Aunque se acabe el mundo Capítulo 7. Laia
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Capítulo 7. Laia

Al tercer día encerrada en la habitación, tuve que hacer un trato con el chico.

—La mitad del piso para ti, de la cocina para atrás, el salón y la entrada. Yo me quedo con esta zona y con el baño.

—Por los cojones, el baño. ¿Tú qué te crees que es esto? Ya para como estamos no me la voy a jugar a que salgas y me contagies.

—De eso va lo de las mitades.

—Que te has colado en mi refugio. Tú estás flipando, quilla… Y ahora no te viene bien el asunto, ¿y me dices que te voy a dar el baño por la puta cara? ¿Y qué más?

—La cocina también. Pero por horas.

—Escúchame —lo oí decir al otro lado de la puerta—: quita el pestillo y sal de ese cuarto, chalada. Te juro que te agarro del peto y te tiro a la calle. Atrévete a salir.

Tomé aire.

—Vale, bueno… A ver. Vale. No nos estamos entendiendo.

Te lo voy a decir así: yo voy a salir de aquí —le expliqué— y si me intentas agarrar, te voy a arañar la cara.

Si quieres que te muerda la cara, me vas a echar a la calle, pero te quedas contagiado y sin ninguna cara, y la otra opción es que me des la mitad del piso y colabores.

—¿¡Por qué no te vale el puto cuarto!?

—¡Porque me voy a morir aquí, gilipollas! ¿Quieres limpiar tú un cadáver descomponiéndose en el puto cuarto?

La puerta era un rectángulo sin gravedades que perdía la forma bajo mis ojos. El dióxido reconcentrado tenía sabor en mi garganta.

La niña que había vivido en ese cuarto, antes de que yo fuese a morir en su alfombra, se llamaba Julia Muñoz.

Había encontrado su nombre escrito en sus antiguos exámenes de Lengua, dentro de un archivador decorado con una preocupante cantidad de típex.

Julia había ganado un premio al mejor crisma de Navidad en segundo de primaria.

A partir de entonces, había entrado en un triste receso creativo.

En el archivador también guardaba una colección secreta de dibujos de abdominales, pero no se le daban especialmente bien.

Según las notitas a Paula plegadas en el estuche, estaba en una guerra de intereses con sus padres, que no le dejaban hacerse el eyeliner todavía.

Iba a cumplir trece y los sujetadores de su armario aún llevaban puesta la etiqueta.

Toda esta intimidad tenía yo con Julia Muñoz, que posiblemente había muerto ya en algún otro sitio, y gracias a eso ahora podía morir yo en la alfombra de su cuarto.

El primer día allí, después de vomitar bilis sobre el suelo, me arranqué de las manos los trozos clavados de cristal.

Las manchas de sangre se quedaron para siempre en el parqué y en el zapato sin pareja junto al armario.

En medio de mi ataque de pánico, obsesionada con no contener cristales, busqué unas tijeras en el escritorio y bajo los papeles encontré un móvil sin contraseña.

Marqué diez veces el único número que me sabía, que era el de mi madre.

El cuerpo se me rindió sobre el colchón un rato más tarde, cuando me di cuenta de pronto de que estaba llorando.

Esa noche dormí cuatro horas y me desperté a la quinta para envolverme las heridas de las manos en sujetadores.

La sed volvió al segundo día.

El hambre tardó más.

Desde la ventana de esa habitación no podía verse el cielo siquiera, solo una bóveda sucia de patio de vecinos. A veces oía tras la puerta los pasos del chico, si es que era un chico aún. Revisé las regletas y los enchufes, pero la electricidad se había ido y no volvería hasta el viernes siguiente.

Sola y sin luz en la habitación de alguien, intenté durante treinta horas apuntar el número de teléfono de Diana.

Me rendía y andaba hasta el escritorio y me abrazaba la cabeza sobre mis restos de cristales.

Sé que el número de Diana tiene tres cincos.

Empieza por seis cinco tres, pero no me lo he aprendido nunca entero.

Limpié el vómito del suelo con un jersey.

Nunca abrí la ventana por si sabían trepar.

Diana podía ser ya un cadáver bloqueando el ascensor de la residencia o un cadáver a un lado de la carretera; un cadáver esperando, de alguna forma, a que la llamara.

Llevamos juntas desde los diecinueve años, seis años, siempre.

No recuerdo ningún espacio de mi vida que no incluya a Diana.

Cuando se fue el shock del miedo, me empezó a perseguir otro distinto, que era culpa y era pena y una prisa enorme que no me servía de nada.

Luego llegó la sed y lo barrió todo.

—A ver —le dije al chico entonces—, esto es lo que vamos a hacer.

Si se acaba lo poco que sabemos y la gente es un charco de gente en la acera; y no hay ningún sitio donde ir y tampoco un sitio donde quedarse; el cuerpo te regala a los dos días esta revelación anticlimática de que nada de eso pausa los procesos del cuerpo.

Es entonces cuando te grita que te vas a morir sobre la alfombra.

—El baño con la bañera es para mí, el de la habitación —cedió al fin—. Yo me quedo con la habitación grande y tú esta o nada de nada.

—Vale.

—Si quieres el despacho, me la suda. No hay un carajo… Y la cocina es mía todo el día —añadió—. Nada de turnos ni horas ni mijita de tonterías. Si hay sol, es mi cocina. Y no toques la leche. Ni la Cruzcampo.

—Vale. ¿Ya está?

—Ni la pata de jamón.

Julia Muñoz había tenido el detalle de nunca terminarse su bocadillo de fuet.

Lo encontré en el bolsillo pequeño de su mochila, aún envuelto en papel albal.

Al abrirlo me olió a recreo de la ESO y a César Parra, y me ardieron los ojos con un terror que no sé nombrar.

La chica de la portada del libro de Naturales era idéntica a Olivia.

Dentro de la basura, bajo el escritorio, había una botella de agua caliente y pensé que eso me daría un día más, pero al día estaba deshidratada en el suelo y la voz del chico parecía un delirio.

—Estas son las reglas —repetí, con la lengua pastosa—: yo salgo y no te acercas. Voy al baño. Nadie ataca. Dos: cuando vayas a la cocina, te tapas con lo que encuentres, una manta o lo que encuentres, y te cubres hasta la nariz.

—¿Qué? ¿Y cómo coño como?

—Comes fuera. Esto puede ser un virus.

—¿Y ahora vas a saber tú de virus?

—Soy veterinaria. —O nunca llegaré a serlo—. Si esto es por contacto, ya nos han atacado a los dos, así que vamos a morir. Pero si es por aire, aún dependerá de que no seas tonto de los cojones. ¿Eres tonto de los cojones?

—Te voy a matar si me muerdes la cara. Te lo juro.

—Esas son las reglas. ¿Trato?

Antes de saber que el chico seguía vivo e imbécil y no se había convertido en ninguna otra cosa, yo gasté mis últimas fuerzas en prepararme para hacer ruido: me subí a la cama de Julia.

Desarmé la barra de las cortinas. Le arranqué el tacón a un zapato con lunares y estuve horas afilándolo con lo que encontré, que fueron tres limas de uñas y unas tijeras de colegio.

Luego agarré el dispensador de celo y lo gasté entero en unir las dos cosas.

Cuando abrí la puerta esa tarde, con la barra por delante y una bufanda cubriéndome hasta las mejillas, el chico estaba allí.

Era una silueta escuálida a contraluz al final del pasillo y se había envuelto la cabeza entera en un delantal verde.

Su pelo rizado y sucio asomaba por debajo.

Él, alto y quieto, llevaba un cuchillo de cocina en cada mano, y yo llevaba una lanza que había construido con unos tacones para la feria de abril.

La casa bailaba alrededor y perdía sus contornos como hecha de humo, pero conseguí, no sé ni cómo, no desmayarme.

El chico y yo nos vigilamos.

Avancé a pasos lentos, sin darle la espalda. No me atacó. Mirándolo, tanteé el suelo con las deportivas hasta tocar el marco de una puerta.

Entré en el baño pequeño. Eché el pestillo.

Corrí a abrir el grifo y metí la cabeza en el lavabo y bebí, bebí, bebí, tosí el agua de la prisa, seguí bebiendo.

No paré hasta que me estaba ahogando y entonces, al erguirme, me invadieron las náuseas y tuve una arcada.

Apoyada en la pared del baño oscuro, con el pelo mojado pegado a la cara, el aire era al fin húmedo y nuevo y yo jadeaba, empapada, como si hubiera perdido otra carrera de natación.

Luego salí goteando sobre el suelo, con la lanza erguida delante. El chico seguía quieto.

—¿Ya has acabado?

Yo no dejé de apuntarlo mientras entraba en el cuarto y agarraba el cubo de la basura.

—¿Qué es eso? —preguntó—. ¿Qué haces ahora?

—Vaciar mi cubo.

—¿Qué hay en tu cubo?

—Te da igual.

—¿Qué hay en el cubo? —Lo oí gritar, antes de encerrarme en el baño—: ¿Has estado meando en un cubo, tía?

Así empezó nuestra convivencia en el piso.

Durante esa primera semana, cuando aún parecía posible, creí oír algunas noches el sonido de una sirena a lo lejos y me incorporé en la cama pensando que era el padre de Diana.

Pero la policía no apareció y la calle siguió en silencio; el mundo estaba en silencio y el silencio era inhumano y tan grande que se sentía como si no hubiese nadie más.

Al otro lado de las ventanas, los pájaros seguían viviendo las mismas vidas.

En el despacho junto a la habitación, que era parte de mi dominio, tenían colgadas una docena de fotos familiares.

Quizá era porque estaba intacto, un despacho aburrido, sin señales de violencia, que entrar en él se sentía un delito de allanamiento.

Miré varias veces a los fantasmas de las fotos y sus sonrisas posadas en momentos privados, que yo no tenía que poder ver.

La pila de documentos sobre el escritorio eran informes de Urgencias del neurólogo Gregorio Muñoz. Por las horas, había hecho doble turno en el hospital Virgen del Rocío la última semana, en la que se habían desbordado los casos.

Más de trescientos pacientes pasaron por su consulta describiendo el mismo síntoma: una migraña insoportable tras los ojos.

Cefalea intensa, acompañada en su peor versión de desvanecimientos, afasia o pérdida de visión.

Me subió hasta la nuca un escalofrío cuando leí el informe de un paciente que juraba que su cabeza estaba empezando a tragárselo.