Capítulo 8. Diana #3
—En esta revista he encontrado… —Pasé las hojas hasta llegar a la página—.
Un artículo que habla de las caídas de electricidad.
Dice que hubo muchas sin razón durante las últimas semanas y que habían interceptado algo de una capa magnética que estaba obstruyendo la conexión con los satélites.
Como cuando se nos cortó la videollamada y de pronto no había datos.
Y está toda la teoría aquí de la cúpula, porque hubo gente que vio una línea recta que partía la luna.
Y las migrañas. Hay cosas que no entiendo muy bien, porque no las encuentro en el diccionario de alemán…
Pero mira. —Le enseñé a la cámara la portada de la revista, que tardó en enfocarse—.
«Der fünfte Sinn». El Quinto Sentido. —Me reí un poco, quizá volviéndome loca ya—.
Es una revista de conspiranoias. Es una…
En la tercera página hablan de que las palomas son drones.
Lo acertó todo la revista de las conspiranoias.
Guardé la última moneda de la caja.
Quería utilizarla después de dormir para no desaprovecharla, pero tras el paso del hombre por la autopista estaba agotada y había perdido el sueño.
Me dediqué, en un ímpetu de actividades útiles, a llamar al número de la policía por el teléfono de cable.
Marqué el 110 una veintena de veces y nadie descolgó nunca.
Con las manos envueltas en tiritas de niño, ojeé los mapas de nuevo y seguía sin entenderlos. En una guía de supervivencia, antes de encontrar la revista de las palomas drones, me topé con una sección en la que enseñaban mensajes simples en código morse.
Agarré la linterna que había cargado con pilas una semana atrás y me subí al tejado de la gasolinera usando la escalera de mano en la pared.
Ahí arriba, envuelta en parasoles para protegerme del frío, encendí y apagué la luz durante dos horas en un continuo de tres destellos cortos, tres largos, tres cortos: S.O.S.
Las estrellas eran más y menos brillantes que nunca.
Se intuían luces, al fondo, que podrían haber sido humanas también, y a esas fue a las que les pedí un deseo.
Entonces ocurrió.
Lo primero fue el ruido: un susurro detrás. Algo removió las hojas, como si un animal grande cruzara el bosque. Yo lo oí y me giré, y apunté con la linterna a las copas de los árboles, pero no vi nada. Un pájaro que parecía más una sombra echó a volar espantado.
Luego, tras el silencio, el cuadrado de la cúpula sobre la gasolinera se encendió.
Ninguno de ellos lo hizo nunca dos veces. Lo que sé ahora es que cada cuadrado cuenta con su propia llave.
La luz estalló y fue un foco azul gigante que abarcó el edificio entero y más allá, un pacto de límites que respondía a unas medidas calculadas. Yo me tapé los ojos y trastabillé. Perdí el equilibrio y me deslicé sobre el techo.
El faro azul del cielo, que se encendió dos minutos exactos de reloj y ya nunca más, emitía una música que era como un aleteo de mariposas al fondo del cráneo.
Tiñó las hojas, las antenas y mi ropa, y todo lo que tocaba y quería tocar; y yo miré arriba y vi la luz, Laia, y no venía de ningún lugar, sino que todos estábamos yendo hacia ella.
Mi pelo flotó como prediciendo un rayo. Sentí mis pies, de pronto, separarse del techo.
Su imán gigantesco tiró de mí y los parasoles flotaron a mi alrededor, conmigo, y más abajo flotaban también el cadáver de Bartek y la linterna rota.
Las mangueras de los surtidores lo buscaron.
Las ramas y el agua reconcentrada en los charcos de gasolina.
En ese evento ingrávido, imposible y azul, en el que la cúpula me habló en su propio idioma, mi herida en la frente ardió y pensé, por un segundo, que estábamos en medio de algo mucho más grande que nosotros.
Pero el cuadrado de luz se apagó.
Con una sacudida, todo en la gasolinera volvió al suelo.
Yo caí sobre el techo y me clavé una tubería en el estómago. El mundo alrededor recuperó sus colores pálidos, tras la mancha azul que me embarraba las retinas.
Cuando bajé por las escaleras y entré de nuevo a la tienda, la comida estaba desperdigada por el suelo.
Algunas estanterías se habían estrellado contra las neveras y las habían roto.
La mayoría de las bombillas del techo reventaron y el teléfono no volvió a funcionar.
Yo puse en pie como pude la máquina del gancho y metí la moneda que me había guardado en la ranura.
Esta se la tragó sin ruido: la luz del cielo había averiado casi todo lo conectado a la electricidad.
Pegué entonces las manos a los cristales y miré la cámara de vídeo, para siempre atrapada. Ya nunca saldría de ahí y quizá tampoco yo.
Agotada y llena de adrenalina; de una frustración primitiva, aplazada, que me salió de repente de dentro; una rabia impropia se apoderó de mí y, ya sin ser Diana, le di una patada con todas mis fuerzas a la máquina de gancho.
La caja de la cámara brincó. Se tambaleó. Entró en el agujero. Hizo un ruido como de lata plegándose. Luego la máquina la escupió a mis pies sobre las baldosas de la gasolinera.
—Cuando te vi soñarlo por primera vez, a los diecisiete años —te conté al día siguiente, con la cámara sobre el expositor—, lo oí también entonces, Laia. El zumbido de la luz del cielo.