Aunque se acabe el mundo Capítulo 12. Diana
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Capítulo 12. Diana

El agujero en la tierra era del tamaño de una nevera y tardé cinco horas en cavarlo.

Lo llené de hojas, hasta que pensé que sería cómodo, y luego me tumbé en él, para comprobar que era cómodo.

Desde abajo, la luz nacía en los huecos de los árboles como una semilla de sol.

Me tranquilizó la idea de que eso contrarrestase la incomodidad, por no poder contrarrestar la muerte de ninguna forma.

—Voy a enterrarlo ahora —le dije a la cámara—.

Después de… Voy a esperar, porque no quiero dejarlo en medio, por si no me dan los brazos.

He pensado que saldré luego sobre las tres, si está bien el reloj de aquí, que no creo.

Pero son las once ahora. A las ocho anochecerá.

—Asentí y tomé aire, en la tienda, con las estanterías caídas detrás—.

Me ha costado decidirme, bueno, lo sabes, porque…

Está aquí todo dicho. Y cuando me vaya, aún no sé a dónde ni por cuánto, voy a avanzar por la autopista hasta que haya señales o alguien y…

he cargado el móvil, que está hecho polvo.

La electricidad se ha ido ahora. No sé qué está pasando fuera, fuera de esto, de yo aquí.

Pero… —Miré al objetivo—. Me voy hoy. Porque no voy a morirme aquí y te dije que…

Una vez te prometí que te encontraría, si esto pasaba.

En el foso del Rectorado, que no… Que espero que te acuerdes, porque yo estos días no pienso en otra cosa.

Estaba intentando ordenar esto…, tú te reirías porque es algo inútil mío y…

Me he dado cuenta de que es dos de mayo.

—Te sonreí apretando las mejillas—. Así que voy a enterrar a Bartek ahora, y quiero…

voy a meter lo que sea en una mochila. Y voy a ir a por ti, Laia. Como tenga que ser. Feliz cumpleaños.

Me quité la camiseta y me la até en la nuca para no vomitar con el olor. Desplegué tres parasoles grapados como una esterilla al lado del cadáver.

Bartek era, para ese entonces, un saco inexplicable de todo lo que tenemos dentro, pero seguía siendo algo que yo no podía dejar descomponiéndose sobre las piedras del asfalto.

Agarré fuerte la pala y la hundí debajo del cuerpo.

La carne se despegó del suelo como hecha de espuma y queso fundido.

Tuve que hacer palanca una docena de veces para girarlo hasta que conseguí darle la vuelta y él se desplomó sobre los parasoles.

Lo vi, de pronto, con más detalle que nunca, ojo y tejido y hueso. Me aguanté una arcada y le pedí perdón.

El resto de la tarde, fui llevándolo hasta los árboles tras la tienda con los brazos desencajados, y después hubo que hacer algo muy anticlimático como volver a los surtidores a por la pala.

Bartek Nowicki cayó con un crujido de hojas en el agujero.

Sin fuerzas para enterrarlo, lo enterré, lo cubrí de la tierra de un bosque de paso, de hierba y gusanos y vida que se lo llevarían a ser vida a otro sitio diferente.

—Voy a irme hasta Marsella —le dije—, y le voy a llevar esto. Le voy a decir que estabas yendo y que… Que te pasó yendo. Le voy a dar la chaqueta a Nina. —Dejé sobre el montículo su gorra de propaganda—. Te lo prometo, Bartek. Hasta luego.

Había anochecido sobre el techo de la gasolinera. Un cuadrado azul se iluminó lejos, muy lejos, y yo lo miré casi creyendo que el viento nacía de su magia imantada.

Tuve que esperar a que amaneciera para marcharme de verdad.

Dormí sin parasoles ese día, sobre las baldosas del suelo, que fueron casi lo mismo: una superficie fría que solo yo había llegado a conocer así.

Soñé que te vendaba y te salían nuevas quemaduras, en el baño para discapacitados del instituto.

Me recorriste la cara con la punta de los dedos, pero por la mañana no estabas allí, y me despertó algo caminándome sobre la boca.

Me froté. Salió volando a la máquina de gancho.

Al ponerme en pie luego, lo vi a contraluz: era un escarabajo negro del tamaño de una moneda y había otros sobre las estanterías y los cristales rotos. Estaba todo lleno de escarabajos peloteros, como si se te hubiese desprendido una caja de las manos.

Mi lista decía: tres botellas de agua. Latas de conservas, sándwiches y una caja de chicles para disimular el hambre.

Una linterna y dos paquetes de pilas sin abrir.

El mechero y una bolsa con carbón de barbacoa.

También un mapa de Alemania y una navaja, y alcohol, jabón y vendas empaquetadas.

Aún conservaba en el bolsillo de los pantalones la pastilla de ibuprofeno que me había guardado antes de que Jesús muriese acuchillado sobre la tortilla.

Cerré la mochila y me la cargué a la espalda.

Grabé, antes de irme, con la cámara de vídeo desde fuera.

La gasolinera, como siempre había sido, apareció en la pantalla como una cápsula de frío y silencio.

Los surtidores y los pilares y el techo, con sus antenas y la puerta rota.

Sentí nacerme de dentro una pena súbita, que era miedo, en realidad, a mi historia vista por nadie allí y la que tendría que venir ahora para llegar a ti y volver a casa.

Fruncí el ceño, cegada por el sol.

Entonces empecé a oírlo: el rugido de otras ruedas.

Venía a lo lejos y al principio pensé que era mentira, porque lo había oído tanto sin oírlo nunca, esperándolo.

Bajé la cámara. Giré sobre mis talones. Miré al cielo, también, por si estaba ocurriendo ya el final de todo; pero llegaba por la autopista, un ruido en movimiento que se fue haciendo grande y más grande hasta que apareció tras los árboles de pronto: un enorme autobús de carretera.

Era verde fosforito y en un lateral se leía FlixBus.

Giró hacia mí, hacia los surtidores, y estacionó.

Echó el freno de mano en un sollozo de máquina grande.

Yo lo miré, petrificada, con la mochila a la espalda, con la chaqueta de Bartek, con la cámara grabando aún el suelo en mi mano derecha.

El autobús paró en la gasolinera. Emitió un maullido metálico y luego desplegó una rampa. La persona que bajó por ella tenía la piel oscura, las rastas recogidas en una pinza para la ropa y cargaba con un fusil como si fuese un bocadillo, sentada en una silla de ruedas.

Era Jolie, Laia. En la gasolinera apareció Jolie Lemaire, la francesa que fumaba maría en la ventana de la residencia.

— La Vache ! [6] —se rio—. Espagnola!