Capítulo 7. Laia #2
¿Me había dicho Diana algo de migraña? Diana soporta siempre los dolores en silencio, como los gatos.
La calle estaba en silencio.
No recuerdo el número de Diana.
—¿Has tenido dolor de cabeza? —le pregunté al chico, la tarde en la que lo vi volver al salón.
Apenas coincidía con él y si lo hacía era en una mirada a distancia desde cada punta del pasillo en la que comprobábamos que seguíamos vivos, y lejos, y sin mordernos la cara.
—¿Qué? ¿Y qué te importa?
—Respóndeme.
—No he tenido dolor de cabeza. Que te he dicho que estoy sano, joder. Mejor mírate tú, anda, que pareces un payaso. Pareces el cadáver de una de las Tres Mellizas.
Me pasé la semana evitando encontrar mi cara en los espejos.
Luego ocurrió que la infección del piercing empezó a quemar y no me quedó más opción que verme: pálida, con el baño de fondo, y el pelo sucio, el peto roto y manchado de sangre, lo mejor a lo que podía aspirar a ser entonces era una reinterpretación terrorífica de un espantapájaros.
Los labios se me cortaban alrededor de la argolla y el rastro de las uñas de mi madre se había convertido ahora en seis líneas de costra sobre las mejillas.
Agarré el Betadine del estante y me curé al fin la nariz y las manos. Respiré muy hondo y me limpié los dientes con el cepillo de otra persona.
En la ducha pequeña, el agua salía tan helada de las cañerías que era un desafío utilizarla. Sin electricidad, la caldera era un adorno menos útil que la nevera apagada en la cocina. Yo me enjuagaba con jabón lo necesario y soportaba el frío en salpicones del grifo.
Fue el jueves por la noche, mientras tanteaba en la oscuridad el cajón de los cubiertos, cuando encontré entre los tenedores una caja de cerillas.
Llené rápido una olla de agua y la llevé a la habitación.
Allí, apartando todo con prisa, sobre el suelo, hice una pila de papeles y la encendí.
Ni siquiera había un espacio en la casa sobre el que pudiera volcarme encima una olla de agua caliente.
Esta es la verdad de lo que ocurrió: llevaba siete días sin conciliar el sueño y estaba cultivando rituales, poniéndole parches al frío, al hambre y la sed, y a algo sin nombre tan adentro que escocía como un trozo de cristal inextirpable.
La hoguera se descontroló mientras sostenía la olla.
—No…
De repente, ardió el libro de Naturales con la cara de Olivia, y después lo hizo el archivador, y el crisma premiado de Julia.
—¡No, no, no, no…! ¡Joder!
Para cuando se me ocurrió echarle el agua encima, el fuego ya se había comido mi hoja de teléfonos hipotéticos de Diana. Rescaté desesperada lo que quedaba de ella, mojado y marrón y bolígrafo. Intenté memorizarlas como si no fuesen tan solo combinaciones inservibles.
—No… Diana…
Una válvula se abrió entonces: Diana no puede sobrevivir a esto. Me nació de dentro un llanto que era casi hipo, que daba vergüenza.
—No, no, no, no…
Diana iba a llamarme esa noche. Yo le había colgado enfadada y quizá eso ahora iba a ser lo último, lo último para siempre, de una historia inmensa entre Diana y yo.
De pronto entendí, llorando sobre el charco, que había estado esperando toda la semana a que apareciera.
Diana guardaba tiritas en el bolso por si me caía de la bici.
Metía el champú en botecitos para que pasase el control de equipajes.
Me calentaba las manos frías y pelaba las castañas ardiendo.
Yo tenía todo este miedo guardado para volcarle y que solo sabía entender con ella, pero era abril y la había perdido.
Se sentía como cargar de pronto con un miembro fantasma que dolía y tenía el tamaño de otra persona, y una voz específica que, a lo mejor, si me descuidaba, ya estaba olvidando.
Mientras marcaba números en el móvil de Julia y me respondía el silencio de la línea, no dejaba de pensar que Diana no podía sobrevivir a esta violencia, imitarla o devolverla; que, de estar viva, si ojalá está viva aún, mi Diana es demasiado tierna.
—No…
Me hundí en mis rodillas mojadas.
Pegué la frente al suelo y sollocé. Luego tiré la olla y rompí de nuevo los papeles quemados. Tumbada en la cama, más tarde, me fui calmando en un jadeo humillante de recién nacido.
—Diana… —decía—, perdón… Mamá, perdón…
Esa noche dormí ocho horas seguidas por primera vez en una semana.
Cuando me desperté a la mañana siguiente, tenía la cara rígida del rastro de las lágrimas y el suelo junto al escritorio seguía cubierto por un charco.
Solo entonces decidí abrir la ventana de la habitación y me asomé para ver el patio de vecinos: era un túnel vacío y blanco de luz filtrada y sábanas tendidas, suspendido en el tiempo.
Abajo del todo, entre las macetas y un cubo de basura caído, me pareció ver algo que reconocí y era la pareja del zapato abandonado sobre la alfombra de mi cuarto.
Una sonrisa incrédula me creció en la boca.
Julia Muñoz había huido.
La electricidad volvió en un chispazo ese viernes, mientras cenaba pan de molde. Eran las diez de la noche y la luz de la cocina me cegó de pronto. Detrás de mí, la nevera hizo un ruido de volver a la vida.
El chico llegó corriendo a la puerta. Ninguno tenía protección sobre la boca.
—¿Qué haces? —le grité, alarmada—. ¡La zona!
—¡Vete fuera! ¡Venga, que se va a ir otra vez, cojones!
—¡Esta es mi hora!
—¡Tu hora es como a las doce!
—¿¡Qué coño me cuentas!? ¡Esta es mi puta hora!
—¡Que me la suda! —gritó él—. ¡La luz no es para ti, yo estaba aquí de antes y esto es mío! Me la pelan tus horas y su puta madre. Me voy a calentar el agua…
Dio un paso dentro y yo agarré un cuchillo de untar mantequilla.
—Ten huevos.
—¡Coño! Quilla, pero ¿tú estás loca? —bramó retrocediendo—. ¿Qué mierdas te pasa a ti? ¿Qué te pasa?
—¡Esta es mi hora! ¡Vete de aquí, y no estás llevando nada! ¡Se dijo que en la cocina se llevaba la mascarilla!
—¡Tú tampoco llevas nada! ¿¡De qué va a servir que me enfunde el morro en un cuello vuelto!? ¡Sé realista, hazme el favor! —El chico dio otro paso y yo le lancé el salero, que le rebotó en un hombro—. ¡Cojones de mono!
—¡Vete!
—¡Que no te voy a tocar!
—¡Tu aire me toca! ¡Tu puta saliva, todo me toca! ¿¡Qué no entiendes!? ¿¡No te cabe en qué situación estamos!? ¡Que la gente está muerta en la calle, que a lo mejor no queda nadie y no va a venir nadie a por nosotros! ¡Que tenemos que sobrevivir no siendo…!
—¡¡¡Que te calles de una vez, Paloma!!!
Yo me quedé tiesa.