Capítulo 15. Diana
Jolie Lemaire se lio un porro a la sombra de los baños de la gasolinera.
No me supo decir en ningún momento de dónde venía, qué le había pasado o cómo había conseguido un autobús.
Hablaba de la masacre en la residencia como si ambas hubiéramos coincidido en el mismo cumpleaños incómodo.
El rifle que llevaba a la espalda era de feria y escupía pelotitas de goma, y la acompañaba un chaval enorme, con el pelo negro y largo hasta la cintura, que rondaba entre los veinte y los sesenta y cinco años.
Fuese cual fuese el fin de mundo que nos tocaba, y por el que nos habíamos encontrado, en un imposible, en mitad de ninguna parte, a Jolie Lemaire le asustaba poco y le importaba menos que la llegada del calor.
—Cosas así pasan de siempre, ¿no? Cuando haces Erasmus —me dijo, con su español chapucero—.
Y los alemanes no están preparados, non, non ; todo carne, carne, nada queso.
Y cuando vinimos, hace una semana, nos averiamos y todos abajo, y luego gritos alemanes y todos arriba, y gritos y todos abajo, y luego, ¡bof!
Nos accidente de camión. Y Klaus, ¡Klaus, ven!
¡Mi amiga! —El tal Klaus ni se giró, cargando bidones de gasolina en el autobús—.
Klaus vio que nevó en Chequia. Très mal…
Qué miedo. El cambio climático, ¿no? ¿Tú aquí de qué?
—Yo… Nos robaron el coche —dije—. Aquí. No sabía dónde irme, porque no sé dónde… Estaba con… —Señalé vagamente la tumba—. Llevo aquí dos semanas.
—¿Dos semanas? ¿Sola aquí?
—Sola aquí.
—¡Sola aquí! —Jolie alzó las cejas y se rio—. ¡Klaus, sola aquí! Non … Espagnola , tu mente fuerte, fuerte. N’importe quoi … Y pareces nueva. Siempre tú cara de educación, Diana Mena . Siempre la presidenta de la Barcelona.
Me pareció entonces que era la primera vez que alguien decía mi nombre en toda mi vida.
Jolie fue, al inicio, un fantasma salido de otro sitio, de Jesús atravesado y muerto sobre la tortilla, y después fue una reunión de estímulos abrumadora.
Parloteaba hacia dentro, dirigiendo el humo hacia los pulmones.
No tuve que pedirle ir con ellos, porque ya me estaba arrastrando a saquear la tienda.
—Voy a Marsella —le insistí—. Si podéis dejarme allí o cerca… Tengo que ir a Francia primero.
—Todos vamos a Francia —dijo—, en este mundo de merde. En algún momento yo también voy a Francia, qué remedio… Lo que sea. Pero antes hay que ir nosotros Múnich, bien? Y luego ya Marsella, la playa. Nuestro amigo, tenemos que llevarle una cosa en Múnich. A un amigo en donde Berlín.
—¿Has visto Berlín? —le pregunté. El recuerdo de Alma me apretó el estómago—. ¿Cómo está Berlín?
—Ah, alemanes gritando y gritando. Las ciudades lo peor, pero no ahora, siempre lo peor. Berlín solo muertos, y te creerás que los alemanes aún no se callan.
Agarramos la comida que yo iba a abandonar y la guardamos en las baldas para maletas.
Las puertas del autobús se cerraron con un chasquido casi suspirado de mecanismo.
Jolie, que no podía moverse entre las hileras de asientos en silla de ruedas, tenía que dejarla encajonada en el hueco de la segunda puerta y se iba transportando en un carrito para bebés.
En ese momento, mirando a través de los cristales tintados, vi por última vez la gasolinera en silencio.
Klaus arrancó el motor y metió primera marcha, y yo seguí sus antenas con los ojos hasta que se confundieron con las copas de los árboles.
Una agorafobia extraña y nueva me latió en las sienes.
Cuando nos alejamos lo suficiente y alcanzamos el primer cartel, leí debajo del grafiti de un ovni:
WÜRZBURG — 57
Durante todo ese tiempo, había estado donde empecé.
La primera hora que pasamos esa mañana en carretera, me dediqué a cerrar bolsas y doblar mantas de poliéster al final del autobús.
Jolie y Klaus habían ido recolectando en su camino una cantidad ingente de ropa y comida empezada, tirada al fondo de cualquier forma; la ordené y limpié el pasillo.
Acabé dormida en la última fila, pasando frío junto a una montaña de mantas plegadas.
Nada nunca me había parecido más humano ni más bueno que los asientos rígidos de ese autobús, después de semanas en el suelo de la gasolinera.
Soñé que Alma estaba en Berlín, en un partido de baloncesto en Berlín, y yo corría y corría y no la alcanzaba.
Me despertó Jolie, sacudiéndome el hombro.
—Marie Kondo —me dijo—. Muy bonito, la despensa.
—¿Eh?
—Mira, ¿tú conduces?
—¿Eh?
En la cabina había un mapa viejo de Alemania pegado sobre la radio.
Klaus me señaló un lugar en el que se suponía que estábamos y en el que no parecía que estuviésemos, y luego pulsó un botón y bajó del autobús. Se fue, por algún motivo, a descansar al maletero.
—Pero ¿cómo…? —dije—. ¿Y cómo sale? ¿Y si necesita algo?
—Klaus no necesita. Hay que arrancar, allez, allez!
—No es seguro que esté…
—Diana, olvida. Empieza a seguir. Hay que arrancar o nos alcanzan.
—¿Quién nos alcanza? Pero ¿nos persiguen?
—Nos están siguiendo, por lo menos, doscientas vacas.
Yo no miré el mapa y me dediqué a leer las señales a Múnich. Atravesamos un peaje vacío. Rodeamos las afueras de Stuttgart.
El volante del autobús era un armatoste impresionante que tenía que agarrar como una bandeja y el cristal estaba empapado de barro, pero no sabía cómo activar el limpiaparabrisas. Toqué algo en el panel de mando, por probar, y se encendieron todas las luces del pasillo.
Estaba, de pronto, en Alemania conduciendo un autobús de carretera, frenando en las pocas rotondas porque creía que iba a volcarlo.
Me recordó a aquella primera vez, cuando me enseñaste a arrancar la furgoneta de tu padre y puse la marcha atrás en medio de la sierra.
La palanca de cambios se me reveló como un puzle mientras detrás nos pitaba un coche.
Pero la autopista, en Alemania, frente al autobús de carretera, era otra y vacía y gris, un lazo de asfalto que ya no unía nada.
No nos cruzamos con nadie más. Las casas que dejamos atrás, las ciudades, a lo lejos, parecían abandonadas a su suerte, y me invadió esta idea entonces, Laia, de que quizá era demasiado tarde y fuera solo quedaba esto, Jolie Lemaire y yo y un montón de gente en el silencio uniforme de Klaus.
En cierto momento, al final de un campo de cereales, vi lo que parecía un camión oscuro ocupado por gente. No se movían, sentados en sus asientos tras las ventanas. Solo al acercarnos entendí que eran los restos carbonizados de un avión.
—Cayeron todos —me contó Jolie—. Porque fue un tercio de población, se dijo que mitad, pero… Tu sais . Plus ou moins. No hay tantos. O los matan ya. Los matan mucho más que matan ellos a nosotros.
—¿Y no se ha hecho nada? ¿No hay control? ¿Los Gobiernos…?
—Sí. No. Si hay luz.
—¿Cuántos quedamos vivos?
—¡Ja! Espagnola, quedamos vivos todos. Eso es el problema: que quedamos vivos todo el mundo, salve Dios, y además con hambre.
Después de eso, efectivamente, nos alcanzaron las vacas.
Aparecieron, en realidad, tras la curva de un camino de tierra y nos tropezamos con ellas cerca de Ulm.
Un tropel inmenso de vacas, de más de cien vacas, quizá doscientas, se colaba en la autopista y taponaba los dos carriles de vacas caminando hacia el horizonte.
Eran iguales a las de Cazalla y nadie las guiaba: las vacas se marchaban solas, sin humanos, a algún lugar.
Yo fui aminorando la marcha para no atropellarlas hasta que nos unimos al grupo a velocidad de triciclo.
—¡ Putain , no salimos de aquí! —se quejó Jolie—. Es la tercera vez esto, ¡tres! ¡Alemania está llena de vacas!
De pronto, vi algo paseando entre ellas, una mancha oscura de ropa y pelo. Me encaramé al volante. Alguien estaba acariciando las vacas.
—¿Klaus? —musité, atónita—. ¿Qué hace…? Está ahí fuera, Klaus.
—¡Klaus! —lo llamó Jolie—. ¡Dile que emergencia, que vuelva, Klaus! ¡Las putas vacas!
—¿Cómo está…? Pero no he abierto el maletero. Es imposible, no… ¿Cómo está ahí? Necesitaría que yo abriera el maletero.
—Klaus no necesita.
Paramos en medio de la carretera y las vacas ni se interesaron. Klaus subió, agarró el volante con las dos manos e hizo el giro más violento que se podía hacer sin haber terminado de arrancar siquiera.
—¡No, no, no, espera…!
El autobús reventó una valla. Aplastó los arbustos. Atravesó un cultivo de algo y luego escaló por la ladera para llegar a la siguiente autopista. Al dar la última vuelta de peonza, el airbag se disparó solo, apretó un botón y en los altavoces estalló una musiquita promocional.
— Willkommen bei FlixBus! Welcome aboard!
—¡Diana! Ça va? [7] —oí decir a Jolie—. ¿Bien todo?
Yo le respondí, hecha un nudo en las escaleras:
—Sí.
Pasamos el resto de la tarde llegando a Múnich. La electricidad volvió al anochecer, cuando se nos encendió encima el cartel gigante de un sex-shop .
Horas antes, mientras grababa con la cámara el fantasma de otro pueblo, hice zoom a la sombra de un campanario y el objetivo enfocó en su lugar las manchas negras que salpicaban los cristales.
Pero el sol las tiñó de rojo, en un destello, y no eran manchas, Laia.
Había gotas de sangre en las ventanas del autobús.
Volví a preguntarle a Jolie entonces la historia de cómo lo habían conseguido y ella volvió a improvisar un trabalenguas en francés.
La vi moverse un par de veces para agarrar más agua: se desplazaba por el pasillo usando el carrito y dos palos de mopa como muletas.
La pierna derecha le obedecía un poco, lo suficiente como para apoyarse, y tenía que irse periódicamente al fondo del autobús a cambiarse los pañales que llevaba puestos, pero cuando le ofrecí mi ayuda lo que entendió es que estaba dispuesta a tirarle las colillas.