Capítulo 5. Diana #6
Lo que ocurrió esa noche en realidad fue que el tal Álvaro se hizo una mezcla en su estómago de kikos y cerveza que acabó vomitando sobre Alma a las tres de la madrugada.
Un poco después, César besó a Olivia por primera vez y ella se puso tan nerviosa que al día siguiente amaneció con otro herpes, y César acabó desarrollando uno idéntico en el labio dos mañanas más tarde.
La madre de Oli supo entonces que allí no había ningún cura. Esto adelantó el final de las vacaciones y nos hicieron empaquetar nuestra ropa. Cerramos las ventanas, nos metimos en el coche y abandonamos la sierra de Cazalla.
Pero en el sótano, mucho antes de que esto pudiera pasar, con todos sentados en el suelo en círculo, la botella paró y apuntó a Laia Bayón. El grupo entero hizo una ovación estúpida y yo la miré, y la creí mirarme de vuelta. Alma levantó los brazos.
—¡Venga, a cerrar los ojos! ¡Venga, que ella elija!
Iba a besarme. Estaba tan segura.
Toda la carencia de impulso se transformó de pronto en expectación: esperé a que Laia me besara.
Teníamos que besarnos esa noche. Era lógico y sencillo y el piercing sobre la boca se sentiría firme, y su olor sería el mismo que cuando habíamos dormido juntas.
Sus dedos sobre mis dedos, sobre mi piel, sobre mi cintura.
Mis manos en su cintura, en la bicicleta, en la cama.
Sabía cómo nos mirábamos. No podíamos hacer otra cosa ahora que no fuera besarnos.
La sentí gatear hacia mí, tras los párpados, un roce de tela.
Aguanté la respiración.
Separé los labios.
—¿Qué…? —oí, y luego un ruido de vidrio.
Abrí los ojos de golpe. El botellín había rodado del centro del círculo hasta darle en los pies a César. Alma y Olivia me miraban, patidifusas.
A mi izquierda, Laia Bayón estaba besando a Cristóbal.
Me reafirmé en elegir Letras puras en segundo de bachillerato.
La única que se quedó conmigo en el B fue Alma, que nunca quiso aprender a hacer ecuaciones por principios personales.
Su sueño de ser una estrella del boxeo ahora le parecía obtuso, poco claro, y de pronto a los chicos ya les había cambiado la voz, y todos debíamos tener alguna idea de hacia dónde estábamos yendo.
—A lo mejor lo que corresponde es meterme a doble de acción —me dijo un día, fumando a la salida—. En una de Almodóvar o así. Algo más a tierra.
Cristo entró en el B también y se pasó todo el primer trimestre restregándole a Joaquín que le habían ocurrido «cosas animales» ese verano. Nadie le explicó a nadie lo que había pasado esa noche, porque no había nada que explicar, y Cazalla se quedó atrás como una burbuja de calor y puertas.
Laia siguió estudiando Ciencias en el A.
A partir de ese año, cuando venía a por tiza, sus ojos hacían siempre el mismo recorrido: se fijaba en la ventana, primero, y luego en el perchero, y luego en mí.
Me sonreía arrugando el puente de la nariz.
Me robaba las galletas en la escalera. A las ocho de la mañana todos los días, Laia estaba esperándome en la puerta de la urbanización y yo me subía detrás de ella en la bicicleta, que era mucho más incómodo que andar.
—Aquí Bayón —me susurraba por el walkie-talkie antes de los test de inglés—. Gracias a la ONU por sus servicios.
Laia se sentaba con nosotros en los recreos y empezó a venir también a los partidos de baloncesto de Alma.
En el penúltimo de la temporada, hubo un empujón entre jugadoras que hizo que Alma cayese mal sobre su tobillo.
La tuvieron que sentar en el banquillo, a pesar de sus amenazas, y el palco entero se llenó de murmullos.
No había más jugadoras en el equipo. El resto de las chicas se reunieron para calcular cómo iban a hacerlo.
De pronto, Laia se levantó en su sitio con el pelo teñido de azul y gritó:
—¡Diana Mena! —Yo volvía de comprar agua en la máquina y pegué un brinco—. ¡Hay una jugadora aquí! ¡Diana puede jugar!
Todo el mundo me miró. Yo musité:
—¿Qué?
Los engranajes se activaron demasiado rápido.
Las chicas me abrieron la puerta a la cancha.
La madre de alguna me empujó dentro. Alma se puso de pie y me colocó su camiseta, y se quedó en el banquillo en sujetador deportivo.
Para cuando quise darme cuenta, habían tocado el silbato y yo estaba en mitad del partido viendo la pelota pasar de un lado a otro, con un uno a la espalda bordado debajo del « HASSAN » y sin saber jugar al baloncesto.
—¡Pásala! ¡Mena, pásala!
Hice el ridículo los diez minutos completos del cuarto tiempo. Tiré a canasta una sola vez y acabó siendo un pase al otro equipo.
Cuando perdimos el partido, mis amigos entraron corriendo a la cancha como un estallido de confeti.
Olivia se me abrazó a una pierna y Laia se me subió a la espalda.
Cristo tiró un mocasín al aire que le dio a César en la coronilla.
Con el pie vendado, Alma llegó cojeando hasta mí y me subió a sus hombros igualmente.
Me llevó a que tocase la red de la canasta.
—¡Diana! —gritaba.
—¡Bájame! ¡Tía! ¡Alma, que te lo vas a romper!
—¡Diana Mena! ¡La estrella del baloncesto!
Aquella tarde, por primera vez desde el último sobre de Peta-Zeta, sentí que estaba hecha de fibras pequeñas y fundamentales que se torcían y cosían juntas hasta formar un chaleco reflectante.
Que nunca más podrían olvidarme en una gasolinera.