Aunque se acabe el mundo Capítulo 14. Laia #2
35%

Capítulo 14. Laia #2

La bombilla de una habitación al fondo seguía encendida, parpadeando.

El salón estaba ensombrecido por cortinas de lino y fusionado con la isla de una cocina americana.

Sobre la encimera vi bolsas de comida sin terminar, de comida mordisqueada, dejada de cualquier manera, con marcas de dedos.

El grifo estaba abierto, supurando agua.

Había restos de una arena extraña en el parqué, y me llegó un olor, primero, como a algo pudriéndose, a todo pudriéndose, en realidad, pero envuelto de lo que me pareció un impecable y terrible olor a casa.

A la anciana se le estaba desprendiendo el pelo. El padre tenía la piel cubierta de una reacción alérgica. Yo anduve lento, vigilándoles la espalda.

Alcancé a ver la puerta de la entrada al final del salón, junto al telefonillo.

No tragué saliva siquiera y hubiese jurado que ninguno de ellos respiraba ya: la familia era una convención de maniquíes vueltos hacia la pared.

Fui hacia la puerta, invisible tras el estruendo de cacerolas, y Rey tuvo razón.

No me oían. Pero pasó lo que era predecible, que yo los estaba mirando solo a ellos y para sobrevivir a ellos había que mirar todo lo demás.

Pisé algo duro con el talón. Había un castillo de Lego roto sobre la mesa de café; pisé una pieza.

El dolor me subió instantáneo hasta la coronilla. Retrocedí, y me apoyé en la esquina levantada de la alfombra, que se deslizó y me hizo perder el equilibrio. Caí con las rodillas sobre el parqué del 3.º B y la mesa se tambaleó, y el castillo entero estalló en el suelo en un río de plásticos.

Los cinco autómatas se giraron. Dieron un paso hacia mí. El niño casi me pisó los dedos.

Yo permanecí congelada, con los brazos temblándome y el pulso disparado entre los ojos, con las rodillas y las manos clavadas en el parqué.

Ellos esperaron a que me moviera; iban a matarme, si me movía.

Era el juego más antiguo del mundo. Yo ese día ya había perdido un juego.

«No puede ocurrir así —pensaba—. Por favor.

He llegado hasta aquí». Mis músculos se revelaron en ese momento como una maquinaria desconocida, llena de finales que no controlo.

Si giro la cabeza, vendrán. Si corro, vendrán, y serán un mar de brazos e instinto de violencia que yo no tengo.

Si estornudo, si suspiro, si lloro, si grito.

Les veía las piernas, detrás de mi cortina de pelo, quietas, esperando a confirmarme.

No oían ya las cacerolas de Rey. Los autómatas se estancan en los nuevos ruidos, entendí, y había que crear un ruido nuevo, pero el walkie-talkie se me había caído y estaba a un lado sobre la alfombra.

El cuchillo había acabado bajo las suelas de la anciana.

Si me movía a por él o a por el walkie-talkie, ¿la mataría?

; «¿Vas a matar ahora, Laia? ¿Vas a matar? ¿O vas a morir?».

De repente, algo me rozó los calcetines. Se me deslizó, vivo, por debajo del abdomen hasta alcanzarme la cara.

Era un gato blanco y gris.

Me olió la nariz y las manos y luego decidió tumbarse y hacer una croqueta espontánea, en el mejor momento de la historia; el gato solo, encerrado en el 3.

º B, que me salvó la vida esa tarde. Estaba buscando cariño hasta en las patas de las mesas, sin entender el silencio de sus humanos.

Yo creí, por un segundo, que lo estaba imaginando, porque era idéntico a Tuerto, o más bien una reproducción suya a la que sí salvé.

El gato ronroneó y se me restregó contra la frente. Toqueteó con una pata los bloques de Lego y decidió, por no tenerle respeto a nada, tumbarse sobre el walkie-talkie .

En el 3.º A se oyó un murmullo distorsionado, cacofónico, de intro de las Winx .

El ruido de cacerolas se apagó. Al otro lado, Rey empezó a golpear la pared.

La familia se volvió de nuevo.

Yo me levanté a toda velocidad y agarré al gato y el walkie-talkie : corrí hacia la entrada del piso. La vista se me había cubierto de puntos de plata y tenía la garganta seca y los pulmones cerrados. Me coloqué en el hueco tras la puerta y la abrí hasta que me aplasté contra la pared.

Lorena, en el rellano, giró sobre sus talones. Encendí el walkie-talkie :

—Grita.

Rey dijo:

—¿Qué?

—¡Grita!

El grito de Rey fue casi un graznido magnético a través del altavoz.

Lancé el aparato a la habitación del fondo y los seis autómatas (los cinco de dentro y la que vino de fuera) siguieron el sonido al estómago de la casa.

El gato se me escapó de los brazos entonces y ambos salimos del 3.

º B, y yo estrellé la puerta detrás de mí, temblando.

Me lancé contra la del 3.º A. La golpeé.

—¡Abre! ¡Rey! ¡Vamos, ya está, Rey! Dios, venga, ¡abre!

El chirrido del walkie-talkie se había callado. Pegué la oreja a la madera. Embestí el picaporte, toqué el timbre. Rey observaba mi ataque de pánico desde la mirilla del 3.º A y de pronto yo era otra mujer pegada a la puerta.

—Vete —dijo—. Vete ya.

—¿Qué? —balbuceé—. ¿Qué dices? Rey, ¿qué haces? Abre la puta puerta.

—Van a venir. Vete. Es mi refugio, tía. Te avisé, que solo hay comida para uno…

—¿¡Qué!?—le grité—. ¡Rey! ¿¡En serio me lo puto dices!? ¿¡Me estás jodiendo ahora!? ¡Rey, no me vas a dejar aquí fuera!

—Vete.

—¡No me vas a hacer esta puta mierda! ¡Abre la puerta o te juro que…! ¡Rey! —Aporreé la puerta—. ¡Te voy a matar!

La puerta del 3.º B se abrió detrás. Los seis autómatas se atropellaron en un movimiento sereno, estable, viniendo a por mí.

Venían.

Yo giré a la derecha y corrí con todo escaleras abajo, tropezándome, agarrándome a la barandilla, en calcetines sobre el mármol resbaladizo.

Había sangre y cristales en el rellano. Me estrellé contra los interruptores del segundo.

Bajé más rápido, con ellos detrás, una masa uniforme de gente automática viniendo y viniendo sin correr, una ola imparable de vida.

Ninguno de ellos había sido otra cosa nunca, en realidad; todos ellos, pensé, con el corazón en la boca, con la boca en el pecho, siempre habían sido solo media docena de copias de mi madre.

Giré en la última esquina. Llegué al portal y este se encendió.

Lo recordé solo al verlo: el ascensor estaba abierto e iluminado en el bajo.

La puerta, confundida, se abría y se cerraba contra los riñones del mismo hombre muerto del día que salí del BlaBlaCar.

Habían pasado dos semanas y media y ya no era un hombre, era cartílago y gases; pero el ascensor funcionaba.

Me volví. El eco de los autómatas bajaba por el edificio.

Sin más opciones, sorteé al cadáver. Me colé en el ascensor y tiré de sus axilas para que entráramos y se cerrara.

El hedor, perseguido por las moscas, me despertó un asco físico que ni procesé, mirando el hueco de la escalera: venían.

El niño y sus padres y su hermano, y la anciana muriendo por matar, y Lorena primero, encabezándolos a todos, la mujer en la puerta y en las fotos de boda.

Pulsé el botón del tercer piso. El ascensor se cerró y arrancó con un crujido.

De pronto, me descubrí allí, en una máquina que subía sin prisa, frente a un espejo de cuerpo entero.

Tenía un cadáver a los pies y los calcetines empapados de líquidos humanos.

En ese silencio, sin el piercing en el labio, me vi como una reproducción antigua, minúscula, de otra Laia a la que llevaban a hacer algo desagradable, como el evento de mi primera comunión.

El ascensor se abrió en la tercera planta.

Toda la prisa regresó de golpe: corrí al 3.

º B. Agarré al gato, que estaba otra vez perdido sobre la alfombra, y lo metí al fondo de la mochila.

Se dejó, tan débil como gordo. Llegué al límite del balcón.

Detrás ya los oía subir de nuevo, decisivos los seis como un imán.

En un gesto de estupidez, me paré a colocarme las deportivas.

Salté.

Las piernas, agotadas de la carrera, me fallaron. La barandilla se me clavó en las costillas y me deslicé sobre el metal. Quedé colgada de las dos manos en el balcón, sobre los árboles floreciendo y la acera. Tiré con un rugido de un gato de siete kilos y todo mi maldito cuerpo.

Cuando Rey volvió al piso tras encerrarlos con llave en el 3.º B, yo ya estaba allí. Había entrado en el salón desde el balcón con un gato gris y blanco y tenía la ropa ensangrentada de los fluidos del cadáver. Él me miró a los ojos.

—Laia —balbuceó—. Calmadita.

—Te voy a matar —le dije—. Te lo juro por mis putos muertos.

Rey salió corriendo como una cucaracha hacia la habitación de Julia.

Fue casi un calco de nuestro primer día, a punto de matarnos también: yo lo seguí hasta que estampó la puerta tras de sí y echó el pestillo. Empujé el pomo con el hombro. Él se justificaba desde dentro:

—¡Eras tú o yo! ¡Es mi refugio, tía! ¡Y no hay comida, Laia, tú sabes que yo…! ¡Ibas a sobrevivir estupendo! ¡Vamos a calmarnos!

Fui hasta la cocina a por una tarjeta de supermercado. La colé en la hendidura y la puerta cedió en la siguiente embestida. Dentro del cuarto, Rey estaba sentado en el colchón, alto y raquítico como un insecto palo.

—Pero ¿cómo? Pero ¿qué cojones? ¡Si en una semana…!

Le estampé un puño en la nariz y esa vez sí se la rompí de verdad.