Capítulo 10
Esa madrugada, a las tres de la mañana, me desperté gritándole a nadie:
—¡Mamá!
Diana se despertó a mi lado.
Me latían las sienes y la habitación se me reconfiguró entre zumbidos de otro mundo, que era el nuestro y se acababa: mamá me quería matar.
Yo la llamaba y el cielo estaba hecho trozos.
Casi llegué a ver, como siempre había visto, todo lo demás que iba a venir y todo lo que había venido antes: treinta cabezas y un fuego y una silueta mirándome desde la chimenea.
Pero al despertar volvía y lo olvidaba otra vez.
—Laia —oí a Diana, y sentí su mano en la espalda—. Laia, ¿qué pasa? ¿Estás bien?
Jadeé y me giré para verla en la oscuridad.
—Sí… Perdón, es… Perdón.
—No pasa nada. ¿Estás bien?
—Sí, es que tengo… A veces tengo una pesadilla.