Aunque se acabe el mundo Capítulo 9. Laia #5
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Capítulo 9. Laia #5

—Oli, no vas a fumar. No te aporta nada y es carísimo. Da mucho asco, en serio, lo de fumar.

—Bueno. —Oli asintió—. Si te hace sufrir, lo dejo mañana.

Cuando se acabó la misa y salimos a la plaza, Diana estaba allí.

Había venido desde Sevilla en autobús y todos los detalles de ella entonces, supe al verla, los guardaría para siempre y para ahora: el pelo castaño rozándole los hombros, la marca de nacimiento con forma de mapa.

Me miró de vuelta con la sonrisa correcta para un momento como ese, que ni la había.

Olivia corrió hacia ella y se le colgó del cuello.

Yo esperé y la abracé después. Diana me envolvió los hombros entre sus brazos y yo hundí la nariz en el cuello de su camisa, y solo después, cuando se acabó, me di cuenta de que era la primera vez que nos abrazábamos.

—César está en la estación —le dijo a Oli—. He intentado que se acerque, pero está empeñado en que tu madre le va a pegar.

—Sí, es que mi madre seguro que le va a pegar.

César Parra volvió a besar a Olivia, por fin, al lado de los baños de la estación de autobuses, el día que se celebró el funeral del abuelo.

Alrededor, las cosas nacían y morían y volvían a nacer.

Mirándolos, Diana y yo compartimos una bolsa de Risketos, sentadas en un banco junto a los cristales arañados.

—Espero que esté haciendo lo de la lengua que me prometió.

—Yo espero que no —dijo ella—, por si se la muerde.

Luego Diana sacó de su mochila algo sólido envuelto en una bufanda. Me lo dejó sobre las manos y yo lo abrí: era la cámara vieja del abuelo.

—No le he encontrado la funda —me explicó—, porque no la venden ya en ningún lado. Pero se la puedes devolver así y ya cuando tú quieras…

—No, ¿qué dices? No. No vas a devolver nada. Es tuya. Toma.

—Laia, no es mía. Es un recuerdo bonito que es de tu abuela.

—Mi abuela está rodeada de recuerdos.

—Laia. —Diana me miró a los ojos con toda su sensatez, que parecía incluso antigua—. Por favor. No me la puedo quedar.

Yo tomé aire y me froté la cara. «Es más recta que un boli», pensé mordiendo la bola de mi piercing del labio.

—Vale —le dije—. Mira: te vas a llevar la cámara de vuelta.

O sea, te la voy a grapar si hace falta, no lleguemos ahí, pero…

Si sientes que te la tienes que ganar o algo, Diana, o lo que sea que sientas, pues graba con ella.

Tú le vas a dar el mejor uso. Eres… Tienes mucho talento con esto —decidí decirle, de repente—.

De verdad. En tu corto… Es alucinante lo que haces con esto, y deberías hacer más, y con cámaras mejores.

Esta cámara es una mierda, de hecho. Voy a robarle a mi abuela una cámara mejor.

—No le robes más —me pidió Diana—. Es suficiente.

—Te quedas esta mierda y grabas.

—Laia…

—No.

Los faros de un autobús nos recorrieron durante un momento. Sentadas allí, en el murmullo de la estación, Diana y yo nos miramos y de pronto comenzó a crecernos en la cara la misma sonrisa idiota. Ella acarició la cámara.

—Gracias —me dijo—. Por lo del talento. Puedo pedirles una cámara a mis padres. Tu familia no me tiene que becar.

—Genial —le dije—. Cuando me traigas la de tus padres, te la desgrapo.

—Te vas a salir con la tuya, ¿no?

—Me suelo salir con la mía, sí.

Con la cámara entre las manos luego, toqueteándola juntas, vimos los vídeos de hacía veinte años guardados en el carrete.

En los de hacía quince, yo aprendía a andar de la mano de mi abuelo.

En ellos me pareció ya viejo, una idea obtusa; una persona a la que había perdido no en el presente, sino desde el principio de las cosas.

La muerte era, en ese momento, una improbabilidad.

—No hablé con él —le dije a Diana, recostada en su hombro—. Cuando lo vimos. Ya ni siquiera se acordaba de mí, pero… Yo qué sé. Se fue sin acordarse.

—Cuando yo hablé con él —me dijo ella—, me llamó todo el rato por tu nombre.

Mi padre vino a recogernos más tarde para llevarnos a dormir al cortijo. Colamos a César por la puerta trasera para que no lo viera la tía Luisa.

Esa noche, hacía un frío de noviembre y nadie había sacado los edredones de la casa. Diana y yo nos metimos bajo las mismas sábanas que en agosto y dormimos de nuevo juntas.

Un rato antes, cuando aún estaban las luces encendidas, encontramos unos pijamas en el armario de la salita y nos cambiamos vueltas hacia el gotelé, con una vergüenza al fin sin huidas.

Yo miré su sombra curvilínea en la pared.

No había pasado nada, pero había pasado todo, y era el principio de todos los finales.

Sentadas sobre el colchón, mientras doblaba la sudadera, me tocó la rodilla con el índice.

—Todavía la tienes.

—¿Qué? —Me fijé en lo que quedaba de la herida—. Ah, esto. Sí.

—¿Te duele?

—No, si ya está seca. Es una mancha, solo.

De pronto, Diana agarró el asa de su mochila. Abrió su estuche y sacó un bolígrafo, y se pintó un círculo rojo en la misma rodilla. Luego levantó la cabeza y apretó los labios un poco, en algo indescriptible, nuestro, arrastrado detrás de los ojos desde hacía toda una vida.

—A lo mejor da muy buena suerte.