Aunque se acabe el mundo Capítulo 5. Diana #3
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Capítulo 5. Diana #3

—Y entonces me dice el poli: «¿Este es tu DNI ?» y yo en plan: «¡Pues claro! ¡Guarda la puta pistola!», porque claro, tenía la pistola aquí, así de cerca, tío. Y es que el narco, o sea, el tío que buscaban en el bloque, pues que es igual que yo.

Alma ponía los ojos tan en blanco que le giraban en las cuencas.

—Le voy a atizar.

Yo le susurraba:

—No.

Volvía. Cristo recuperaba el zapato y volvía.

Al final, creo que fue una cuestión de eso nada más, de que volvimos; todos, en algún momento, decidimos volver y ya no paramos de volver. Lo único que tengo claro ahora es que seguimos volviendo.

Alma cogía el autobús con César por las mañanas.

Le vigilaba el estuche como un perro policía para que no lo perdiera y se lo robase a sí mismo.

Olivia nos maquilló con purpurina aquella gala de Navidad en la que nos tocó hacer de árboles.

Cristo tuvo la brillante idea de comprarse un walkie-talkie y yo me vi carraspeándoles las respuestas de los test de inglés a los cuatro y a todo el grupo A.

Los viernes que Alma tenía partido de baloncesto, quedábamos en la puerta del polideportivo y ella fingía no conocernos porque le dábamos una vergüenza horrible, sobre todo Oli, que cuando encestaba saltaba en las gradas y gritaba: «¡Gol!

». Las madres del resto pensaban que éramos su club de fans.

Cristo empezó a convencerlas de que era la hija de Antonio Banderas.

Alma empujaba lo mismo si la mirábamos; hubiese empujado la cancha, el polideportivo, Sevilla entera, si pudiera. Se habría peleado con el Sol, y nadie, ni siquiera yo, tenía la fuerza suficiente para cambiar eso.

Pero entonces, solo entonces, si estábamos mirándola, Alma corría. Flexionaba las rodillas y corría así: tenía diez años y le daba tres vueltas a la cancha de baloncesto.

Iba a ser una estrella.

Laia Bayón estuvo siempre en el grupo A.

Era la chica que llamaba a la puerta de clase cada dos semanas y decía:

—Hola, perdón. Que nos falta tiza.

Me miraba.

Hacía un recorrido raro con los ojos, en realidad, y se fijaba en la ventana, primero.

Luego en el perchero. Me miraba a mí, por accidente, y terminaba su búsqueda en la otra mesa.

Sonreía a Olivia arrugando el puente de la nariz.

Después se iba y nunca cerraba la puerta detrás, así que el aire la abría de nuevo y la Charo de Matemáticas, con su cansancio arrastrado una década, susurraba:

—Dios Bendito Redentor Santo…

Todo esto lo tenía yo muy estudiado. Era un ritual tan meticuloso que algo en mis músculos se preparaba cada vez que oía los nudillos en la puerta, y supongo que también lo hacían la ventana y el perchero.

En segundo de la ESO , Laia apareció un día con un piercing en el labio. Tomás el de Tecnología, que se sentía avispadísimo, le preguntó delante de todos:

—¿Y eso qué es lo que es?

Laia respondió:

—Un DVD .

Recuerdo aún la sensación esa noche, a la hora de la cena, de necesitar contarle a alguien que había sucedido este intercambio y no saber contextualizarlo para que se entendiera.

Emma nos chilló a todos los pormenores de su semana y, cuando yo ya estaba recogiendo los platos con mi madre, la agarré del brazo y boqueé.

—Y entonces… se lo dijo.

Mamá pestañeó, sorprendida.

—¿Qué dices, Diana?

Para mí, Laia siempre estuvo unida a todo eso. A veces creo que la veo en mi cabeza con una caja de escarabajos y el pelo teñido de rosa. Pero no pudo ser así, porque existió un momento en el que Laia era tan solo otra niña. Tampoco tenía mucho sentido la distribución de tiza de ese instituto.

—La he leído antes —me dijo César, el día que clavaron la lista de los grupos de tercero en el tablón—. Están igual. Bueno, Joaquín se va al A… Si no repite. Que el otro día me dijo que quiere repetir, porque en tercero no hay Tecnología… Y a él todavía le quedan dos pelos de segueta sin gastar.

Me miró un rato, dado la vuelta sobre su silla. Yo buscaba en la columna de nombres del grupo B y me asustaba, como todos los años, al llegar a «Laura Bello». Pero no era Laia.

—Diana. ¿Qué miras?

Me giré.

—¿Qué?

—¿Qué miras?

—Nada. La lista.

—Está igual.

—Ya.

—¿Y qué buscas?

—Nada. Ver la lista.

—Está igual.

—Ya.

Laia estuvo siempre en el A. Yo estuve siempre en el B.

Al principio, cuando a Olivia aún le estaba creciendo el pelo de la calva, yo no sabía que Laia estaba allí siquiera, porque ocurre algo raro en la vida y es que la gente no viene con banda sonora.

Podemos coincidir cien veces con la gente de la que nos vamos a enamorar en paradas de autobús y en supermercados, en pasos de cebra y consultas de dentista, y que realmente el mundo nos dé un silencio.

Con Laia no había silencio: había chorros de piscina y luego un ruido atronador de adolescentes llenando un pasillo.

Ahí metidas pasamos un trimestre hasta que la vi por primera vez, y me costó otro trimestre más unir que Laia Bayón era la prima de Olivia Bayón.

Esa parte explicaba por qué se enganchaba a su cuello cuando bajábamos al recreo por las escaleras.

—¡Tú! —la oí llegar una mañana. Para cuando me volví, Laia ya estaba subida a la espalda de Oli—. ¿Me das un par de Príncipes?

—¡Que tengo cinco!

—Que no llevo nada, porfa, Oli. Que me voy a morir.

—¿Te puedo dar un trocito de pera?

Pero luego abrió su bola de papel albal y le ofreció dos galletas de chocolate. Laia agarró las tres que le quedaban en la mano.

—¡Gracias! ¡Guaperas! ¿Ese qué es, el abrigo de los Reyes? Pareces un Doraemon.

—¡No soy un Doraemon!

—Te lo digo en plan belleza. —Laia me vio entonces y me sonrió—. ¿Qué tal, Diana?

Después de eso, desapareció como siempre entre la marabunta de adolescentes. Yo me volví hacia Olivia, que algo sí que tenía de Doraemon, y le pregunté:

—¿De qué os conocéis?

Ella alzó las cejas, sorprendida.

—¿Qué? ¿Con Laia? Pues… De siempre. De toda la vida.

—¿Tú también?

—¿Cómo? ¿ Tú también?

Durante el siguiente mes completo, Olivia creyó que yo era la otra prima secreta de Laia Bayón.

Esto le hizo atravesar una crisis espiritual en la que tuvo que replantearse todo lo que le habían contado desde la base, y descubrió otras cosas por el camino, como que «El Sapataki» no era un cantaor de flamenco que firmaba en los pósteres de los helados.

El estrés de estas realidades hizo que a Oli le brotase otro de sus herpes recurrentes en el labio.

Luego, en una de las clases en la que Laia apareció para pedir tiza, la Charo las pilló saludándose y soltó:

—¡Bayón, deja a tu prima! Que ya se me distrae con el viento.

Yo me volví hacia Olivia.

—Pero ¿que es tu prima?

Olivia me susurró:

—Pero ¿que no es tu prima?

Si Laia Bayón hubiese tenido los ojos un uno por ciento más azules, habrían hecho su propio ruido y yo habría tardado menos en verla.

Seguía viviendo en la casa que se veía desde mi cocina y por las mañanas cogía la bicicleta para ir al instituto, así que pasaba a las ocho junto a la ventana de mi habitación.

Antes de que llegase la rutina de la tiza, yo ya me había acostumbrado, sin saberlo, a esa otra más pequeña: cuando me echaba el asa de la mochila al hombro, Laia cruzaba al otro lado del cristal con sus ruedas y sus cadenas en las ruedas.

Eso supongo que es lo más parecido al ruido que harían dos ojos demasiado azules, como de fila de hormigas de metal, de lluvia de canicas.

A veces coincidíamos en la puerta de la urbanización al volver de clase y nos peleábamos en un «pasa tú», «no, pasa tú» hasta que Emma decía: «Mira, paso yo, que tengo hambre».

Algunos junios, cuando ya se había acabado el curso, volvimos a vernos en la piscina y nos saludamos de esa forma temblorosa en la que todo el mundo se saluda sin toalla.

Alma, que se acercaba cada verano para no bañarse nunca, la observaba atenta desde el césped artificial.

—A la prima de Olivia —declaraba— se le va a pudrir el clip ese que lleva ensartao.

Aún recuerdo el Día de Andalucía de cuarto de la ESO , cuando al grupo B nos tocó preparar la mesa para el desayuno en el pasillo.

El González me mandó a por más servilletas y, al volver, los del A habían llegado de Deporte y habían arrasado con el aceite y el azúcar.

César iba a custodiar nuestro desayuno, pero me lo encontré a un lado hablando con Cristo mientras este engullía una tostada.

—¿Dónde están? —le dije—. Nuestros molletes.

—¿Qué? ¿Eran nuestros los molletes?

—Hay solo un mollete para cada uno.

—Ah… Efectivamente…

—¡Pues yo voy por el tercero! —rio Cristóbal, y ninguno de los dos pareció hacer la cuenta—. Algunos chalaos se habrán quedado con hambre, pues bueno, ¡que viva al-Ándalus! Luego voy a tocar el himno con la flauta que vais a ver. Lo tengo mascaito.

Laia Bayón apareció por detrás y agarró una servilleta de mis manos. Yo me giré, y esa fue la primera vez que la vi con el pelo entero teñido de rosa, que era entonces, en realidad, una amalgama de rojos y naranjas y colores que no tienen nombre.

—Este —me susurró, y señaló a Cristo con la cabeza— es un caso insoportable. Que no se te pegue. Lo tengo detrás en el A y en los exámenes de inglés el tío saca un walkie-talkie que tose y dice que es un código que le llega de la ONU .

Luego dividió su mollete y me dio la mitad. Yo casi llegué a decirle que no hacía falta, pero ella ya se había ido.

Elegí alemán de segundo idioma en el instituto. Laia eligió francés.

Nos hemos entrenado en no encontrarnos nunca en el mismo lado de las cosas y a la vez en no parar de encontrarnos; en el trabajo meticuloso y complicado de no hacer más que buscarnos en sitios.

Una noche durante primero de bachillerato, alguien llamó a la puerta de casa. Cuando abrí, Laia estaba del otro lado con la mitad del pelo verde recogido en un moño.

—Ey, Diana, hola… Mira, perdón, que sé que son las mil. ¿Tenéis un huevo?

Yo volví de la cocina con tres huevos metidos en un táper.

—¡Pero bueno! Gracias, pero que con uno me apaño.

—Si te doy uno y está malo no te va a valer.

—Pero vaya robo os hago aquí…