Aunque se acabe el mundo Capítulo 9. Laia
26%

Capítulo 9. Laia

Vamos a aclarar algo: Cristóbal Conde era un cazurro monumental, un precuñado en ciernes, y yo no quería besarlo en absoluto la noche de la botella en Cazalla.

Pero me explico.

El año que todos acabamos los dieciséis, a mí me estaba ocurriendo esta cosa inevitable de que estaba a punto de ser la persona que más sabía de todo del mundo.

Me había teñido el pelo de rosa con lagunas.

Había firmado con un grafiti en el skatepark de Plaza de Armas.

Podía hacer el caballito invertido en la bicicleta, dependiendo un poco del día y del terreno.

También entendía todo esto del sexo, y en adición la tolerancia por las entrañas sangrientas, porque ya había visto las películas de terror de verdad.

Era libre y tan mayor, que decía que mis padres me dejaban volver a casa a las tres de la madrugada, como si mis padres alguna vez hubiesen notado que yo me iba y que, en consecuencia, lo ideal hubiese sido que volviera.

—Este verano —me contó Olivia por teléfono— va a venir toda la gente al cortijo, o sea, César Parra. Porque están pasando cosas, pero nada de lo que me dijiste de la lengua. Y también Alma Hassan y Diana Mena. Que te suenan, ¿no? ¿Sabes quiénes? Del B.

—Pues claro —le dije, mientras improvisaba un decolorante en el baño—. Si Diana Mena vive en mi casa.

—¿Qué? ¿En tu casa dónde?

—En mi urbanización, Olivia. En la casa de enfrente.

—¿Qué dices? ¿Diana Mena?

—Tráete a quien tú quieras, pero como me metas en Cazalla al Cristóbal Conde, te juro por Dios que te cae La Penitencia.

—Pero es imposible… ¿Cómo que vive enfrente? ¿Cómo va a ser eso?

—Oli —le expliqué—, que de pequeña has visto aquí mil veces a Diana. Si tú esto lo sabes. Que hablamos de la niña del tatuaje de la mancha.

—¿¡Diana era la niña del tatuaje de la mancha!? —dijo Olivia en otra de sus múltiples revelaciones—. Dios mío. Pues le he estado jurando tres años que conozco a una niña con la misma mancha.

Diana, ya terminada la ESO , seguía siendo esta idea lejana e impecable al otro lado de la piscina, en el aula contraria, al final del pasillo volviendo de Educación Física.

Yo algunos días me sorprendía mirándola sin saber por qué, o sabiendo por qué en el fondo: siempre hubo algo indescifrable para mí en Diana que tenía que ver con su sensatez de nacimiento.

Su letra en el mural del Día de la Constitución era tan limpia que parecía escrita a máquina.

Sabía cómo arreglar la lente del proyector medieval que colgaba del salón de actos.

En tercero de la ESO , cuando decidió no presentarse a delegada, Oli me contó que todo el B la votó igualmente, y que por presión popular acabó siendo delegada y subdelegada.

Cuando tocaba leer un discurso en un evento del instituto, los profesores siempre elegían que leyera Diana, porque tenía una voz tranquila, grave, que no se equivocaba nunca, y corría la leyenda de que Paco el Notas, que daba música, había llorado oyéndola tocar Titanic en la flauta.

Así que Diana y yo no teníamos nada que ver, como había ocurrido desde natación, porque a los dieciséis ella era la persona correcta para todo y yo estaba a punto de saberlo todo de todas las cosas incorrectas del mundo.

Bajo el sol insoportable del skatepark , ese julio que precedió al delirio de la Selectividad, probé mi primer botellín de cerveza y fue como beberme una muestra de orina.

Luego se lo di a Carly, que era amiga mía, a lo mejor, y ella fingió que le gustaba tan bien como fingía que no se llamaba María del Carmen.

Señaló con la cabeza al chico al que yo le había dejado la bici.

—Te está roneando —me dijo—. Se va a descoyuntar para ver si lo miras. Qué pesadilla, el Mario Volkswagen… Llévatelo ya.

—Paso de él.

—¿Qué dices tú? Si me lo restriegas.

—Venga ya. En serio. Me están dando una pereza estos, a ver quién es el más chulo y yo qué sé… ¿Sabes lo que estoy pensando que quiero? —Le sonreí, mascando un chicle—. Alguien que no haya roto un plato.

—Bueno, te me vas a calmar. Qué personaje.

—¿Te has puesto nerviosa?

—A ver cómo acaba al final el verano. Si lo supiera el Mario, acabarías…

—Mario Volkswagen, tía —le dije—, no sabría ni qué hacer conmigo.

Dos semanas más tarde, Diana Mena estaba durmiendo detrás de mí en la cama del cortijo y yo no podía ni pestañear.

En el estómago me daba vueltas la misma vergüenza indignada que a los diez años, el día de la cucaracha en el sótano del cumpleaños de Lucía Regalito.

Sentía cada trozo de ella que tocaba cada trozo de mí: el brazo sobre mi cintura, las rodillas en el hueco de mis rodillas y su respiración al principio de mi espalda como un insecto intermitente.

La secuencia de hechos que me llevaron a besar a Cristóbal Conde fue la siguiente: el día que los amigos de mi prima llegaron al cortijo, yo subía por la cuesta que llevaba al monte.

Había ido a saludar a las vacas, pero mentalmente, para que el dueño no me juzgase mucho, y oí de pronto bajar desde la casa el ruido de un discurso inaguantable sobre pádel.

Era la voz de Cristo. Yo estaba ya tan entrenada en reconocerla, de haber pasado cuatro cursos teniéndolo detrás, que agarré el móvil directamente.

Olivia Bayón 13:18

Te va a caer una penitencia 13:18

Que no te la vas ni a ver venir 13:18

—¡Lilia! ¡Cariño! —me gritó la tía Luisa, cuando llegué arriba—. ¡Que al final somos más y no hay cuartos!

—¡Hola! —los saludé—. ¿Qué pasa?

—¿Se pueden quedar los niños con vosotros?

«Me estás vacilando», pensé, mientras ella me soltaba una retahíla que se perdió detrás de la cancela cerrándose, y luego entendí al final del todo algo que creí que lo haría mejor.

—¿Los niños y Diana?

Dos noches después, escabulléndome de madrugada al campo, yo estaba dispuesta a medidas como dormir con Cristóbal con tal de no compartir cuarto con Diana.

No era por nada que Diana hiciera. Si acaso, durante los primeros días que pasamos allí, Diana no emitió un ruido fuera de lugar y no colocó una sola pertenencia fuera de su sitio.

Hacía la cama siempre como si fuesen a enmarcarla.

Preparaba tostadas para el resto. Su rutina era una prolongación de la niña que había sabido tirarse de cabeza en las clases de Inés Aplauso.

De repente, sin un pasillo entre las dos, yo me descubrí no sabiendo ni dónde colocarme frente a esta idea, en una cercanía importantísima de dos camas.

—¿La ropa la puedo poner aquí? ¿En este cajón?

—Sí, o hay una balda en el armario, o… Vamos, donde tú veas.

Hasta ese momento, por ejemplo, ni siquiera me había dado cuenta de que Diana ya era casi una cabeza más alta.

Esto me impactó muy personalmente: había dado un estirón por dentro y por fuera, antes que todos los demás, y nadie me había avisado.

Sus ojos, que creía marrones, o verdes, o no los había visto nunca, en la habitación se me revelaron grises. ¿Quién va por ahí con un ojo gris?

La mañana que me vio tratando de encajar el cierre de mi bikini, me dijo:

—¿Quieres que te lo ate?

Yo abrí y cerré la boca medio minuto, sopesando si necesitaba o me ofendía que me tocara.

—Es magnético.

—¿Seguro?

—Seguramente. Ahora son magnéticos todos.

Lo que pasaba era que Diana Mena, por encima de todo lo demás, tenía esta forma de mirar a los ojos que consistía en una atención limpia e intimidante, y aún por encima de eso, ni se enteraba.

Había crecido con ella desde niña, la seguridad sin timidez y a la escucha, que le hacía leer mejor que el resto. No desviaba nunca la mirada.

Aún recuerdo que casi escupí el corazón la tarde en la que entré en el cuarto y la encontré en sujetador junto a la cómoda.

—¡Dios!

Intenté cerrar tan rápido que me estrellé la puerta en la cara.

—¡Coño!

—¿Laia? —Diana vino hasta mí—. ¿Estás bien? ¿Qué ha…?

—No, no, perdón, perdona, es que… En mi mente estabas… —Me tapé los ojos—. Perdón. Te dejo cambiarte. Me voy al baño y tú ya ahora…

—Laia. Me has visto en bikini. —Sonrió sin entender—. ¿Te has hecho daño?

—No, no. Si es un chichón. Para mí es más natural tenerlo que no tener ninguno.

—¿Me dejas verlo?

—No.

Al segundo día, empecé a levantarme a las siete y a huir al campo por evitar algo que estaba despertando en mi interior y no entendía, pero que solo seguía siendo una relación de piscina muy mal llevada.

—¿Diana no es guapísima? —le pregunté a César un desayuno—. O guapa nada más, no sé, o sea… Lo digo porque parece que no se habla. Y es una cosa como que… A lo mejor es nuevo o algo, pero llama la atención. ¿No te lo parece?

César dejó de intentar rescatar en su ColaCao una galleta ya disuelta en micropartículas.

—¿Diana…? —murmuró—. Bueno… Sí, ¿no…? Pero bueno… Habría que verlo… Ya… También es que es Diana.

Fue una idea terrible compartir mi crisis existencial con César Parra. Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, estuvo concentrado en nada, haciendo casi cálculos mentales, y luego, en el desayuno del tercer día, me soltó:

—Diana es quizá muy guapa. Por encima de la media, pero… No llama la atención mucho, pero, en proporciones… Como en redondo… Pues es guapa.

Diana, que estaba sentada entre los dos mientras yo miraba a César con los ojos como platos, pestañeó un segundo.

—Bueno —dijo—. Gracias.

Fue esa noche, si lo pienso ahora, cuando se rompió de golpe el techo de vergüenza. Me despertó el ruido de un cajón de la cómoda a las cuatro de la madrugada. Abrí los ojos.

En la oscuridad, como una especie de sombra de parálisis del sueño, Diana Mena daba vueltas y giraba sobre sus talones pegando manotazos al aire.

Yo no supe qué decir entonces por no despertarla, o peor, por si todavía ni se había dormido; pero viéndola allí, haciendo un lo que sea humanamente ridículo, me invadió una tranquilidad enorme y a la mañana siguiente, por fin, tuve algo de lo que hablar con ella.

—Oye, ¿y tú desde cuándo vas a sevillanas?

Diana me miró, con la cafetera en la mano.

—¿Qué? —dijo. Tartamudeó—: No… Nunca voy a sevillanas.

—¿Nunca has ido a sevillanas?

—Bueno, a los siete años, a lo mejor.