Capítulo 11. Laia
La mujer vacía seguía pegada a la puerta.
Se fue puntualmente los días en los que nos molestamos en no hablar, pero al final el edificio era un ecosistema pequeño, acordonado, y la mujer siempre volvía para pegarse a la puerta.
La atraía nuestro ruido humano y vivo. Estaba muriéndose de hambre tan lento que conseguiría que antes nos muriésemos de hambre nosotros.
—Tiene que tener agua en algún lado —concluí—. Tiene que haber un piso abierto sin tapa en el váter. Se habría deshidratado ya, si no bebiera. Está claro que se mantienen.
—Ahora cocinan, los putos zombis —bufó Rey—, pero no pueden ni lavarse el culo.
—No los llames zombis.
—Vale, quilla, ¿cómo te lo digo en lenguaje inclusivo? ¿Los colegas?
—Será como un acto reflejo —seguí murmurando yo—. Lo que detecten que se pueden comer.
—¿Y cuando nos coman a nosotros? Porque no quede nada.
Porque esta tía va a esperar ahí, te lo digo yo.
Ya van trece días. Los autómatas estos están tontos y ni corren, que ya es triste, y están bebiéndose el agua del puto váter, y ¿ni con esas sale el ejército ahí fuera a cargárselos a tiros?
Estamos apollardaos. Los alienígenas se estarán descojonando.
—A lo mejor eso es lo que quieren, los alienígenas. Que por psicópatas como tú nos matemos entre nosotros.
Por ese entonces, aún no sabíamos que eran más de un tercio de nosotros, los autómatas pegados a puertas.
El cuarenta por ciento de nosotros estaba muriendo o matando en cualquier parte o las dos a la vez; todos nosotros, en definitiva.
La idea era tan desproporcionada que se hacía pequeña, incluso irreal, instalada en la vida propia.
Alrededor de los que sobrevivíamos lo único que parecía seguir ocurriendo era un silencio terrible de antesala a algo.
Yo esperaba todas las noches a que empezase un crujido y se derrumbasen las ciudades.
Miraba el cielo limpio al otro lado de las ventanas para ver la señal de que estaban ahí, fuesen quienes fuesen, en la forma en la que hubiesen venido; una luz o un cometa o una nave inmensa tras las nubes.
Pero en el cielo solo había cúpula y más cúpula, y el silencio impenetrable y terrible de los enfermos, y nadie que estuviera ahí arriba haciéndonos morir parecía estar mirándonos de vuelta.
Desde el día del comunicado, Rey y yo decidimos sin decidirlo empezar a compartir todas las habitaciones del piso.
Yo seguí durmiendo abrazada a la lanza y él se encerraba en su cuarto con pestillo, pero ahora usábamos los dos el baño grande.
La caldera había vuelto a la vida. Cuando pude sentarme, al fin, bajo el chorro de un agua caliente y nueva, me dio un llanto estúpido que era casi hipo, aún no sé ni por qué tipo de emoción.
Rey dejaba los azulejos cubiertos de pelos rizados como un expositor húmedo de lombrices.
Era siempre un asco, el final de un adolescente que abandonaba la comida pudriéndose en los tápers.
En cualquier otro mundo, nos habríamos insultado online , y en este mundo teníamos que compartir la casa de otras personas.
Por las noches, nos turnábamos la vigilancia de la puerta y jugábamos partidas de UNO para no acabar matándonos o hablando solos.
La tarde en la que lo encontré frente al lavabo afeitándose con la cuchilla, me fijé de pronto en que tenía rotas la mitad de las uñas de la mano derecha. Alguien le había mordido el lóbulo de la oreja y arrancado el pelo que le crecía en la nuca.
Él se giró y me descubrió mirándolo.
—¿Qué? —ladró. Me ofreció la cuchilla—. ¿Te quieres depilar las piernas?
Yo pestañeé, atónita, pero el tío no bromeaba.
—¿Tú eres gilipollas?
—¿No es eso lo que os importa a las tías?
Rey no me contó nada de lo que había vivido el primer día. Yo no le hablé a él de los arañazos de mi madre.
Pensaba en ella, durante mis turnos de madrugada; en el alivio de que bebieran de váteres y comiesen solos. Seguiría encerrada a dos calles, esperando aún a que yo reuniera el valor, ¿el valor para qué? ¿De qué servía ya mi valor ridículo de hacer el caballito en la bici y saltar vallas?
—¿Quién te puso lo de Rey? ¿Le dices a la gente que te llame Rey porque en verdad te llamas Alberto María?
Rey estaba derramado sobre el sofá y yo lo miraba desde el suelo, bajo un último rayo de sol.
—Es mi apellido —contestó—, tocapelotas. La gente me llama Rey de toda la puta vida.
—¿Y cuál es tu nombre?
—Rey.
—¿Y tu nombre?
—Que a ti no te lo voy a decir, cansina. Que a ti no te importa.
—Okey —sonreí—, Alberto María. Manolete.
Él se cubrió la cara con un cojín mientras empezaba de nuevo el crujido del picaporte. Lo oí gruñir: «Y otra vez, otra vez…». Detrás de todo lo que hablábamos esos días estuvo siempre el ruido de la mujer en la puerta, girando el picaporte para conseguir matarnos.
—Te has hecho esa herida —masculló Rey observándome—, ¿cuándo? ¿Estás empezando a mutar en la ducha?
Yo seguí la dirección de su mirada hasta que entendí que hablaba de mi tobillo. Alcancé a ver una esquina de tinta y desvié la atención.
—Es un tatuaje —le expliqué—. No es una herida.
—¿Quién cojones se tatúa eso? ¿Qué se supone que es?, ¿un cacho de tumor?
La carretera que se veía desde la ventana llevaba al foso del Rectorado.
—Es la mancha de nacimiento de mi novia.
Salí al balcón esa semana, pegándome sin zapatos a las paredes de ladrillo.
Ni siquiera respiré para que no me oyesen cuando me agarré a la barandilla.
Abajo, la calle ancha estaba vacía y repleta.
Había bultos en el suelo que habían sido personas, pero que ya podían ser solo bultos.
El coche de la chica del BlaBlaCar seguía aplastado en un acordeón de metales.
Los naranjos florecían en la calzada, bajo un sol que quemaba Sevilla, y los semáforos cambiaban a rojo, encendidos para nadie.
A lo lejos se intuían las copas de los jardines de Murillo.
Conté los espacios en los que podía esconderme de camino al Rectorado.
Arranqué una hoja de un cuaderno de Julia Muñoz y dibujé un mapa para estudiarme las rutas.
Intuía que habría menos autómatas en el parque por la falta de voces, y que habría más autómatas al comienzo, entre los bloques de pisos.
Iba a avanzar de farola en farola, de bulto en bulto, para llegar hasta Diana.
—Cuanto antes lo entiendas, más te ahorras lo que te viene: tu novia está muerta —me dijo Rey, viéndome garabatear—. La mayoría de la gente está muerta y, si le ha pillado en la Conchinchina, está más que muerta seguro. Vas a acabar muerta tú, si no lo entiendes.
—Genial. Qué intriga.
—Si te vas a ir a esperar a nadie a un foso debajo de un puente, estás como un puto cencerro.
Lo único que tenía de Diana era un plan de reunión en el culo del mundo.
Nunca había sido un plan, siquiera: era el eco de una conversación en la que nos reíamos de que pasara esto.
Quizá Diana ni siquiera la recordaba ahora, pero era una posibilidad a la que agarrarme; Diana a lo mejor estaba ahí fuera, en algún lugar, viniendo a por mí, y el derrumbe de las ciudades me iba a encontrar a mí yendo a por ella.
El día que me subí a la barandilla para ver el final de la calle, de repente el cielo latió.
Un cuadrado de la cúpula se iluminó, demasiado cerca, en una luz roja cegadora.
Oí que los tejados se resquebrajaban. Abarcó los bloques de pisos tras el edificio de la Diputación.
Toda la vida humana que crecía debajo, un conjunto de polvo, papeles, cables y basura, flotaron buscando la luz en un efecto contrario al de un estallido: la cúpula los chupó hacia arriba.
Yo retrocedí al verla y me tropecé con una maceta. Caí al suelo. El campo magnético tiró de mi ropa como una mano invisible.
Desde allí, sentí un aire frío que se acabó en medio minuto, pero el silencio de después se hizo más grande que nunca.
Luego vi algo moviéndose por el rabillo del ojo y me giré alarmada: por la carretera caminaba, ajena a la nube de polvo, la silueta inconfundible de una vaca.
La observé sin parpadear, una vaca marchándose sola avenida arriba.
En el final del mundo, como había ocurrido desde el principio, los únicos encerrados seguíamos siendo nosotros.
—Ya está —sentenció Rey, poniendo en la mesa una bolsa de harina—. Esto es.
Yo la cogí. Le di vueltas entre mis manos.
—Tienen que estar faltando cosas. O en una balda de las últimas, o…
—Sí, medio paquete de picos. Investígalo si te cunde. Esto es lo que hay. Nos quedan tres días.
Después de la ducha caliente, puse a remojo la camiseta de la gamba y el peto.
Abrí el armario de la habitación de matrimonio y seleccioné lo que oliese menos a la ropa de otras personas.
Las camisetas de Gregorio Muñoz eran una sucesión de amarillos verdosos; su mujer, Lorena, guardaba ahí dentro un repertorio inimaginable de faldas.
Solo me di cuenta tres tardes después, cuando estaba devolviéndoles lo prestado, en el marco bajo la lámpara de la mesilla de noche: Gregorio y Lorena se casaban, sonrientes, en una iglesia en abril del 2008.
—¿Por qué no se pira? —decía Rey, mientras se reproducía de nuevo el comunicado en la tele—. Bebe y come y se vuelve, la tía. Qué mierda más grande, ¿por qué vuelve todo el rato aquí?
Yo la observaba por la mirilla, dos ojos vacíos estrábicos por la lente.
Lorena tenía una garra perenne en el picaporte y tiraba, como mi madre, con las heridas viejas y nuevas brillándole en la cara. Estaba empeñada en no morir todavía. No moría por seguir volviendo.
—Vuelve —le dije a Rey— porque esta es su casa.
Cinco días más tarde, apilamos lo que quedaba de comida sobre la mesa.
Eran seis latas y un brik de leche, lo que sobraba de unos Chocapic, tres zanahorias blandas, algo de harina y diez caramelos de cabalgata de Reyes. Fuimos encontrando en rincones algunas sobras que no se había llevado el moho, pero al final eso fue todo: estábamos a punto de quedarnos sin nada.
Yo empecé a vaciar la leche en el fregadero.
—¿¡Qué haces!? —me gritó Rey—. ¿¡Qué pelotas haces!?
—Tenemos que llenar botellas —le expliqué—, para cuando se vaya otra vez la luz. El agua no va a ser potable. Si nadie se está encargando en las depuradoras, en una semana el agua…
—¡No tenemos una semana! —dijo él—. ¡Espabila! ¡Tenemos puta…! —Agarró la harina—. ¡Putísimo de esto, para lo que sea, para esnifárnoslo si quieres! ¿Y vas a tirar la leche porque me vienes con el agua? ¡Espabila!
—¡Sin agua no hacemos nada! ¡El agua sirve hasta para hacer pan!
—Dios… ¡La leche estaba buena! ¡Y toda esta mierda de comida no…! ¿¡Qué soluciona el agua!?
—¿¡Y qué nos dura la leche!?
—¡Esto caducaba el veintiocho y estamos a dos de mayo!
Alcé las cejas. Los ojos se me abrieron, como estirada de las pestañas.
—¿Qué te pasa ahora? —dijo—. ¿Te ha dado el ictus ya?
Era el día de mi cumpleaños.
Esa tarde, me ajusté sobre el pecho los cordones del peto. Rey y yo nos reunimos en el sofá a jugar al UNO y dejamos las cartas a un lado a mitad de partida. Atendimos los dos, en silencio, al chirrido casi mudo del picaporte girando en la entrada.
—¿Cómo lo hacemos? —dijo.
Había que abrir la puerta y salir a la calle. Había que volver a golpear.
Yo tenía en un bolsillo el mapa que llevaba al foso del Rectorado.
«Pase lo que pase, será yendo —pensé—. Estoy yendo a por ti, Diana».