Capítulo 6. Diana
Asfalto.
Frío.
Me temblaron los párpados.
Era de día aún. Había llovido y olía a algo mojado y sucio y olvidado sin tender, tirado en algún suelo. Ese algo era yo.
Abrí los ojos de pronto y tosí sobre la carretera un puñado de piedras diminutas saboreadas sin querer.
A unos metros de mí, entre mi cuerpo y la autopista, había una lona para coches abandonada.
El golpe me había abierto la frente y me había roto el labio.
Mi móvil estaba tirado un poco más allá, con la pantalla rota por la mitad y la tapa desencajada.
No había ni un solo ruido a mi alrededor que no fuese el viento.
Cuando desperté, estaba sola en una gasolinera.
Mi cuerpo se encendió de golpe y me volvió entonces una urgencia inservible que había dejado a mitad.
Miré el techo sobre los surtidores; la puerta de la tienda con la cristalera destrozada; el bosque tras la autopista y la lona para coches, que no era una lona para coches.
Era grande y oscuro y un puñado de órganos fríos.
Bartek estaba muerto sobre el asfalto.
Tenía el torso hundido y la huella de un neumático grabada en la piel retorcida sobre los huesos. Le habían pasado por encima después de robarnos el coche y ahora era algo irreconocible.
Cogí aire y me incorporé. Retrocedí. Me choqué con las mangueras de los surtidores. Tropecé al intentar ponerme en pie.
Los oídos me pitaban y quería vomitar el corazón por la boca, y Bartek estaba muerto en el asfalto con el mismo silencio que un animal dejado atrás en una cuneta, y estábamos los dos en una gasolinera vacía de algún lugar de Alemania.
Yo tenía aún puesta su chaqueta del yin yang.
De pronto, más allá de los árboles, vi cómo ocurría algo imposible tras las nubes: el cielo nuevo, seccionado en aristas, empezó a parpadear.
Se encendieron a lo lejos tres de sus cuadrados como botones de luz de un juego de memoria, y luego se apagaron otra vez.
En los siguientes diez minutos, un cuarto se encendió más cerca.
Tercera verdad del mundo nuevo: hay una burbuja dividida en cuadrículas que rodea la Tierra. Su campo magnético bloquea la electricidad y las comunicaciones con los satélites, y es enorme y de nadie, y nos habla en un código sin walkie-talkie .
Tenías razón, Laia, aquel día.
Esto no puede ser solo nuestro.