Capítulo 14. Laia
—Piedra, papel o tijera; un, dos, tres.
Extendimos los brazos. Rey cerró el puño.
—No vale. Lo has sacado después.
—No.
—Lo has visto.
—Lo tenía en la espalda ya así, que estás emparanoiada. ¿Si gano yo es trampa?
—Pero que has improvisado la piedra y yo tenía aquí la tijera ya, aquí puesta.
—Que te la he visto venir de lejos —dijo— porque es muy predecible lo tuyo con las tijeras.
Yo lo miré a los ojos con una aversión inenarrable.
—Eres de un nivel —le dije—, de crío cateto tonto de mierda…
La luz volvió al atardecer del cuatro de mayo. Esa fue la última vez que oímos el comunicado repetirse en el televisor.
Cuando chisporrotearon las lámparas, bajamos el volumen y corrimos a la mirilla: al otro lado, la mujer tras la puerta se había ido.
Llevábamos un día entero sin mediar palabra para que la atrajese otro ruido y se fuera antes de que volviera la luz, si es que la luz volvía antes de que muriésemos. Apenas nos quedaba comida.
Rey y yo nos cargamos a la espalda dos mochilas del Decathlon. Abrimos la puerta un poco. Él sacó un brazo enclenque como una flauta y recorrió la pared con los dedos hasta alcanzar el botón del ascensor, que emitió un ruido de máquina descontracturándose. Esperamos.
—No viene.
—Tiene que venir.
—Que no viene.
Salimos a comprobar.
Ocurrió todo entonces, en una carrera a contrarreloj patética: las luces del rellano nos detectaron.
Se encendieron de pronto, y Rey se asustó y dio un paso atrás.
Me pisó un zapato. Yo siseé y me tapé la boca rápido, pero ya era tarde.
El ruido humano vibró igual, rebotando como de goma en el silencio.
Nos miramos.
Él corrió a llamar al ascensor una treintena de veces, que por algún motivo no venía, pero sí venía la mujer, sin prisa, en un eco de pasos, escalón a escalón.
—¡No funciona! —gritó Rey.
—¿¡Cómo no funciona!?
Vi algo brillándome en la periferia de los ojos.
Me asomé al hueco de las escaleras, pero ella llegó desde arriba.
Lorena tenía la camiseta empapada de agua y venía a por nosotros con sus ojos vacíos, a una velocidad por defecto.
Tiré del brazo de Rey. Nos metimos de vuelta en la casa.
Cerramos, y a él se le quedó la manga atrapada en la puerta, así que se la tuvimos que cortar con las tijeras de la cocina.
—¡Esto era lo que podíamos hacer! —se quejó—. ¡Hostia puta! ¡Y tenía que no haber ascensor! ¿Es que nada funciona en este puto edificio?
Pero yo estaba pegada de nuevo a la mirilla, viendo más allá de la frente de la mujer; el brillo en la periferia de los ojos, que había sido en realidad un reflejo de luz sobre metal.
—Las llaves —dije—. El 3.º B tiene las llaves en la cerradura.
Las había visto ya el primer día.
Las llaves del 3.º B eran un fósil ensangrentado con un llavero del Betis que llevaban allí lo mismo que nosotros dos.
Solo cuando entendimos que el mundo no era un piso de noventa metros cuadrados y que había que salir al de fuera, volvimos a ver todo lo demás.
Desde el balcón, podía alcanzarse el balcón vecino con un palo de escoba.
Esta era la verdad: Rey y yo nunca le planteamos al otro la posibilidad siquiera de matar a la mujer en la puerta.
Él era, casi en cualquier momento, un parásito de ira desesperado por sobrevivir a toda costa.
Yo le habría mordido a él la cara con tal de aguantar otro día en la casa.
Pero el apocalipsis no pudo acabar, ni por amor ni por rabia, con la culpa de ninguno.
Nadie abrió el cajón de los cuchillos. El plan acabó siendo, cuando vimos las llaves colgando de la cerradura, que uno de nosotros tendría que meterse en el 3. º B.
Había que encerrar a la mujer ahí dentro para salir a por comida sin morir ni matar.
—Piedra, papel o tijera; un, dos, tres.
Yo saqué piedra. Rey se retrasó una milésima de segundo y sacó papel.
—Lo has vuelto a hacer. Chaval, es que es alucinante lo tuyo…
—O a lo mejor es que tú eres más mala que un dolor.
—¡No se puede ser mala en esto! ¡Esto es probabilidad!
—Eres mala y ni te enteras.
—Mira… —dije—. Me la suda. Muy bien. Se acabó esto y yo no voy a… —Agarré la mochila y me ajusté las correas—. No me voy a morir yo aquí porque seas un niñato y un fullero.
—Hay que tener mejor perder.
Iba a meterme yo en el 3.º B.
Días antes, buscando comida hasta en los altillos, habíamos encontrado en la habitación de Julia dos walkie-talkies rosas con las pilas descargadas.
Les incrustamos las de los mandos del televisor y probamos a ver si funcionaban aún: metida en el baño grande, al otro lado del piso, oí la voz de Rey salir del cacharro como pasada por una licuadora.
También tenían un botón a la izquierda que enviaba a la otra persona el canturreo de la intro de la serie de las Winx .
La última vez que yo había tenido así un walkie-talkie, atrapado en la mano, había sido para copiar las respuestas de un test de inglés.
El mundo, como ahora, había estado dividido en hemisferios de A y B, y mirándolo en el balcón esperé inconscientemente a que me llegara del otro lado la voz siempre correcta de Diana.
—Abro —le dije a Rey—, y tú te esperas en la mirilla. Y en cuanto ella entre en el B, le cierras detrás. ¿Va?
—Que sí.
—Sales al rellano y echas las llaves.
—Que sí. También puedes mirar a ver si tienen comida. —Al verme la cara, Rey rectificó—: O no. O haces lo que se pueda buenamente. Lo pillo.
Yo me desatornillé el piercing de la nariz y me quité el clip de la oreja. Me deshice de seis pendientes y desenrosqué la bola en el centro del labio.
Tomé impulso con un pie sobre la barandilla.
Abajo, los árboles y la acera parecieron tambalearse, en un recordatorio de gravedad.
Agarré una viga pegada a la fachada. El sol se ponía detrás de los edificios del centro de Sevilla y olía a azahar y primavera caliente; habría sido final de Feria, quizá, en otra línea de tiempo.
Yo calculaba en esta el espacio entre dos balcones para no despeñarme.
Era más estrecho que el riachuelo en Cazalla y que un millar de cosas que yo había saltado sin pensar, hacía años, menos consciente de la muerte o de la vida.
Me lancé al otro lado.
Aterricé en un golpe seco que me desequilibró y me acuclilló sobre las baldosas.
«Abres la puerta», pensé, «entra ella y saltas de vuelta. Es eso».
El balcón del 3.º B tenía una mesa minúscula con dos taburetes.
Se le habían muerto las plantas en las macetas y un comedero vacío, volcado en una esquina, cogía polvo.
Yo avancé hasta la puerta acristalada que daba al interior, que estaba dividida por una grieta que la recorría como un relámpago, pero no podía entenderse lo que había detrás: la luz sobre el vidrio me reflejaba a mí con los edificios de enfrente y la cuadrícula del cielo.
Pegué la nariz al cristal, enmarcándome los ojos con las manos.
En el salón, en completo silencio, cinco autómatas me miraron de vuelta.
El estómago se me giró dentro. Di dos pasos atrás y acabé contra la barandilla.
Me mantuve quieta allí, viéndolos detrás de mi reflejo rosa y azul: eran un matrimonio de cincuenta años con un adolescente.
Detrás de ellos, había una anciana escuálida junto a un niño que no llegaría a los diez.
Estaban vestidos e ilesos, con las caras llenas de restos de comida, una familia entera transformada en el salón del 3. º B como una casa de muñecas de carne.
La boca me tembló. Giré y vi a Rey, que seguía allí, intentando entender qué pasaba. Me deslicé hasta el extremo de la barandilla, donde no había cristalera. Cogí aire y me subió a la garganta la náusea de los nervios.
—Cinco —le susurré con señas—. Son cinco. ¡Dentro!
—¿Dientes? ¿Qué?
Abrí la mochila y saqué el móvil recién cargado de Julia Muñoz. En la aplicación de «Notas», escribí:
CINCO AUTÓMATAS DENTRO. NO PUEDO.
Le lancé el móvil y Rey lo atrapó. Leyó y lo vi pasarse los dedos por los rizos sucios, siempre sucios. Luego escribió y me lo enseñó a contraluz, haciendo zoom:
YO HAGO RUIDO Y ENTRAS.
—No. —Negué con la cabeza—. ¿Qué? No.
Rey volvió a escribir:
ME AVISAS CON EL BOTÓN.SI TE VEN, ME AVISAS AL WALKI Y HAGO RUIDO.CORRES. HAY QUE HACERLO.
—Y una mierda.
Escribió:
O LA MATAMOS.
Levantó el walkie-talkie de las Winx y señaló el botón que activaba la cancioncita.
Yo lo miré, con los ojos muy abiertos, y después Rey se fue dentro y volvió para lanzarme algo envuelto en papel albal. Era un cuchillo para cortar jamón.
—Dios Bendito Redentor Santo… —susurré para mí, en una herencia de la Charo de Matemáticas que no sabía que todavía conservaba.
Pegué la espalda a la pared del balcón y me senté allí por a saber cuánto.
En el cielo, la cúpula parecía más densa que nunca, un cristal limpio y sólido de pecera.
Pero lo único que existía, entendí entonces, en el extremo opuesto a estar dispuesta a matar, siempre había sido estar un poco más dispuesta, dada la elección, a morir.
Un rato después, Rey estrelló dos cacerolas en el 3.º A.
La familia de autómatas se giró, mirando al ruido. Anduvieron los cinco juntos hasta la pared que separaba los dos salones.
Yo empujé la puerta encajada del balcón con el corazón como un apéndice naciéndome en cada hueco: diez corazones repartidos entre los dedos, debajo de la lengua, entre el estómago y el intestino.
El ruido de las cacerolas de metal contra metal era insoportable y fuerte, y tapó el del roce de mi ropa.
Di un paso dentro del piso. El suelo estaba empantanado de polvo.
Había dejado las deportivas fuera y todo en mí era blando y frágil: un cuerpo pegado a una mochila andando en calcetines con un cuchillo. Tenía el walkie-talkie en el bolsillo del peto. «Abres la puerta —me repetía—, saltas de vuelta. Abre la puerta, saltas de vuelta. Abres la puerta…».
Entré en la oscuridad del 3.º B. Ninguno de ellos me notó detrás.