Aunque se acabe el mundo Capítulo 7. Laia #3
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Capítulo 7. Laia #3

—¿Cómo? —susurré, primero—. Pero ¿¡quién coño es Paloma!?

—¡Yo qué sé! ¡Yo qué sé quién eres, tía, pues me lo invento!

—¡Me llamo Laia, imbécil! ¿¡Quién coño eres tú!?

—¡Rey!

—¡Rey de una mierda!

—¡Rey yo, gilipollas! ¡Ese es mi nombre, que estás zumbada de la cabeza! ¡Me apellido Rey de la Torre, a ver si te callas!

Un crujido a lo lejos.

Rey y yo nos volvimos.

Se hizo un silencio imposible en el que no respiramos siquiera y oímos el edificio entero latir desde sus pilares: un murmullo de metal y mecanismo subía por la entrada hasta la cocina. Era el giro lento y meticuloso de un pomo.

Intercambiamos una mirada.

(Todos ellos son receptores de ruido y movimiento).

Había algo moviéndose en la casa.

Las reglas de supervivencia murieron en ese segundo, cuando llegó el momento de sobrevivir a algo. Yo apreté más fuerte mi cuchillo inútil. Rey agarró una sartén de la encimera.

Ambos avanzamos juntos hasta alcanzar el límite en el que empezaba el pasillo. Al asomarnos, no había nadie en el salón bajo la luz de las lámparas y la televisión encendida farfullaba estática. Parecía la peor imagen de un catálogo de muebles.

Miré la puerta de la entrada, quieta. El hueco del telefonillo arrancado era, a su lado, una araña de cables.

Fui de puntillas hasta ella y apoyé las manos en la madera fría: al otro lado de la mirilla, como si fuera el mundo ya se hubiese desvanecido, todo lo que se podía ver era un negro de ojos cerrados y nada más.

Analicé esa oscuridad un minuto, con la respiración acelerada escociéndome en el piercing.

Eso fue todo el viernes en el que volvió la electricidad en un chispazo.

Luego se me cayó el cuchillo y tintineó contra el suelo. Algo se movió al otro lado. El rellano se encendió.

La vi.

A la mujer que estaba pegada a la puerta del piso, de pie, inmóvil, con sus ojos atravesando la mirilla.

—¡Dios!

Retrocedí del susto. Trastabillé y me caí al suelo, y Rey detrás levantó la sartén.

—¿¡Qué pasa!?

El pomo empezó a girar otra vez en sacudidas nerviosas.

Lo haría durante los siguientes días, cada vez que nos notase vivir al otro lado; era un instinto de matar atascado e imposible de aplazarse.

Todavía recuerdo su cara concreta y genérica, deformada por la mirilla: una cabeza ensangrentada mirándome, mirándome y mirándome sin mirarme siquiera.

—Está… —jadeé—. Es otra. Está pegada a la puerta.

Pasamos el resto de la noche sentados en el pasillo.

Dormimos sin querer en cabezadas incómodas y nadie se duchó ni nos tapamos la boca. No hablamos sobre cuánto duraría la luz. Sin intercambiar palabra, ambos decidimos que había que vigilar la puerta de la entrada que aquella mujer nunca podría abrir.

Un pitido nos despertó de golpe a las seis.

Rey abrió los ojos, alarmado, y le lanzó un cojín al vacío. La estática gris del televisor parpadeó y de repente la pantalla se puso en negro. Tras un silencio infinito, empezamos a oír el murmullo inaudible de una voz.

—¡El mando! —gritó él—. ¡El mando!

Nos pusimos en pie tropezándonos y corrimos al salón. Yo metí las manos entre los huecos del sofá, sacudí las mantas y el sillón. Rey tiró los libros de las estanterías.

Encontramos el mando debajo de la mesa del café y subimos, sin aire, el volumen del televisor:

—… ruido y el movimiento. Este es un mensaje del Gobierno de España.

Mantengan la calma y busquen lugares seguros en los que refugiarse.

Los organismos de Seguridad y Defensa están trabajando para la protección de los supervivientes.

Este mensaje será repetido de forma indefinida: estamos trabajando para la protección de los supervivientes.

Por favor, no abandonen ni ataquen a los heridos.

La Organización Mundial de la Salud ha declarado que no es una enfermedad y no es transmisible por ninguna vía.

Estamos tratando de restaurar la electricidad y las conexiones con los satélites afectadas por las ondas electromagnéticas.

Repetimos: no estamos en guerra. No abandonen ni ataquen a los heridos.

Los organismos de Seguridad y Defensa están colaborando con los Gobiernos internacionales para proteger a los supervivientes de estas amenazas externas.

Por su seguridad, no se acerquen a los afectados ni toquen la luz magnética del cielo.

Reduzcan el ruido y el movimiento. Este es un mensaje del Gobierno de España.

Mantengan la calma y busquen lugares seguros en los que refugiarse.

Los organismos de Seguridad y Defensa están…

La transmisión continuó repitiéndose ocho días completos, que fue lo que duró la electricidad esa vez.

De rodillas en el salón, después de una semana encerrada en un cuarto, contemplé a través de los cristales el sol y el cielo de abril seccionado en cuadrados limpios y regulares.

A lo lejos, uno de ellos se encendió como siempre había ocurrido en mis sueños.

Rey dijo:

—¿Acaban de decir que esto son los aliens?

Yo dije sin pestañear:

—Acaban de decir que son los aliens.