Capítulo 5. Diana #2
Cuando Olivia apareció aquel lunes con su pelo rubio rapado casi al cero, yo me sentí tan culpable que le regalé mi gorro de lana. Ella primero se chocó con el perchero y luego me sonrió.
—¡No, pero mira! —Giró la cabeza—. ¡Si ya no tengo que llevar trenzas ni nada!
A partir de ese noviembre, Oli llevó el pelo justo por debajo de las orejas para evitar las trenzas de su madre y empezó a pasar los recreos con nosotras.
Fue un ritual de iniciación bastante raro.
Alma no se disculpó, por supuesto, porque pensaba que no había nada de lo que disculparse.
Le soltó, en un intercambio de clase: «De todas formas, no te hacía falta tanto pelo».
De pronto, ella también comía de nuestros Risketos y venía por las tardes a casa de Alma.
Se unía a nuestros partidos de baloncesto en el tiempo libre de Educación Física.
Tenía los mismos reflejos que un alcornoque, pero aguantaba cualquier pelotazo.
De un día para otro, yo me vi carraspeando para ambas en los exámenes tipo test.
—Alguna vez, si alguien se mete contigo —le dijo Alma un recreo— le voy a pegar un petardo en los huevos.
Oli asintió muy atenta. Le habíamos prohibido carraspear a ella porque todos sus carraspeos sonaban a «Respuesta B».
—Vale.
—No vale —dije yo, las tres sentadas bajo la cancha del patio—. Alma, no te vas a pegar con nadie.
—Es verdad. —Olivia asintió—. Si me tengo que pegar con alguien, me tengo que pegar yo misma.
—Oli: no se va a pegar nadie con nadie.
—Vale. Qué bien… —suspiró—. Porque no tengo claro dónde están los huevos.
En tercero de la ESO , a César Parra le tocó hacer con nosotras un trabajo de Sociales.
César era el chico que se sentaba entre Alma y yo y funcionaba de eficiente transportista de workbooks .
También era el niño de la primaria de Alma que un día se grapó un dedo e hizo que se desmayase la profesora.
Estaba siempre plácido sobre su silla, aceptando lo que viniera a una velocidad dudosa de camaleón.
Tenía ya una sombra de bigote en los laterales del labio.
Todas las veces que le mandaban leer, pestañeaba y empezaba por el párrafo equivocado, del tema equivocado, de la asignatura equivocada.
Joaquín Martínez, que se sentía muy gracioso entonces, nos decía a los demás: «Parra está en la parra».
—¡Yo paso de esto! —se quejó Alma, abandonándonos a los tres con la cartulina a medio decorar—. ¿Para qué nos sirve esto? ¿Que tengo que estar siendo yo, Art-Attack ? Su puta madre… ¡Yo no vengo mañana! Que lo sepáis. ¡Y desde aquí os digo que parece eso una empanadilla en papel albal!
Oli analizó las capas de purpurina sobre purpurina en las que no se podía ni escribir.
—Está superbonita. Yo la veo bien. ¿Qué le falta?
—Toda la información.
—No, pero por detrás pusimos los nombres.
Cuando acabamos de recoger y se apagó la luz del aula, César Parra seguía allí.
Yo era la encargada de las llaves, así que lo esperé en la puerta un rato, observándolo trabajar de espaldas con la mesa todavía llena de cosas.
Rascó con una regla la purpurina y reparó el trabajo.
Luego se olvidó de guardar su propio estuche dentro de su mochila.
—Me lo encontré en un autobús… —me contó, ya en el pasillo—. Estaba en una silla… y tenía los bolis dentro. Mira… Qué guapo el multicolor. Porque he pensado que, de quien sea, la verdad es que nos parecemos. Yo también tuve una época que me gustaban los Gormiti. Oye, ¿te has olvidado algún día?
Yo miré las llaves en mi mano.
—¿De cerrar? No. Bueno, un día no cerré bien y estaba abierta por la mañana.
—¿Y qué pasó?
—Pues entró aire. Olió bien un rato, en mates.
César se rio en un golpe pequeño, en el pasillo ya vacío, con la luz que solo venía de las ventanas. Yo le di vueltas a su estuche robado.
—A lo mejor tiene un número o algo en la etiqueta.
—Ya… —dijo César—. Es que creo que es mío, en verdad. Lo estoy perdiendo todo el rato… —Alzó un poco la cartulina—. Oye, que lo voy a terminar. En mi casa, ¿vale? Le haré cosas… A ver si te gusta…
—Lo puedo hacer yo, si quieres.
—No, no… Venga. Mañana nos vemos…
Giró hacia la izquierda y empezó a andar.
Creo que esa fue la primera conversación que mantuve con él tras dos años aprendiéndome de memoria su espalda.
César Parra estaba siempre a dos segundos de dormirse y a dos segundos de despertarse, pero había algo bueno en su paz lenta, en la forma en la que se volvía sobre su silla y me devolvía el workbook sin rechistar.
—César —lo llamé—. Se sale por ahí.
—Ah, sí…
—Por si acaso, mañana es sábado.
—Vale, vale… Pues hasta cuando sea…
A la semana siguiente, César expuso nuestro trabajo sobre Isabel II delante de toda la clase.
Había pegado en la cartulina cinco fotos de la reina de Inglaterra y no se había planteado que quizá esa no era la Isabel II del tema cuatro de Historia de España.
A mitad de la presentación, en un reseteo extraño, se le olvidó toda la información, así que se puso a explicar los ríos de Andalucía en minucioso detalle.
Fue la única vez en mi vida que me han puesto un cero en un trabajo.
La tranquilidad de César le impedía la vergüenza.
Joaquín Martínez, que tampoco sabía diferenciar Isabeles Segundas, se rio de él por otras cosas, como por su bragueta bajada.
Alma intentó sobornar al grupo cinco para que fingiesen que había hecho la cartulina con ellos, pero a Olivia el espectáculo la impactó de tal manera que a partir de ese momento su visión de César cambió completamente.
Todo ese conocimiento sobre los afluentes del Guadalquivir despertó algo en Oli, una pasión secreta y adolescente.
Empezó a tirar bolis junto a su mesa para que él los recogiera.
Pasó a llamarlo «Ya Sabes Quién», incluso cuando estaba César delante, porque él también empezó a venir con nosotras en los recreos.
—Pareces una cabra —dijo Alma, el día que César apareció con perilla—. Si tu idea era ser una cabra visualmente, pues estás ahí. Has llegado.
—No sé. No sé si quería ser mucho más cabra que otra cosa…
—A mí me pareces un señor filósofo —lo consolé.
—Sí, el señor Tumnus —se rio Alma—. Pero, vamos, que si el Joaquín te dice algo, voy y le parto los huevos. Oli, ¿y esa carajota?
Olivia se puso roja desde la base del cráneo hasta el fondo de las uñas.
—¿Yo? ¿Qué dices? Pues… Si es que estaba pensando en la cabra, nada más.
O sea, no la cabra… —balbuceó. César la miraba con cara de sonámbulo y eso la ponía peor—.
Oye, y que las cabras tampoco tienen ningún problema.
Pero que no se parece a una cabra. A no ser que sea pues…
Una cabra de pie. Y es que no, o sea, ¿para qué se pone de pie una cabra?
¿Se pueden poner? No se ha visto. O yo no he…
Solo las cabras montañesas. Pero tampoco yo conozco esas cabras, y vamos, que tampoco se parece, y yo…
¡Es que yo todo esto no lo tengo por qué saber!
Alma la escuchó fascinada, con uno de sus primeros cigarros deshaciéndosele entre los dedos.
—No vas a pegar a Joaquín —le recordé—. Alma, se puede hablar solo, como personas.
—Bueno, Diana. No sé si puedo ser quien tú quieres.
—Desde luego que no.
Alma pegó a Joaquín Martínez.
Ese fue el motivo por el que conoció a Cristo en cuarto de la ESO , cuando el instituto tuvo que fundar un sitio específico al que mandar a Alma.
Hicieron una reforma en el tercer piso. Rebautizaron el Microclima como sala de expulsados.
Allí, y de haber coincidido otras veces en el exilio del pasillo, Alma conoció a Cristóbal Conde, que era del grupo A y llevaba siempre coja la misma camisa blanca.
Olía a gomina y mocasines y no tenían nada que ver.
Se enrollaron dos veces y él le pidió salir, y ella aceptó para luego dejarlo al día y medio.
—Qué agobio, tía. Qué peñazo de notas —me contó, bajando por las escaleras—. Me ha dado pena su madre y todo, imagínate. Imagínate haberlo parido. ¿De la nada no va y me llama anoche y se pone a imitarme con la boca una trompeta de Semana Santa? Pues lo dejo, porque me abochorna.
Cristo bajaba junto a nosotras, literalmente pegado a mi otro hombro.
—¿Tú eres Tatiana? —me preguntó—. No, Diana, claro, ¡perdona!
Es que yo iba a llamarte Tati ya, perdona, porque Tati suena estupendamente.
¿Eres delegada? Yo iba a presentarme a delegado también, y habría ganado seguramente, ¡ojo!
Pero es que hago criptomonedas y no tengo tiempo para más.
Mira, ¿tú sabes de qué es esta cadena? De la Borriquita.
¿Tú has conocido alguien que salga de cofradía el Domingo de Ramos?
Voy con la Virgen mano a mano, Tati. Ah, que no eres Tati.
Escúchame: perdona. Es que me hacía ilusión y te lo tengo que decir.
Es como una cosa de cariño, un mote. ¿Te parece si te llamo Tati?
—No.
Nadie invitó nunca a Cristóbal Conde. Cristo aparecía a veces en el recreo y acababa comiéndose el bocadillo de César.
Formaba parte de quince grupos de amigos y lo hacía como en el nuestro, en un arranque ruidoso de confianza.
Alma lo intentó echar de todas las maneras en las que se puede echar a alguien de un sitio: le hacía el vacío.
Repetía todas sus frases con la voz de Antonio Banderas.
Una mañana, le quitó un mocasín y lo lanzó tan lejos que voló por encima del muro del patio.
Cristo lo aceptó muy sonriente: «¡Oye, vaya musculamen!
». Se pasó el resto de las clases cojo, en calcetín.
No había ninguna desnudez, ni siquiera esa, capaz de asustar a Cristóbal.
Lo vi tantas veces saludar por el pasillo a gente que se encogía al verlo llegar como si fuese un repartidor de panfletos. Cada día que se sentaba con nosotros, Cristo nos contaba una historia que nadie se creía y que era la trama de alguna película de Antena 3.