Capítulo 5. Diana #5
—No —le dije, andando campo a través—. ¿Te acuerdas de eso?
—A ver, no tengo amnesia. Mi prima me cuenta a veces que va a tus partidos.
—Son de Alma. A mí me sacaron en sexto por… Pasó una cosa con mi hermana. No le venía bien y dejé de ir.
—¿No le venía bien a ella?
—Es raro de contarte. No cuadraba el horario porque Emma estaba pasando una racha y todo le vino mejor cuando fuimos a inglés. Y al final, pues mira: está estudiando segundo de Traducción.
—Vale, ¿y tú? ¿Te gustaba a ti el baloncesto?
Nos miramos, con los pies hundidos entre las rocas.
—Sí. Me gustaba.
El último día de esa semana, cogimos una linterna de pilas y nos metimos campo arriba cuando anochecía.
Laia me había dicho que íbamos a ver las higueras de su tío Ángel, pero luego en la oscuridad los árboles eran todos los mismos y el plan nunca había tenido mucha forma.
Intenté convencerla de que volviéramos, pero me agarró de la mano y me arrastró hasta lo más alto del monte, que no era muy lejos, porque no era mucho monte.
Allí, el cielo daba hasta miedo y parecía el fondo brillante de una sartén quemada.
—Lo de «Lilia» es porque… —me confesó, riéndose un poco—, vale, mira, es mi secreto, ¿no?, y te lo voy a contar, porque estamos en el monte en plan sincero, pero después te voy a tener que matar.
—Ya me has dicho que me lo dices.
—Bueno, a ver, yo en verdad… O en teoría, a lo mejor, me llamo Laia Cecilia.
—¿Qué? —Le sonreí, y Laia se frotó los ojos, abochornada—. ¿Cómo? Te estás quedando conmigo.
—¡No! Es teórico, en realidad, porque no está puesto en ningún lado. La historia es que mi madre quería llamarme Laia, pero mi padre quería llamarme Cecilia, por esta canción que le gustaba de… De los Simon y encontrásemos la ventana abierta y mi cama mojada, y durmiéramos juntas en la de Laia; casi gritamos en el monte oscuro cuando vimos caer en el cielo dos estrellas fugaces.
El espacio estaba sobrepoblado de luz y de rocas que parecían luz desde tan lejos, girando solas, y Laia también hacía girar el piercing en el centro de su labio.
—¿Piensas que habrá más gente? —le pregunté—. En el universo.
—¿Tú crees en esas cosas?
—No lo sé. Creo que es difícil que todo esto sea nuestro. Que estemos solos y ya, ¿no?
—No creo que haya gente —me dijo—, pero pienso, a veces… Me gusta pensar que esto no puede ser solo de nosotros. Hay tantas cosas más en la Tierra, aparte de nosotros. Para mí —respondió—, eso ya es no estar solos.
Creo que siempre tuve claro que me gustaba Laia Bayón.
Fue una idea que evolucionó conmigo y adquirió las formas pertinentes sin prisa. Nunca fui por delante de lo que sabía ni por detrás tampoco. Todo lo que quería con ella lo entendí un segundo antes de que sucediese.
La madrugada en Cazalla en la que jugamos a la botella, Alma había conseguido el número de Álvaro, que era el chico del cortijo vecino que no tenía vacas, y él la había convencido de acercarse a cambio de la clave de su wifi.
Después de esa cena, nos reunimos todos en el sótano de su casa y Álvaro sacó un pack de cervezas calientes.
Luego Cristo propuso que jugásemos a «algo muy guarro» y Alma colocó una botella en el centro. Oli se llevó una mano a la boca.
—¿Esto es lo de las pajas?
—Todavía no.