Aunque se acabe el mundo Capítulo 5. Diana #4
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Capítulo 5. Diana #4

—Tenemos como veinte. En serio. —Le sonreí y ella agarró el táper—. Dile a tu madre que los mire bien.

—No, si soy yo, mi madre no está hoy —dijo—. Estoy haciéndome una tortilla… En fin, pero los voy a mirar, claro. Muchas gracias.

Bajo la oscuridad de las farolas de la urbanización, de pronto la miré y me inquietó por primera vez una idea antes impresionante: que Laia Bayón pudiese estar viviendo en un arbusto.

La niña siempre sola dando vueltas con una caja.

Tuve el impulso de ofrecerle que entrase y se comiese mi cena, pero entonces Laia vio algo detrás de mí y dijo:

—¡Ah! ¡Nico!

Yo me giré y vi a Nicolás pasar hacia nuestra habitación.

—Nico… ¿Lo puedes llamar? —me pidió—. ¿Cómo le llamas?

Yo pisé dos veces fuerte el parqué y Nico se alertó cuando le llegó la vibración del suelo. Se volvió y dijo, en su voz para el resto:

—¡Ho-a!

Laia se arremangó de repente. Se posicionó sobre las escaleras como si fuese a hacer una llave de judo, y luego signó con todo su cuerpo: «Nico.

Hola. ¿Qué tal?». Movió primero las manos en una frase desordenada y luego recapituló y empezó de nuevo.

La cara de mi hermano se encendió con una ilusión que el mundo pocas veces le regalaba, ajustándose el audífono con los dedos desorientados. Le signó de vuelta:

«¡Hola, Laia! Estoy bien, ¿y tú?».

Laia Bayón le dijo:

«Yo soy Laia. Soy mala, pero quiero aprender. Estoy aprendiendo lengua de signos para hablar contigo».

Mi padre me preguntó cuando volví a la mesa si le había dado huevos a la delincuente que robaba la red de la piscina. Yo seguía guardando el tornillo que me había regalado a los once en el fondo de mi cajón.

El agosto siguiente, Oli nos invitó a todos a pasar dos semanas de vacaciones en su cortijo de Cazalla. Por entonces, todos teníamos los dieciséis menos César, y Alma ya fumaba como un profesor de Filosofía de cincuenta y tres, así que me obligó a llevar en la maleta dos cartones de su tabaco.

Cristo fue oficialmente no-invitado al plan. En los recreos en los que se enzarzó a explicar lo bien que lo íbamos a pasar en el campo, Olivia le aclaró cada una de las veces que no tenían suficientes camas y que su madre solo le dejaba llevar a César porque le había dicho que iba para cura.

Cuando pasaron a recogernos frente al instituto, Cristo apareció con su maleta igualmente e hizo el viaje encajetado como un perro en el maletero.

—¿Y lo tengo que aguantar ahora todo el verano? ¿Nos lo tenemos que comer? Pues me cago en Dios —se quejó Alma. La madre de Olivia la miró asustada y ella se giró hacia César—. Perdón, padre. Prepadre. Perdón.

Cazalla fue, ese verano y los de después, una burbuja de sol e higueras mientras la vida seguía ocurriendo de alguna forma en otro lugar.

Visitamos el pueblo de pasada cuando lo atravesamos con el coche y luego rodeamos el monte hasta la verja y aparcamos entre las casas.

Eran dos construcciones idénticas, frente a frente, a las que les faltaban las mismas tejas.

La madre de Olivia se la llevó a un lado y la oímos reñirle porque no daban las camas. Fue entonces cuando Laia surgió de la bajada al río con pantalones cortos y la parte de arriba de un bikini.

—¡Lilia! ¡Cariño! —le gritó su tía—. ¡Que al final somos más y no hay cuartos!

—¡Hola! —nos saludó ella desde lejos, tapándose del sol con una mano—. ¿Qué pasa?

Alma nos susurró:

—Y parió la abuela… ¿Qué coño hace aquí Laia Bayón?

—Es su prima, Alma —le dije—. Estos son los Bayón.

—¿No eras tú su prima…? —preguntó César—. ¿Sois todas primas…?

La madre de Olivia le gritó a Laia:

—¿Se pueden quedar los niños con vosotros? ¡Los niños en la salita, nada de niños ahí repegados con las niñas! ¿Tu padre dónde está? Bueno, ¡los niños y una de las niñas en tu cuarto, la que te dé la gana!

—¿Los niños y Diana? —oyó Laia.

Así se quedó.

César y Cristóbal durmieron en un colchón inflable en el cuarto de cachivaches.

Laia y yo compartimos habitación en el piso de abajo.

Mi cama estaba junto a la ventana, siempre abierta, y la suya bajo la estantería.

Su padre no apareció por allí, y las veces que apareció, todos creímos que estábamos conviviendo con su hermano.

Durante los tres primeros días, Laia y yo ni siquiera hablamos.

Intercambiamos esta vergüenza cordial, de los «pasa tú» en la puerta de la urbanización, que es casi incómoda cuando incluye compartirla en pijama.

Ella se marchaba, hacía sus planes a solas, a saber en dónde del campo la mayoría del tiempo, y volvía para las comidas.

La noche del cuarto día, sin embargo, una familia de mosquitos me despertó de madrugada y yo intenté echarlos sin encender la luz de la mesilla.

Laia me vio en la oscuridad girando como una peonza y al día siguiente, en el desayuno, me preguntó mientras preparaba el café si yo iba a clases de sevillanas.

—¡No, porque pensé…! —Se reía, sin aire—. ¡Porque a veces cuando uno es sonámbulo hace cosas que hace en su vida! Mira, y tampoco… Que no hay que despertar a un sonámbulo o algo así, ¿no?

—Pero si me hablas —le dije—, si hubieras probado a hablarme, y no a pensar que estoy poseída…

—¡Que yo no estaba juzgando así! Pero ¿qué te voy a decir? ¿Y si era como una costumbre religiosa? ¡No me meto!

—Si me subo a la lámpara por costumbre religiosa, te pido que me avises.

—Diana… —Laia se moría de la risa en su silla—. Uf. Te tenías que haber visto.

Cristo entró en la cocina engominándose el pelo. Nos miró alternativamente.

—¿Qué es lo que está pasando?

—Nada —dije yo.

—Diana ha tenido una batalla esta noche —dijo Laia— con la madre naturaleza.

—Me están comiendo los bichos.

—Hay tela de bichos, ¿eh? —añadió él—. Hay un arañón en mi cuarto así, en la esquina cojonera.

El otro día casi le pica al César, pero yo estuve más rápido.

No paso una —se envalentonó—. Chavalas, yo estoy por aquí al cien por cien.

No preocuparse, que todos los bichos que os dan miedo, yo me encargo.

Laia bufó una risa, dándole un sorbo al café.

—Menos mal. Qué habríamos hecho…

Yo sonreí y negué con la cabeza mientras abría el bote de la mantequilla.

—Bayón, tú me tienes coraje cogido —dijo Cristo.

—¿Qué dices?

—¿Lo ves? ¿Lo ves, Diana? Ya me está vacilando.

—No, es verdad —dije yo—. Laia no puede con el tema de los bichos.

Una de sus piernas golpeó mi pierna bajo la mesa.

La punta de sus deportivas se quedó quieta junto a la suela de mis zapatos.

Observé entonces a Laia un poco, aquella mañana, mientras ella no me observaba a mí, sonriéndole en nuestra complicidad silenciosa a las cosas que iba tocando.

De pronto, agarró el brik de leche y frunció el ceño.

—¿Esto es de avena? —preguntó—. ¿Alguien ha traído de avena?

—Eres intolerante a la lactosa.

Laia me miró a los ojos con sus ojos más azules que la tinta de los bolígrafos.

Al día siguiente, después de despertarme en la habitación vacía, fui al baño a curarme las picaduras y me senté en las escaleras de piedra del porche.

Eran las ocho y la luz parecía casi nueva, de un sol niño, con el campo aún frío detrás.

De entre los árboles llegó el ruido de una cadena.

Laia frenó frente al porche, subida en su bicicleta, con sus pantalones cortos sobre el bañador.

—¿Qué haces ahí? —dijo—. ¿Te vas a venir?

Me reí en un golpe.

—¿Qué?

La carretera que bordea los montes de la sierra es un cable oscuro, mal colocado, que se pelea a ratos con la gravedad.

Agarrada a la cintura de Laia, su pelo me tapaba el verde que dejábamos atrás en latigazos desteñidos de naranja.

Me llevó hasta una nave gris en un descampado, y dejó la bicicleta a un lado para trepar la verja como quien lo hace todos los días.

—¿Qué es esto? —le pregunté.

—Es un sitio al que te he traído —me dijo—, porque te lo quiero enseñar. Venga. Sube.

—¿Nos van a detener si nos pillan?

—Pues por supuesto.

—Laia.

—¿Qué estás esperando?

La nave del padre de Laia estaba llena de puertas.

Colgaban desde el techo en raíles altos e intermedios.

Había puertas en construcción, puertas para destruir, una zona para pintar puertas y cajas llenas de pomos polvorientos.

Alguien había trabajado allí en julio, supongo, pero mirando dos centenas de puertas que esperaban, en el eco, a ser algún día puertas y no solo madera, parecía de pronto que se había acabado el mundo.

—Se vino a vivir aquí por esto —me contó, mientras compartíamos una mandarina—. Con su estantería. Que me parece muy bien, oye. Hay muchos inventos aburridos que tienen que ser la pasión de alguien.

—Mi padre también querría venirse aquí. Está obsesionado con Monstruos, S. A.

—¿De qué va eso?

—Es una peli.

—¿Tú sabes que tu padre me denunció un día a la comunidad de vecinos?

—Ya… —suspiré—. Perdón. Es que trabaja en la policía.

—No, pero está bien —asintió Laia, sonriendo—. Mi madre me hizo una llave de casa. Después de eso, digo.

Era agosto y yo tenía dieciséis años y saltaba el río con Laia Bayón.

Pasamos toda esa semana juntas, atándonos los cordones y recolocando la cadena de la bicicleta con los dedos negros de grasa. Teníamos este lenguaje oculto, como una red tejida bajo los pies de cosas insustanciales: la playlist de flamenco de Inés Aplauso. El lazo permanente de Lucía Regalito.

La tarde que anduvimos hasta la valla que separaba el terreno de los Bayón del terreno del vecino, miramos a las vacas mientras pastaban hasta que cayó el sol, y Laia me dijo que al verlas la perseguía la idea de que no podían escapar por no darse cuenta de nada.

Me hizo hacerle un segundo pendiente en la oreja con una aguja de coser y fue lo más atrevido que me había pasado en la vida.

Sentadas en la cama, con su cabeza sobre mis piernas, murmuró:

—Lo de tu mancha de aquí… —Me apartó el pelo con un dedo—. Está hecha justo para tu cara.

Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa en las comidas.

—¿Sigues yendo a baloncesto ahora?