Aunque se acabe el mundo Capítulo 9. Laia #2
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Capítulo 9. Laia #2

—Hombre, es cultural. La primera te la sabrás.

—Pero que no voy ahora a sevillanas. ¿Por qué dices…?

—Es que te vi ayer —le expliqué, sacando el pan de la nevera—, por la noche, pero no tipo espionaje; es que me desperté a las mil y estabas bailando sevillanas. Y me acordé de que la madre de Lucía Regalito da clases en el patio cobrando en negro. Tú eso lo sabes, ¿no?

—Laia. —Diana se cubrió la cara y se la frotó muy lento. Era en ese momento, ya, un gesto de bochorno tan suyo—. No estaba… Estaba echando a los mosquitos.

Me dio tal ataque de risa que del ruido despertamos a mi padre.

Ese día, mientras aún el sol estaba calentándose y Cristo refunfuñaba sobre su tostada, yo descubrí, como si no fuera evidente, que Diana Mena y yo compartíamos un mundo nunca hablado, de cajas de escarabajos y redes de piscina. Se tomó el café con leche de avena conmigo.

—Ya va a ponerse a hacer un calor —dije— que lo vamos a ver en un rato. Lo de este verano está siendo… Y un día me tengo que ir al pueblo en la bici. ¿Tú te vienes o qué?

Diana alzó las cejas.

—¿Hoy?

—No, un día de estos. Ya te iré diciendo. Pero ¿te vendrías, si tal?

—Ya te iré diciendo.

Me apreté la sonrisa en los labios.

—Estás ocupadísima negociando con los mosquitos.

—Alguien tiene que proteger esta casa.

—¿Para qué te vas a ir hasta el pueblo? —preguntó Cristo, que asombrosamente seguía ahí—.

Lo mejor que se puede hacer, Layita, y te lo digo porque lo he sabido, es desconectar aquí en el campo.

Porque luego la vida, por ejemplo, mi vida, no para y son muchas responsabilidades.

Uno tiene que ver las oportunidades que afectan a la salud mental.

Yo lo miré a los ojos con un hartazgo inabarcable.

—Es que le debo una Penitencia a Olivia.

—¿Eso qué es? ¿Sale Oli en Cazalla de nazareno?

—Pues prácticamente.

—¡Qué bonito!

La Penitencia era, en realidad, una costumbre que Olivia y yo habíamos establecido a los diez años, en el tiempo que siguió a los insectos en bote y al trágico funeral de Curro Charmander.

La amenaza de los dientes robados por los escarabajos fue perdiendo su valor.

El mundo se quedó sin leyes grandes, y ya no hubo motivos para terminarse el ColaCao.

Fue el verano siguiente, mientras desordenábamos el armario de la casa del pueblo, cuando encontramos la reliquia incalculable de La Penitencia: la rebeca prehistórica que había llevado la abuela el día de su comunión.

La tía Luisa decía que era «un trapito asqueroso», pero nunca llegó a entender la magia que contenía.

Ninguna reunión de hilos, jamás, había conseguido el nivel de tortura que alcanzaba esa rebeca.

Se te agarraba a la piel como una pegatina y picaba antes de ponértela, picaba solo de sostenerla, incluso.

Debía de ser algo calculado, la invocación de una fuerza esotérica.

La Penitencia consistía, dijo la nueva ley, en que Olivia y yo nos enfundaríamos en la rebeca para subsanar los daños y perjuicios ocasionados por grandes injusticias, como apagar la luz mientras la otra se duchaba o traer a Cristóbal a Cazalla a explicarme los beneficios del campo.

Después del día en la nave de las puertas, Diana se subió detrás de mí en la bicicleta.

Bajamos a recoger la rebeca al pueblo por el camino que bordeaba la autopista.

Era todo igual allí, siempre: las calles blancas y viejas y mal empedradas.

El bar y la frutería de enfrente, que ojalá ahora no esté llena de muertos.

—Qué maravilla esto, pues me la hizo la tía Angustias —me contó la abuela otra vez—.

Eso fue un día que yo me sentí como la reina de las Españas, y me guardé también el cirio de la cuaresma.

¿Tú ves las puntadas aquí, qué detalle? Laia, a ver si te me empeñas tú en alguna cosa maravillosa. ¿Qué andas tramando?

Yo miraba a Diana al fondo del pasillo, hablando en el despacho con mi abuelo.

—Estoy a punto de curar la diabetes.

—Déjame de tontadas…

—Abuela —le dije—, tu amor por la rebeca esta tiene que ver con un amor tuyo más profundo al sufrimiento. ¿Hay torrijas?

—¿En agosto, Laia Cecilia? —Pero no me paró cuando empecé a rebuscar en la nevera—. Un día te tuviste que dar un golpe en la crisma, porque si no, no me lo explico.

Diana llegó a la cocina entonces sosteniendo una cámara de vídeo entre las manos.

—Me la ha dado tu abuelo. Estábamos hablando de fotos y se ha empeñado, pero no sé dónde dejarla…

—¡Ah, no! Estupendamente —la interrumpió la abuela. Sacó una bolsa de plástico de supermercado de un cajón—. Niña, esa te la llevas, anda. Porque es otro cachivache, que ya no le cabe nada ahí dentro metío. Estamos criando polvo.

—Pero no me la puedo llevar. Esto es… —intentó Diana—. Debe tener veinte años. Es un recuerdo. No hace falta, muchas gracias, pero no…

La abuela le metió la cámara en la bolsa y le hizo el mismo nudo que le hacía a los pescados. Diana me miró como a medio camino entre disculpándose y pidiéndome ayuda, y yo solo le sonreí, apoyada en el horno.

—Un souvenir .

—Ahí vas —dijo la abuela.

—La puedo vender —sugirió Diana— y mandarles el dinero, si quiere eso mejor.

Una cabeza más abajo, la abuela de repente se frenó para contemplar bien a Diana, con sus ojos de cloro todavía, mitad cataratas, mitad azul.

—¿Y tú quién eres, chiquilla?

—Diana Mena.

—Pues muy bien —asintió, convencida—. Déjame de tontadas y llévate el cacharrito. Laia, mira qué niñas me traes, guapas y educadísimas, y tú por qué te tienes que poner el pelo de los colorines esos.

—Para darte qué pensar.

—Diana, ¿te gustan las fotos? —Se volvió hacia ella otra vez, mientras removía su puchero de verano—. Mi abuelo era trabajador en la mina del Cerro, y como allí había ingleses a cascoporro, tenían cámaras mucho antes. Pues por aquí todavía me queda la foto lindísima de Laia en la comunión…

Me erguí.

—Se acabó. Adiós, abuela. Buenas tardes.

—¿Ya te fugas?

—Me llevo la rebeca.

—¡Encantada! —alcanzó a decirle Diana, siendo arrastrada hacia la salida—. ¡Un placer!

Preparando la bicicleta unos minutos más tarde, mientras yo me ataba la camiseta a la cintura, la miré inspeccionar en silencio la cámara de vídeo.

Ese momento, que se ramificaría en otros idénticos en tiendas y bajo la luz de su cuarto, en pasillos de universidad y calles oscuras, fue de los primeros en los que pude ver a Diana absorta en algo más grande que su atención al resto.

—Perdón, porque te he dejado con el abuelo sola —le dije—, que fuma como un carretero y a saber qué te ha dicho. Ni se entera de dónde está desde hace años.

—No, pero se entera. —Diana me sonrió—. De verdad. Ha estado chulo.

—Te ha tocado la bonoloto.

—Es una joya —me explicó—. Es una Handycam de las antiguas. No me la voy a quedar, pero no te cachondees.

—Es un cacharrazo a punto de nieve.

—Te ríes, vale. Pues vale más que yo.

Diana y yo cargamos la cámara, que era casi un fósil con botones, hasta el terreno de la nave.

Luego me acerqué a los panales que colgaban de los canalones como estalactitas; los toqué un poco, para que despertaran, y Diana grabó a las abejas desapareciendo bajo un rayo de luz.

Nos sentamos a comer mandarinas al atardecer y me vi a mí misma encontrando excusas para poder rozarle las manos.

—Tengo esta idea —le dije, mirando las vacas en la valla—, y la pienso mucho, de que están encerradas aquí y ni se dan cuenta. Nadie podría pararlas de irse, si se dieran cuenta. ¿Lo has llegado a pensar?

—Pero eso —dijo Diana— nos pasa a todos, todo el rato.

En un juego de descubrimiento, yo movía las zarzas y hacía sombras con los dedos en la pared.

Diana apuntaba las formas con el objetivo de la cámara.

Al día siguiente, volvía a levantarme a las siete de la mañana para esquivarla por algo que era nuevo e innombrable y me reptaba como vivo entre los riñones.

La llevé a lo bajo del río, al fango derretido donde se encontraban los escarabajos negros, y grabamos a los peces pequeños y transparentes perdidos en el fondo del agua.

Cuando fuimos a escalar las rocas, Diana se agachó de pronto y me ató con cuidado los cordones de los zapatos.

No pude ni mirarla después durante el rato de la comida.

—Esto sí es más un secreto: tardé casi todo primero —me dijo, la noche en la que cayeron las perseidas— en saber que eras prima de Olivia Bayón.

—¿Qué? Pero ¿cómo? ¡Tú estás de coña! ¡Si además Oli y yo somos casi iguales!

—No tenéis nada que ver Oli y tú.

—A ver, en un plano espiritual, luego está el resto. Hay muchas cosas físicas… Los bebés en las rodillas. Si tú estiras las rodillas, o sea, todas las sombras de las rodillas parecen la cara de un bebé, ¿no? Es en serio. Pues Olivia y yo tenemos el mismo bebé en las rodillas.

Diana sonreía, con las cejas alzadas.

—No sé ni qué responderte a esa bomba de información.

—¡El González nos confunde!

—El González confundió a Alma con una papelera.

—Olivia y yo, vale, ella es más rubia, ¿no? Y yo ahora tengo… Estoy distinta, con las pintas, vale. Pero al final lo único en lo que no nos parecemos de verdad sería en los ojos. Que Olivia tiene los ojos marrones.

Diana me miró entonces unos segundos más de la cuenta, como si aún me quedara algo por decir.

—Es que creo —dijo— que eso es no pareceros en nada para mí. Porque en mi cabeza… Cuando yo te imagino a ti, me parece que siempre empiezo por tus ojos.

La lluvia cayó sin avisar, de repente.

Diana y yo estábamos hablando de los alienígenas, que llegarían ocho años después, y empezó a chispear.

Al volver a la habitación, el colchón bajo la ventana estaba empapado.

«Dormimos en la mía», propuse, porque me daba un miedo horrible estar cerca de Diana Mena, y a la vez me devanaba los sesos por estar más cerca, imposiblemente cerca de Diana Mena.

Su pijama olía a suavizante de sábanas blancas. Nos encajamos como un puzle en la cama minúscula.