siempre como una maldita.
—He estado debajo —le conté—. De la luz.
— Quoi ! ¿Y se vuela?
—Es un campo magnético. Te tira hacia arriba como un imán y luego se apaga.
No se siente como volar, porque no te… Es una gravedad.
Te agarra. —La luz, a lo lejos, volvió a desaparecer—.
Pero es lo que más… Cuando estás ahí dentro, lo sabes.
Que nunca has visto nada así. Que está pasando algo grande.
Pensé: voy a morir aquí. Ojalá estar grabando esto, pensé, porque es…
Es lo más importante que he visto en toda mi vida.
Jolie asintió, echando el humo.
—Esto es —me dijo— la era de las eras, espagnola . El juicio final. Vamos a otro mundo, como cuando el meteorito del dinosaurio.
¿Lo sabía la gente ahí fuera, toda la gente que quedaba viva? Que lo que ocurría no era nuestro y que estaban viniendo, que ya estaban aquí, algo más gigantesco que todos nosotros. ¿Por qué lo habías sabido tú, en tus sueños, mucho antes de que ocurriera?
Entonces los imaginaba contemplándonos desde algún lugar con nuestras mismas caras, grandes o pequeños; con nuestras caras y motivos, siguiendo alguna clase de programa.
Mirábamos arriba esperando al hombre verde en el platillo volante, pero a lo mejor la cúpula siempre había sido un animal, Laia, y estábamos todos ya en el estómago de la ballena.
O a lo mejor la luz intermitente e ingrávida del cielo nos estaba hablando en una nueva lengua de signos.
—¿Crees que quieren algo? —le pregunté a Jolie—. Que nos están diciendo algo. O que nos matarán.
Ella se rio un poco, fumando sobre su silla.
— Qu’importe… — dijo—. Nosotros solo vamos a mirar.
A la mañana siguiente, cuando ya amanecía, me despertó el golpe en la cara de un blíster de salchichas.
Klaus estaba sacando comida del compartimento sobre mi asiento.
Confundida, busqué con los ojos los surtidores de la gasolinera.
Al otro lado de los cristales, vi el bosque y los restos de la hoguera junto a una montaña de bidones de gasolina.
Él tenía las manos aún pringadas de la grasa negra del motor.
Pulsé el botón que abría el maletero. Salí a recoger la basura.
—¿Ya nos vamos? —preguntó Jolie, tomando el sol.
—Supongo. Está arrancado el motor.
Agarré tres bidones en cada mano y me fui hasta el otro lateral.
Uno de los soportes que levantaban la puerta del maletero estaba roto y peligrosamente doblado.
Tuve que agacharme para dejarlos dentro: metí la cabeza en las entrañas del autobús.
Empujé la primera tanda de bidones. Fue a la segunda, cuando algo se me tropezó con la vista, que levanté la cabeza y lo vi.
Allí, bajo la bombilla roja del interior, había un bulto grande y oscuro.
Me miró a los ojos.
Era una persona.
—¡Dios!
Me clavé el filo de la puerta en la coronilla.
El corazón se me subió hasta las orejas y caí de espaldas sobre el asfalto. Al fondo del maletero, sentado entre restos de agua embotellada y bolsas, un chico me devolvía la mirada. Estaba transformado, rondaría los veinte y ya no tenía gesto: era una pared pálida rodeada de extremidades.
Iba a matarme.
Busqué la navaja en el bolsillo de mi chaqueta.
—¡Diana! —gritó entonces Jolie, llegando a mí—. ¡ Calme , escúchame! Escucha, Diana.
—¿Q-qué…? —balbuceé gateando de espaldas—. ¿Qué hace ahí, qué…? ¿Dónde…?
—¡Diana! ¡Es un amigo!
—¿Ha estado ahí todo el…?
—¡Es amigo!
—¡Nos va a matar!
—¡No! ¡No ataca, no es los otros! ¡No infecta! —dijo. Klaus apareció de pronto detrás y me apuntó con el rifle de pelotas—. ¡Klaus, no! ¡Baja! ¡Todos amigos!
—¿Lo habéis traído? —pregunté—. ¿Cómo lo habéis traído? Dios, Jolie, está… Tenemos en el maletero un…
—¡Es Blaz! —me explicó ella—. ¡Diana, es amigo de Berlín, Blaz! ¡Lo estamos llevando! Me dijo que su familia es en Múnich. Estamos llevando a él a Múnich. No ataca. Es seguro. No infecta, no ataca, pero no podía dejar en Berlín, ¿entiendes? Calme , ya. ¿Entiendes?
—Joder… —jadeé, con el pulso desbocado—. Joder…
Klaus apuntó al chico con el rifle.
—¡Klaus, no! ¡Baja!
Era verdad. Blaz no se movía.
Giraba la cabeza a veces, en espasmos involuntarios, y pestañeaba dos veces por minuto.
Tenía las manos cerradas en puños, agarrotadas, y solo las abría para llevarse comida a la boca.
Klaus había estado alimentándolo en el maletero.
Mientras lo observé, se mantuvo quieto y tenso y observándome también, aunque habría jurado que no podía verme siquiera.
Tenía los ojos de los peces muertos de las pescaderías.
Nunca me encontré a otro como él, que fuese capaz de hacer ruido.
Blaz regurgitaba una especie de «mmm» que le venía de la garganta y no podía separar los labios.
Su existencia pacífica era la demostración de que habría más así por el mundo, semiconscientes.
Tuve el instinto de documentarlo, pero no fui capaz de invadir esa vulnerabilidad.
Estaba enterrado bajo el cadáver de su propio cuerpo, en una catalepsia tan triste, justo en el límite entre ser de Ellos y de Nosotros.
Esa mañana, cerramos las puertas, arrancamos el autobús y yo me senté en la cabina del conductor. Fuimos a dejar a Blaz en Múnich.
—Comen solos —me explicó Jolie, sentada en el salpicadero—, pero no duermen, c’est-à-dire , están… Es como dormidos, ¿no? Pero los ojos no se cierran. Y entonces, cuando duerme, ¡sssh! Sin ruido. Así desde Berlín, nada nuevo. No van a mejor.
La cara de Sara en mi memoria era una mancha.
—Estaban… —murmuré—. Vi a algunos enfermos metidos en una estación. Los tenían encerrados la policía. Cuando lleguemos a Múnich, ¿dónde vamos? ¿Sabes su dirección? ¿O vamos a entrar?
— Pas du tout, no, no. Tú frenas lejos, Klaus acerca. Hay de ellos afuera, muchos.
—Pero puede que la policía los esté matando.
—Si su familia está cerca, lo verán y lo cuidan, Diana. Eso es lo que podemos hacer por él. Mejor cerca de casa que Berlín.
La autopista abandonada bajo el sol parecía un cementerio de señales de velocidad.
—¿Lo conocías mucho? —le pregunté al cabo de un rato—. Antes de todo.
— Non , tu sais . Camarero en el bar que yo iba. Un buen chico. No iba a dejar solo.
Los perros perdidos recogidos por Jolie Lemaire alcanzamos Múnich al mediodía.