Capítulo 8. Diana
Coloqué la cámara de vídeo sobre la balda del expositor de chicles. Giré la pantalla extraíble y me vi bajo los pocos fluorescentes del techo.
—Hola, Laia —dije. Luego dudé de lo que estaba haciendo—.
Lo más seguro es que esto no te llegue nunca, porque…
Bueno. Estoy en Alemania ahora, en algún punto de alguna autopista.
He intentado averiguar dónde, pero no hay carteles cerca, están…
Tendría que alejarme mucho. No sé qué va a pasar cuando me vaya de aquí y dónde acabará esto por el camino.
Pero he encontrado esta cámara. Y he pensado que documentarlo era más que nada, creo, porque…
Hay muchas cosas que quiero decir. Y a lo mejor esta ya es la única manera.
—Tomé aire—: Esto es para mi novia, Laia Bayón, que vive en la calle San José, en la ciudad de Sevilla, España.
Si no eres Laia y tienes esta cámara… Por favor, házsela llegar.
El trabajo que iba a presentar en el congreso de documentales era un reportaje sobre la vida de los camioneros.
No lo tenía montado aún, pero la mitad de los clips estaban pasados al portátil.
La otra mitad se quedó en la cámara que se me rompió en el autobús a Berlín, en mi habitación para siempre cerrada de la residencia de Wurzburgo.
Fue Alma, en realidad, la que me dio la idea y me puso en contacto con un amigo transportista, porque Alma conoce a una cantidad incalculable de gente y no sabe ni de qué.
Era un belga sonriente y corpulento con el que pasamos dos días en un camión.
Lo que me gustaba del reportaje era el silencio, el motor y el chasquido de seguro de puertas, de todos estos lugares de paso, el universo fugaz e invisible que existe en la carretera.
En el viaje de vuelta, antes de que se rompiera el objetivo, se me vino esta idea que apunté en una libreta para añadirla sobre el plano de los árboles tras la ventanilla. Pero la habría escrito, de haber hecho ese reportaje, porque yo nunca he sabido hablarle a una cámara.
Tankstellen sind auf der ganzen Welt gleich [5]
El sábado después de que Bartek fuese atropellado, me colé en la tienda por la cristalera rota.
Era una de las pequeñas, un muestrario de Coca-Cola y barritas de cereales plastificadas.
Las luces blancas estaban encendidas todavía.
Busqué en las paredes y tras el mostrador una radio o algo con lo que contactar con alguien que pudiera rescatarnos de allí.
En la balda polvorienta bajo la caja registradora encontré un teléfono de cable.
Cuando descolgué, aún daba tono. Mi móvil, casi sin batería y con la pantalla destrozada del golpe, no tenía señal, pero las líneas por cable seguían vivas.
Yo estaba tan ahogada en prisa que no fui capaz recordar el número de la policía alemana, así que corrí hasta donde las revistas para encontrarlo.
Al agarrar la primera, las luces se apagaron.
El tono se perdió.
La gasolinera quedó entera a oscuras, con el sol poniéndose poco a poco al otro lado de las ventanas.
Esa noche la pasé sentada junto a los yogures, más quieta que ellos en sus neveras sin electricidad. Hacía un frío que cabía y crecía debajo de la chaqueta del yin yang, y la luz de emergencia parpadeaba en el techo como un faro extraño.
Si me ponía en pie, podía ver el cadáver de Bartek tirado en la carretera. No me moví en toda la noche con tal de esquivarlo. Dentro, más adentro de mí, la voz de mi padre me decía: «Tú eres la encargada de los yogures, y si no me ves por ningún lado te estoy esperando allí».
—No sé por qué estoy convencida de que estás viva —le dije a la cámara, una semana después—.
Creo que te he visto sobrevivir a todo, lo sabes, todas las…
Me acuerdo de ti cuando eras una niña y yo pensaba que dormías en el patio.
Y luego cuando nos salvaste del río en Cazalla y estabas…
Incluso con el miedo, ¿no? Siempre ha sido así.
Me dirías… Me dirás, si me oyes, que deje de hablar de eso como si hubiésemos estado a punto de morirnos.
Así que no puedes… Porque el viernes fuiste a casa y estarás con tu madre ahora, en un espacio cerrado.
Y el BlaBlaCar te tuvo que dejar a las… Dios…
Vale. No vale hablar de esto. Vale. —Cerré los ojos y me aparté el pelo de la cara—.
Me he alimentado esta semana de… paquetes de galletas y hay hasta latas de sardinas aquí.
Hay como cincuenta botellas de todo. Para uno solo podría durar meses, pero…
Bueno. Tú lo sabes, Laia. Ojalá fuese una cosa de comida.
Ojalá… Es mucho más complicado… Para mí, es mucho más complicado si lo único que hay para cuidar soy yo.
Aguanté tres días sin salir de la tienda para ir a los baños. Eso conllevó una serie de decisiones ilógicas y poco mías, pero que tuvieron sentido entonces, cuando aún estaba esperando a que eso no fuese todo.
En mis cabezadas de dos horas, el coche de mis padres pasaba por la autopista justo cuando yo estaba durmiendo y me despertaba poniéndome en pie ya, tropezándome con las bolsas vacías de patatas.
Lo que aprendí de sobrevivir y del hambre es que esta se convierte, en realidad, en un espacio bajo las costillas que se pelea a golpes con el apetito.
En la gasolinera vendían conservas y chucherías y una cantidad ingente de chicles y sándwiches, y también bidones de gasolina y repuestos de parabrisas y champús con olor a coco y pH neutro.
Lo más sorprendente que encontré allí fue la caja de un Satisfyer.
Al comienzo, cuando quería moverme entre los pasillos de estanterías, lo hacía agachada, gateando.
Luego empezaron a dolerme las piernas y tuve que cambiar a caminar dándole siempre la espalda a los cristales.
Esos primeros tres días no salí a los baños porque estaba huyendo de él.
Sentía un horror que me avergonzaba de encontrarme a Bartek de pronto cubierto de moscas, y también toda esta culpa enorme por a saber qué.
La cámara de vídeo estaba dentro de una máquina de gancho, junto con una docena de peluches, tres MP 3 y el Satisfyer. No vendían mantas en la gasolinera, así que dormí todos esos días en una montaña de parasoles de coche.
—Estuve a punto de llamarte —te dije—. Estaba…
Tendría que haberte llamado. Habría cogido un vuelo desde el congreso, lo que sea; si es el uno y yo llego por la noche, si me…
Da igual. Da igual ya. Pero ojalá… No hay nada en el mundo más importante.
Sé que lo sabes, porque somos nosotras, porque hemos estado…
Nunca he estado sin ti. Habría ido como fuera a tu cumpleaños.
A la tercera mañana, me despertó una punzada entre los riñones. Aún me escocía la quemadura en la frente y tenía el labio hinchado, pero el dolor era el vínculo más real y fácil de entender con el mundo.
Entreabrí los ojos. Rodé sobre mi espalda.
Me palpé el abdomen, y luego, al minuto, me espabiló de repente una claridad imposible, y corrí a comprobar mis vaqueros en el espejo de la columna.
—No… —jadeé atónita.
Me había bajado la regla. Así que al final tuve que ir a los baños.
La ropa que arrastraba desde la residencia era la única que tenía allí, sin contar con los guantes brillantes y empaquetados que daban de regalo en una revista para adolescentes.
Había un tiempo límite que mi cuerpo podía soportar de sudor y suciedad y sangre de Jesús seca en la camiseta.
Me mentalicé, aún sentada en el suelo, mirando la puerta rota junto a la máquina de gancho.
Los cuadrados de la cúpula seguían brillando a veces, por encima o por debajo de las nubes.
Agarré las compresas y el champú y una esponja grande para coches.
Junto a los surtidores, en la misma posición en la que lo había dejado tres días atrás, Bartek seguía siendo solo carne y ropa.
Se descomponía bajo el sol frío, con la piel violeta y las manos ahora hinchadas.
El olor de la putrefacción era indescriptible y el aire lo arrastró hasta mí; se me contrajo el estómago dentro y me tapé la nariz con la manga de su chaqueta.
Durante un instante absurdo, me pareció verlo respirar aún, porque su cuerpo se movía en una inercia lenta y constante, que era en realidad el ajetreo de los insectos.
Viéndolo ese martes, convertido en menos que nada, en una incomodidad vacía, pensé que era inhumano que Bartek Nowicki se descompusiese allí, sobre el asfalto de la gasolinera de algún sitio de Alemania. Pero la única persona que podía enterrarlo entonces era yo.
—Siento que —le dije a la cámara, días más tarde— tendría que estar haciendo algo.
Pero no hay nada útil que hacer ya, no sé.
Es algo que no me quito de encima. Porque estamos aquí los dos ahora, o así lo siento; no puedo dejar de verlo como que está conmigo.
Lo he cubierto con algunos de los parasoles.
He querido… llevarlo hasta el bosque o traerlo dentro.
Pero no sé qué es lo que significaría, si es algo peligroso traerlo.
Si me acerco… No me atrevo; lo intento, pero el cuerpo se me…
—Me humedecí los labios—. No soy capaz de devolverle nada.
Era… No lo conocí en absoluto, claro, pero…
En lo poco que nos conocimos, Bartek intentó salvarme la vida.
Entré en los baños oscuros y comprobé que aún tenían agua.
Luego me quité la ropa y me lavé al fin, congelada sobre el suelo sucio.
Salí de allí apestando a champú de coco con pH neutro.
Mientras esperaba que mi ropa se secase bajo el sol, me cubrí, como una costumbre ridícula, con un enorme chaleco reflectante.
El sol se puso antes de que la chaqueta gruesa de Bartek se secara. La colgué sobre la máquina del gancho, junto a la cristalera rota.