Aunque se acabe el mundo Capítulo 8. Diana #2
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Capítulo 8. Diana #2

Fue entonces cuando cayó de un bolsillo interno un trozo de cartón plegado mil veces y me agaché para desdoblarlo: era una foto.

Sobre las caras había pegado un sobre transparente con pastillas de estrógenos en el que había escrito « NINA ».

En la foto, Bartek sonreía sin brecha recién cosida, junto a su hija que lo abrazaba en la calle, una reproducción angulosa e igual de alta que él.

Había transicionado ya y tenía el pelo cortado a la altura del mío.

Detrás, leí la dirección de Marsella a la que Bartek nunca conseguiría llegar, donde alguien aún esperaba el calor de la chaqueta del yin yang de su padre.

—No dejo de pensar en cuántos de nosotros —le susurré a la cámara— ya no somos nosotros, o no…

O puede que ya no estén siquiera. Olivia, o César, o, incluso…

, Cristo. Alma estaba ese día en Berlín.

Me mandó un audio antes de que tenía el turno largo.

Pero Alma estará… Está bien —me autoconvencí, encuadrada en mi luz de reportaje—. Alma tiene que estar bien.

Dos días más tarde, volví a oír un coche acercarse por la autopista.

Me espabilé de pronto en la silla tras el mostrador y casi tiré el expositor de chicles. Al fondo, detrás del viento, estaba viniendo: un murmullo de motor haciéndose grande.

Sin pensarlo, corrí chocándome con las estanterías. Me corté con los restos de cristal de la puerta y atravesé el patio de surtidores hasta la carretera.

—¡Eh! Stop! Help, please! Help!

El coche cruzó tan rápido delante de mis ojos que aún ahora dudo de que no fuese otro sueño. Tuvo que verme, pero no frenó, ni aceleró siquiera cuando eché a correr detrás de él. Su desinterés, como si yo ya hubiese desaparecido, lo hizo todo más patético.

El corazón me latía como dos tras las costillas y continué, no sé por cuánto, gastando las suelas contra el asfalto tras el coche en una quemazón.

Era entrenamiento de baloncesto y Alma y yo le dábamos tres vueltas a la cancha.

Eran mis padres mirándome con culpa a través del retrovisor.

Si se iba y no paraba para salvarme, y ninguno paraba ya, porque nos habíamos abandonado a la suerte, ¿qué iba a ser de mí, Laia?

¿Qué estaba haciendo allí, aparte de dejar pasar tiempo y más tiempo hasta que no quedasen más barras de cereales, hasta que se acabase el mundo de verdad?

Pero los mundos hacen esta cosa cuando se acaban, y es que continúan y se transforman en otra cosa distinta e idéntica, y nunca terminan, en realidad, de acabarse del todo.

—Te prometí que si pasaba te iba a ir a buscar al Rectorado.

Y a lo mejor ni te acuerdas y yo… No sé si puedo salir de aquí.

No hay señales y no sé dónde estoy, y si me alejo y no sé volver, porque he pensado que me puedo morir de frío…

Si me pierdo. Se me gasta la comida. Y si llego a una ciudad y está infectada, si esto se ha extendido y…

Joder… —Murmuré, frotándome los ojos—: ¿Qué estás haciendo, Diana? Hablas sola. ¿Qué estás haciendo?

La cámara de vídeo era una baratija de hacía diez años que encontré en la máquina de gancho. Iba a pilas y yo la había estado mirando durante toda la semana, enterrada bajo el montón de peluches. Se parecía a la Handycam vieja de tu abuelo.

Cuando volvió la electricidad el viernes por la noche, los fluorescentes se encendieron y me despertaron del susto.

Las neveras empezaron a producir un frío que salvó los yogures.

Tardé más de doce horas en recordar el teléfono que acumulaba polvo en un estante.

Me lancé, primero, sobre la caja registradora y guardé todas las monedas que me cabían en los bolsillos.

Corrí a la máquina del gancho y metí la primera.

El resultado de toda esa noche intentando conseguir la cámara de la máquina fue: tres MP 3, un Satisfyer y un oso que al apretarlo reproducía el Cumpleaños feliz en alemán.

Podría haber roto la máquina a base de golpes con un recambio de parabrisas, si no hubiese sido Diana.

Por ser Diana, quería la cámara de vídeo, que era algo inútil, por supuesto, en un plano general de estar sobreviviendo al fin del mundo en una gasolinera.

El gancho subía y bajaba y volvía a subir y a bajar, y yo calculaba su trayectoria con la palanca. Apretaba el botón y fallaba de nuevo. Acercaba la caja más y más a la salida, pero siempre caía sobre los peluches.

Fue con la penúltima moneda, mientras el gancho retrocedía y volvía a su sitio, cuando vi un borrón moverse con él tras los cristales: la silueta de una persona que pasaba andando junto a la carretera.

Me erguí.

Era uno de Ellos.

Son todos iguales a nosotros, pero distinguibles enseguida.

Este caminaba recto, constante, cojeando sin quejarse de su pierna rota.

Tendría setenta años y el traje sucio aún planchado.

Su cara deshabitada daba la misma sensación que encontrar dos ojos y una boca en la forma de la radio del coche.

Daba mucha más pena que miedo y estaba perdido, yendo por inercia de ningún sitio a ningún lugar.

Retrocedí al verlo, asustada.

Mis botas pisaron el oso en el suelo, que empezó a chillar su canción.

Él, de repente, frenó en seco y se giró, y yo me quede quieta ahí, ambos mirándonos.

Entre nosotros, Bartek seguía tumbado y perdiendo ahora el pelo y la piel bajo dos parasoles.

La música duró mucho más de lo que parecía haber durado nunca, mientras yo aguantaba la respiración y el hombre la oía como procesándola y decidiendo si debía matar.

Luego todo quedó en silencio. Él se volvió y continuó yéndose a ninguna parte.

Ese momento, hace ya casi dos meses, fue en el que entendí que Ellos solo se mueven bajo señales de humanidad, nuestra voz y nuestra forma concreta en movimiento; y menos mal que es así, Laia, porque, de haber venido entonces, yo nunca habría tenido el estómago necesario para matarlo.