Aunque se acabe el mundo Capítulo 13
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Capítulo 13

La tarde antes de coger el avión, te sentaste en mi cama y dijiste:

—Bueno, ya podemos dejar la coña. Ha dado para unas risas, ¿no? Y que muy bonito, pero ahora te quedas.

—¿Me vas a atar a la silla?

—Voy a ir cerrando España con pestillo.

Me habías empujado tanto a que me fuera de Sevilla, a que grabara otra cosa, el mundo de Wurzburgo o lo que sea, una apuesta de valentía.

«Nico va a estar bien», me repetiste, pero lo sabías de verdad, que era mucho más que eso.

«Tienes que hacer —me decías—, por una vez, nena, lo que te dé la gana.

Por favor». Yo te dije: «He hecho siempre lo que me da la gana».

«Te has hecho Derecho por sufrir. ¿Y ahora te metes en CAV y te quedas aquí muerta de risa?

». Cuando llegó el salto y nos tiramos en la cama, se hizo real de pronto que me estaba yendo.

Siempre hemos estado cerca, una en cada lado, pero enfrente, tan cerca; al otro lado de la ventana que se veía desde mi ventana.

—Qué asco. —Te mordiste el piercing—. Es que esto era mejor en mi cabeza.

—Te estuve avisando.

—Soy viuda, de pronto —dijiste—. ¿Qué hago sin ti, tío?

—Lo mismo, pero sin cinturón, seguramente.

—Mi mujer… Aún puedo oírla. Dice cosas… gilipolleces.

—Tonta. —Me reí y te pegué a mí. Te besé en el lunar de la curva del cuello—. Vas a venir cuando quieras. Y yo voy a venir en Navidades. Son nueve meses nada más. Son dos a lo mejor, desde ahora. Voy a notarlo yo más que tú.

Fuera, mi padre preparaba la cena y estaban vaciando la piscina en el patio. Me despeinaste las cejas, concentrada.

—¿Y si se acaba el mundo? Como en el sueño. Y no estás aquí todavía. —Te miré la forma de la nariz y los ojos más azules que la luz de la cúpula—. Hay que tener un plan para eso.

—Vale, venga. Quedamos aquí.

—Tú flipas, aquí. Esto estaría para verlo. Tiene que ser un sitio como… inasequible de seguro.

—El foso del Rectorado —te dije, y me miraste entonces de vuelta. Sonreí—. ¿Qué pasa? ¿Cuándo me contaste esto?

—En bachillerato. O sea, antes de salir, imagínate… Y te acuerdas.

—Estoy atenta.

—No me digas. No te conozco de nada.

—Debajo del puente, en el foso del Rectorado —repetí. Tú me enmarcaste la cara con las manos—. Nos vemos ahí, si pasa cualquier cosa. Pero no va a pasar nada, Laia. Solo que vas a venir a verme y te vas a tener que currar el inglés por primera vez en la vida.

Tiraste de mí en ese momento y me besaste, como casi siempre besas, que es llenándolo todo y estando en todos los sitios a la vez. Abriste mi boca y enredaste las manos en mi pelo. Luego pegaste mi frente a tu frente.

—No te vas.

—No me voy. Voy a volver a por ti, pronto. —Y, luego, en lengua de signos: «Te lo prometo».

Tú me trazaste una X en la mejilla. Me dijiste, tumbada en la cama:

—¿Aunque se acabe el mundo?

Yo te dije:

—Aunque se acabe el mundo.