Aunque se acabe el mundo Capítulo 9. Laia #3
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Capítulo 9. Laia #3

Yo supuse al rato que se había dormido por la respiración de su cuerpo pegado al mío.

Miré el gotelé toda la noche, sin poder parar de pensarlo, su cuerpo y su cuerpo y su cuerpo pegado al mío, hasta que la pared desarrolló luces propias.

«Siempre empiezo por tus ojos». «Siempre empiezo por tus ojos».

Su brazo sobre mi cintura era una ristra de hormigas y de repente sobre nosotras volvió no solo un techo de vergüenza, sino cinco, una vergüenza arrastrada, vergüenza a la vergüenza; la metavergüenza sin finales en la que decidí, como a los nueve años tras natación, que ya después de eso no podía hablarle en la vida.

Pero Diana y yo éramos, fuimos, ojalá todavía sigamos siendo, un mecanismo simple e inevitable de gente empeñada en acercarse.

Hui en bici a las cinco de la madrugada. Me colé en la nave de mi padre y me dormí sobre los restos de una puerta.

—Tenemos que hacer algo guarrísimo ahora, venga, porque no puede ser —dijo Cristo— que empecemos segundo bachillerato así de mancos.

Escúchame, César: yo el año pasado en La Toscana me lie por lo menos con tres distintas.

Y luego no veas la que se lio, porque coincidimos todos en la boda de mi primo.

Oli susurró:

—Eso es la trama de Mamma Mia!

—Pues, carajota, porque son cosas que pasan en Italia.

La madrugada que jugamos a la botella en Cazalla, en el sótano del cortijo de los vecinos, encontramos una bolsa de kikos milenaria bajo un sillón.

Luego repartimos entre todos un cartón de cerveza y usamos el peor móvil con la peor playlist de música.

En un reto, Diana empinó el botellín y empezó a bebérselo de un trago.

—Venga ya —reía yo—. Venga, ¿de qué vas? Tío, oye, así no vale. Quitad eso, que con el flamenco Diana se viene arriba.

Ella lo terminó y me golpeó la frente con el índice.

—Laia Bayón —dijo—, el chiclecito a la papelera y para la ducha.

Movimos los sofás y nos sentamos en círculo. Giramos el botellín vacío, que me señaló. Se formó una cháchara como de expectación idiota y Alma levantó los brazos para todos:

—¡Venga, a cerrar los ojos! ¡Venga, que ella elija!

Yo iba a besar a Diana Mena. Estaba tan segura.

Se había sentado al otro lado y creí verla mirarme de vuelta.

Lo supe entonces: todo lo que había sentido en el cuarto en Cazalla era un deseo irreprimible de besarla.

En esta revelación que se difuminaría cuando nos fuésemos y la vida se dividiese otra vez en dos, visualicé la cadena de acciones que, hasta ese momento, habían sido un instinto de huida vacío: iba a ir hasta Diana Mena.

La iba a besar, para que supiera que yo sabía que lo sabíamos.

Nadie lo vería y luego, en la cama, íbamos por fin a besarnos a solas, mejor, como se hacía en las esquinas del skatepark .

Le apoyaría el pulgar en la barbilla y le abriría la boca.

Podía hacer eso y todo lo demás, porque era Laia Bayón y tenía más de dieciséis años, y estaba a punto de saberlo todo de casi todas las cosas del mundo.

En el círculo en silencio, gateé hasta Diana. Recorrí de un vistazo su mancha, menos roja que los labios. Me humedecí mis labios secos.

Recorté el espacio: mano izquierda sobre el suelo frío. Mano derecha sobre el suelo frío. Mano izquierda sobre el suelo frío, junto a su mano. Mano derecha sobre… la pierna de Cristo.

Me volví. Cristóbal abrió los ojos, confundido. Me vio allí, a un impulso de besar a Diana, con la mano en su pierna y las cejas alzadas.

—¿Qué…? —empezó.

Retrocedí. Mis pies golpearon la botella.

Esta rodó hasta César en un estrépito, que se despertó de golpe. Todo lo que había tenido tan claro se volvió de pronto otra vez una duda: miré a Diana y a Cristo. Me lancé contra la cara que no era y lo besé a él, agarrándolo de la camisa desabrochada.

Fue, más bien, una colisión dolorosa de narices. Álvaro, que tenía que vivir muy aburrido en ese cortijo, nos silbó como si le importara. Oli parecía estar viviendo otra revelación fundamental de la materia.

—Coño, ¿cuánto ha bebido Laia Bayón? —dijo Alma—. ¿Qué es esto que está pasando?

Yo me limpié la boca con la mano y sonreí.

—Que no he bebido. Que ya he dicho que me da asco la cerveza.

Cuando volví a sentarme junto a Olivia, miré a Diana y la encontré sentada al lado de Cristo, con los ojos abiertos y sin expresión. Entonces ella vio que yo la estaba observando e hizo algo pequeño e impropio de Diana por primera vez desde que nos conocíamos: desvió la mirada.

En los cuatro días que nos quedaron en Cazalla de la Sierra, seguí besándome con Cristóbal Conde.

Tardaría un año aún en darme cuenta de que tenía esta tendencia ensayada a asentarme en cualquier situación, a entender que no había nadie en casa y dormiría en los arbustos.

Esa era la valla que me convertía en vaca: una necesidad incorregible por demostrar que podía sobrevivir en todos los lugares.

Cristo empezó a hacer lo de pasarme el brazo sobre los hombros en momentos terribles: lavándome los dientes, subiéndome de un salto en la bicicleta.

Nunca entendió lo que había visto la noche de la botella, porque Cristóbal Conde era ingenuo y casi tierno, e idiota para siempre jamás, y besaba metiendo la lengua hasta el fondo de la garganta como quien rebaña un yogur griego.

—¿Podemos hacer algo guarro? —me preguntó una tarde—. O no te parece.

—A ver —le dije, espantándole la mano—. Pues no sé. Pues dependerá.

—Algo sin rayarse ni nada, eh. En plan fácil. Tipo, no sé: un sexo oral.

—¿Cómo? Pero ¿a dónde vas? ¿Yo a ti , un sexo oral?

—¡No, no! Los dos a los dos, al mismo tiempo. Pero sin teléfono ni nada, ¿eh? Un sexo oral aquí mismamente: tú me dices una guarrería y yo te digo dos.

Diana y yo no volvimos a atravesar el río juntas.

No pasó nada, en realidad, y continuamos coincidiendo todo el rato, pero ahora por alguna razón siempre estaban los demás también.

Fue impresionante comprobar que en la habitación sí que cabían dos hemisferios entre las camas, y Diana siguió siendo Diana, y yo seguí siendo yo, y nada siguió, no sé puntualizar ni cómo, siendo igual que antes.

Después de la noche de la botella, Olivia fue incapaz de hablar de nada que no fuera que la había besado César Parra.

En el momento de los hechos le dio tal chute que tuvimos que salir un rato ella y yo a correr juntas alrededor de la propiedad.

Subimos la cuesta al campo y la bajamos tres veces.

Se levantó con un herpes de estrés al día siguiente que crecía conforme pasaban las horas.

—Porque lo de la lengua ni lo hice —nos dijo, cuando nos reunió en su cuarto a las tres—. Y a lo mejor él lo estaba esperando, ¿sabes? Que yo hiciera eso, más rollo enrollarse, porque quiere que vayamos más rápido.

—Oli, César no sabe lo que es ir rápido —le dije yo—, en general. Mentalmente.

—Pero entonces ¿por qué no me ha besado otra vez? ¿No? ¡Es que han pasado mil días, como tres días!

—Pues a lo mejor porque tienes un herpes en la cara del tamaño de un higo.

—César es nuevo —explicó Diana—, en todo esto también. Lo mejor es que vayáis a hablarlo.

—No, pero vamos a ver —bufó Alma—. Pero que tampoco se puede estar aquí masticando todo, todo el tiempo. Las cosas habrá que saberlas ya, o ¿somos Barrio Sésamo ?

César llamó otra vez a la puerta con los nudillos.

—¿Puedo entrar ya?

—¡No, César! —contestamos todas.

—Vale, vale…

—Yo creo, Oli —siguió Alma—, que lo que tienes que hacer es no hablarle durante años y que así te venga detrás. Yo te digo que es lo que les funciona. Aunque en el camino a lo mejor lo acabas odiando de cojones, y la otra opción es que le pegues…

—No —dijo Diana.

De pronto, la puerta del cuarto de Oli se abrió de par en par. Nos volvimos las cuatro sobre la cama.

Al otro lado, en el pasillo, la tía Luisa estaba agarrando a César de la camiseta, que era mucho más alto que ella, y en la frente se le había hinchado la vena de cuando nos gritaba que no saltásemos a la piscina.

—¡Olivia Bayón! ¿¡Tú te crees que yo soy tonta!? —Le apretujó la cara a César y todas vimos el herpes que estaba naciéndole en el labio—. ¡Este niño no es un cura!

Se fueron corriendo de Cazalla de la Sierra.

Yo me quedé allí los cuatro días de quincena que sobraban, con mi padre pululando por la casa recolocando cuadros que no miraba nunca.

Antes de que hicieran un tetris de maletas en el coche, y de que Cristo tuviera que encajarse de nuevo en el maletero, nos sentamos juntos a mirar la nada, en la cuesta incómoda de tierra y bichos.

Esperamos en silencio a tener algo en común de lo que hablar.

—Oye, que te iba a decir —le comenté— que yo no voy a ser tu novia ahora o algo. Que si lo habías entendido… Pues perdona. Ha estado bien el petting , pero yo esto como que nada.

—Anda —dijo él—. No, no, fenomenal. Es que pienso lo mismo.

—¿En serio?

—Pero yo entendía que las chavalas… Si se hacen unas cosas, hay que ser novios por decencia.

Entonces no sabía cómo decírtelo, que no estoy disponible.

—Se pasó una mano por el flequillo rubio de lametón de vaca—.

Ay, Layita, es que yo, internamente, es que he descubierto este verano que soy un toro bravo. Y, lo siento, pero no me puedo atar.

—Bueno, a ver, que te lo he dicho yo. Que tampoco me estás rechazando tú a mí. Esto no ha pasado y quedamos como siempre.

—Claro. Lo que te haga falta.

El último día en Cazalla, al terminar de doblar la ropa, limpié la bici a manguerazos y le pregunté a mi padre a qué hora íbamos a salir.

Él me dijo que a dónde íbamos a salir, porque todo ese tiempo en realidad había sido el tío Ángel, y mi mitad de padre se acordó luego, por la noche, de recogerme y llevarme a Sevilla cuando yo ya me fosilizaba de frío en la verja.

Mamá no se acordó tampoco de que yo volvería algún día, así que al llegar a casa había un señor bajando las escaleras en pelotas. Nunca en la vida había recibido más explicaciones familiares de las que recibí entonces.