Aunque se acabe el mundo Capítulo 9. Laia #4
29%

Capítulo 9. Laia #4

—Es el electricista, Laia —me repetía—, que te dije que vendría, y es un amigo que me cae estupendo. Pero tampoco se sabe, cariño, ni te iba a decir sin seguridad… Porque que la gente se junte no significa que sea para siempre.

—Mamá —le dije, parándola—. Mamá. Créeme que te estoy entendiendo.

Volvimos a clase en septiembre.

El mundo, que había cambiado para siempre, seguía siendo exactamente el mismo: al final del pasillo, entre la muchedumbre, Diana Mena era de nuevo una idea impecable.

Yo volví a ojear a veces, en un impulso estúpido, por la ventana desde la que se veía la ventana de su cocina.

Le habían puesto cortinas opacas. Cuando iba a por tiza al B, me fijaba en su foto en la orla, que parecía más grande que la del resto.

Iba buscando sin querer todo el rato la manera de vernos otra vez, pero si Diana aparecía en la puerta del A y sus ojos coincidían con los míos, yo era capaz de empezar un proyecto de papiroflexia con tal de fingir que no la veía.

En la tercera semana de curso, el instituto organizó su festival anual de cortos. Consistía en un solapamiento de dos horas de transiciones del Windows Movie Maker, y la mayoría de las veces lo interrumpían porque Ruiz el de Tecnología, que era el que los proyectaba, se quedaba dormido.

Ocurrió tras el quinto vídeo, cuando estaba a punto de escaquearme. La pantalla se encendió en una luz inconfundible.

Yo giré sobre mis talones y de pronto la vi: la imagen saturada de la estructura vacía. Un panal crecía en un canalón seco y la fecha incorrecta de la cámara de mi abuelo decía que era 2 de mayo del 2006.

Diana Mena había presentado el corto de nuestro verano en Cazalla de la Sierra.

Nadie lo supo, porque usó un seudónimo, menos yo, porque lo había grabado conmigo.

Era un recorrido silencioso de cigarras y viento en el que una abeja abandonaba el panal y volaba sola hasta perderse en el bosque.

Un pájaro luego salía de los árboles y la cámara fingía seguirlo hasta el río.

Allí se enlazaban los peces con las ranas, y estas con las polillas en las luces del porche.

Aún ahora no puedo entender cómo consiguió Diana, sin parecer intentarlo siquiera, seguir las cosas con el cacharro más viejo del mundo hasta formar una metamorfosis, una sola criatura que iba transformándose en todas, y que al final acababa siendo la sombra en el gotelé de una mariposa hecha con mis manos.

El salón de actos se quedó a oscuras. Yo no pestañeé hasta que terminó.

Luego, alguien me tocó la espalda y me tragué el chicle del susto. Cuando me giré, era César.

—Oye…, ¿vas a sentarte? Es que llevas de pie como seis minutos.

Tendrían que pasar meses todavía para que yo entendiera que Diana, quien era elegida para todo por todo el mundo que compartíamos, seguía siendo al final del día un fantasma de cortina tras unos cristales.

Lo que era, o lo que había sido; lo que quería ser, a lo mejor, se hacía invisible bajo su atención al resto.

Yo pasé la siguiente semana entera queriendo decirle algo sobre el corto de Cazalla, pero nunca decidía el qué.

Organicé abordajes entusiastas y neutrales, detallados y vagamente específicos, como de haberlo visto a mitad de una aneurisma.

Ese viernes, al terminar las clases, la vi salir por la puerta del instituto. Me invadió un impulso de repente:

—¡Diana!

Ella se volvió. Yo giré tan rápido en la bici que me enredé en los pedales y caí al suelo. Cuando me puse en pie de nuevo, había hecho el ridículo y me sangraba la rodilla.

—Oye, pero que no es nada —le dije, mientras Diana me arrastraba al baño—. Gracias, pero que de verdad. Que las he tenido peores.

—Si no lo dudo.

Diana Mena me sentó en el váter de discapacitados del instituto y abrió la mochila. Sacó de una bolsa un paquete de algodón y Betadine y me vigiló mientras yo me limpiaba.

—Date bien.

—Que me estoy dando.

—Eso no es darse bien.

—Pero si está estupendo, ¿qué hago ya? ¿Me lo incrusto?

—Creo que tengo algo aquí para las quemaduras…

—¿Qué es esto, Diana? —Me reí—. ¿Que vas por ahí con un botiquín por si un día se te muere alguien?

Diana rompió el envoltorio de una tirita con los dientes. Me cubrió la herida con un cuidado irreproducible.

Nos hemos visto tantas veces en esas. La sangre ahora, sin Diana, parece un acto sin resolución.

Dónde debería estar poniendo toda esta sangre que al parecer tengo.

El contacto de sus dedos en ese momento se unió en mi interior con el contacto de sus dedos otros días; con un contacto que yo aún ni había tenido de sus dedos en el futuro.

—¿Qué me ibas a decir?

—¿Qué?

—Cuando me has llamado.

—Ah, sí. Nada que… Te podía llevar a casa, que es un paseo y tal, pero… como soy fantástica, pues ahora este es el plan.

Diana dijo, antes de subirnos juntas en mi bici:

—Te puedo llevar yo.

Dos semanas después, mi padre me dijo en una llamada de teléfono que había muerto el abuelo.

No llegó a especificar cómo. Su voz se entrecortaba por la mala cobertura y detrás se oían los engranajes de las puertas de la nave; yo, que no sabía tampoco mucho quién había sido el abuelo, sentí esta emoción extraña de cuando la pena tiene que ver más con la culpa por la falta de pena.

El sábado se organizó el funeral, que fue una misa en el pueblo de Cazalla. La abuela acudió como lo hizo el cura, a hacer su papel en un uniforme específico.

Junto al órgano, mi madre y mi padre intercambiaron, después de tantos años, su saludo cordial de conductores de autobús. Nuestro banco de la iglesia estaba en la esquina que más apestaba a incienso, y allí, tosiendo a ratos, Olivia me dio la mano y suspiró dramáticamente.

—En un momento como este —dijo— es cuando creo que empiezo a fumar.