Capítulo 5. Diana
El año que terminé primaria, Emma tuvo una pelea fundamental con María Garrido. Fue algo sobre un brazalete para mejores amigas de la revista Superpop . A partir de ahí, Emma se negó a volver a gimnasia rítmica y el polideportivo se convirtió en un tabú en casa.
Los horarios cambiaron de nuevo.
Mi madre me quitó de baloncesto y guardamos la equipación al fondo del armario.
Nadie preguntó tampoco aquella vez si a mí me apetecía volver a clases de inglés: volvimos a inglés. Hubo un espacio pequeño, del tamaño de una cena, en el que intenté confesar que me gustaba la natación, pero solo mi padre me oyó y me dijo:
—Pues claro que sí, una lubina estás tú hecha.
Alma y yo dejamos de vernos en los entrenamientos.
Empezó a venir por su cuenta a la puerta de mi urbanización, algunas tardes, sin que nadie lo supiese: cogía el autobús y se acercaba, y traía los Risketos robados del quiosco. Teníamos doce años.
—Voy a ir a tu instituto —me soltó un día—, y se lo he dicho a mi madre ya. La estoy convenciendo, bueno, porque está más lejos… Pero hay que hacerlo ya, hay que llenar unos papeles y no sé qué. Aunque sea tempranísimo. El puto patio es feo, ya lo odio.
Alma tardó un tiempo en saber colocar las palabrotas.
—¿Vas a venir? ¿En serio?
—Pues claro. Si tú eres mi mejor amiga de verdad.
—Y tú la mía.
—Ya. Eso ya lo sé, que lo sepas.
—Ya sé que lo sabes.
Durante mis últimos meses en él, nuestro equipo de baloncesto había perdido todos los partidos de la temporada.
Alma encestaba, era la única que lo hacía; cuando estábamos jugando, sus ojos siempre me buscaban a mí para pasarme la pelota.
Le robaba los bonobuses a su padre para verme y se sentaba al lado de señoras aleatorias para fingir que estaba con algún adulto.
—¿Te da miedo la ESO ? —me preguntó, las dos sentadas frente a los coches aparcados junto a mi urbanización.
—No sé. Un poco, ¿no? Es más difícil.
—Sí.
—Y es en el cole nuevo. Con mucha más gente… —La miré—. ¿Te da miedo a ti?
—Qué va. Es que ya me lo han contado todo, hasta la cosa de las pajas.
—«¿Qué son las pajas?», susurré—. Me da asco levantarme a las siete de la mañana, eso sí que es un coño.
Y yo creo que para ser profesional del boxeo no hace falta la ESO ni nada.
—Me pasó la bolsa y yo cogí más Risketos.
Se hizo un silencio cálido, pacífico, entre las dos, mientras Alma se chupaba los dedos y yo masticaba—.
Si alguien se mete contigo, le voy a pegar un petardo en los huevos.
—Yo no quiero que pegues petardos.
—Bueno.
—Alma —la avisé, preocupada—: quiero que sepas que yo no quiero que pegues a la gente.
Alma pegó a gente.
No a mucha gente, y no por mí.
Si algo recuerdo del primer día en el instituto son los zapatos grandes heredados de Emma que me bailaban a cada paso y el que se me cayó a la salida.
Qué desnudez más tonta esa, a la pata coja en una escalera mientras bajaban las dos clases.
La gente se atropellaba como la noche sangrienta en la residencia.
Alma y yo acabamos juntas en el grupo B.
Ella se sentaba en la primera fila y estaba horrorizada por eso, pero no lo suficiente como para no dormirse todos los jueves a primera hora en Naturales. El González, que debía ser el profesor con más capacidad de ofenderse de toda la plantilla, acabó poniéndole un parte y expulsándola una semana.
—¡Sin dormir me muero! —le replicó ella, la mañana que la echó al pasillo—. ¡Yo no elijo dormir, es que me muero! ¿Sabe usted qué sí se elige? ¡La célula procariota!
Alma se había preparado durante años para ese pasillo. Llamaba a la puerta cada quince minutos y preguntaba si podía volver, como en los entrenamientos de baloncesto.
Entre ella y yo se sentaba un chico que funcionaba de mensajero cada vez que Alma me pedía el workbook para copiármelo.
Lo teníamos un poco esclavizado, porque de haber sido por Alma me hubiese copiado hasta las etiquetas de la ropa; copió hasta el horario de la agenda, al que ni le borró el añadido de las extraescolares de mis hermanos.
En primero de la ESO , Alma ya desarrolló todo un sistema de carraspeos para copiarme las respuestas de los exámenes tipo test.
—¿Me lees tu redacción, Alma? —le preguntó el de Inglés, una clase que pasó por cada mesa—. Fuerte, anda. Que se te oiga claro.
Alma dudó, inclinándose sobre su cuaderno.
—Dear penpal: jelo. ¿Jau ar yu? Mai neim is Diana, an ai…
—Frenó ahí. Yo intenté esconderme bajo la sombra del estuche.
La clase entera se reía por lo bajo y Alma levantó la cabeza y miró al profesor a los ojos—.
Que me he equivocao. De nombre… Que se me ha ido un poco.
Perdón. Es que ni duermo, por el don González.
—Se giró para buscarme—. A lo mejor Diana tiene la mía…
—No —mascullé.
—Pues no. Pues esta es la mía.
En esa aula de la tercera planta no funcionaba el ventilador y no cerraban las ventanas del todo. Cualquier estación ahí dentro era un suplicio, así que la apodamos cariñosamente el Microclima. Al final de cada recreo, con los dedos manchados de Risketos, Alma rezaba:
—Y ahora otra vez a morirnos de sueño en el Microclima.
Alma tenía una anemia severa y lo descubrió en un giro de los acontecimientos cuando terminamos el primer curso. Eso explicó algunas cosas, pero tampoco tantas.
Estaba empezando noviembre el día que la chica que se sentaba a mi derecha me llamó:
—Eh, Diana. Oye. Tsss. —Me volví. La vi entonces creo que por primera vez; hasta ese momento, había sido una mancha rubia en la esquina de un ojo—. Que me ha pasado una cosa.
Yo esperé a que me la dijera. La Charo, de Matemáticas, estaba ya en la pizarra y casi había silencio.
—¿El qué?
—Me da mucha vergüenza.
Nos volvimos a mirar. Era como si quisiera decírmelo con su cara de preocupación enorme, pero a mí me resultaba intraducible. Cuando me volví para vigilar a la profesora, ella me agarró del brazo.
—Es que… Es guarrísimo. Es muy guarro de verdad.
—Vale.
—Es horrible.
—Si es algo de las pajas —le aclaré—, yo no sé mucho todavía.
—No, es que… Creo que me voy a morir.
Pestañeé.
—¿El qué?
—Me he hecho una herida, pero por dentro —me explicó—. Y es profundo porque no veo nada. Es una herida en los órganos profundos. A lo mejor ha sido por el bocata de caña de lomo.
—¿Te duele la barriga?
—No, que me sale sangre de los órganos.
—Pero…
—¡Diana! —me llamó la Charo. Yo me erguí—. ¡Las charlitas nos las guardamos y las dejamos para el recreo!
Ambas abrimos con prisa el libro por el tema dos. Aparcamos lo de morir hasta que se pudiese.
No sé ni cómo acabamos una hora después en los baños del patio, la chica y Alma y yo metidas en un cubículo analizando una mancha de sangre en unos vaqueros.
Nadie había invitado a Alma siquiera. Alma lo asumió como su asunto.
Si existía algún contexto en el que los demás podíamos copiar a Alma, incluía esa adrenalina poco útil, improvisada, que solo invocan los problemas.
Después de un rato de pensarlo bastante, puso los brazos en jarras y sentenció:
—Eso es cáncer. Está clarísimo.
La chica se revolvía, sentada sobre el váter.
—Pero… A mí no me duele ni nada. Es que ha sido hoy.
—El cáncer es una cosa que pasa muy de repente. Está tan adentro que ni te enteras.
—Alma… —le decía yo—. Que a lo mejor es lo de la menstruación, que le ha pasado a Emma.
—¿¡La monstruación !? —repitió la chica.
—¡Tía, pero no la asustes! Que es cáncer nada más, tú no te rayes.
—¿Y me voy a morir? Pero ¿hoy?
—No te vas a morir —le aseguré.
—Eso no se sabe, tía, lo que no se puede —decía Alma— es esconderle las cosas a la gente. Nosotras vamos a hacer lo que se pueda. Mira, el cáncer se cura cortándote el pelo del todo, las cejas y todo.
—Eso no es así —la interrumpí—. Eso es por la quimioterapia.
—Diana, ¿y tú tienes aquí una quimioterapia? Pues habrá que hacer algo, porque la chiquilla se va a desangrar.
—¿¡Me estoy desangrando!?
Yo negué. Alma asintió.
Con mi severidad nunca ensayada, intenté obligar a Alma a que fuésemos a Secretaría mientras ella agarraba un trozo de pelo y le acercaba las tijeras de Plástica.
—Alma… Ten cuidado. Por Dios…
—Que esto lo he hecho yo dos mil veces. Que a mí me regalaron la Barbie peluquera.
—Au —se quejaba la chica.
—¡Estate quieta! Qué cantidad de pelo, chaval.
Luego se oyó el «clac» seco del corte.
—¿Ya? —la oímos preguntar, de espaldas sobre la tapa—. ¿Es mucho?
Alma y yo nos miramos en silencio.
—Qué va.
El día que hablamos por primera vez con Olivia Bayón, le hicimos una calva de monje católico en el centro de la coronilla.
Volvió a la semana siguiente a clase con el pelo tan corto que se le veía la nuca, y eso entonces fue todo un evento: su cambio radical del lunes y la que montó Alma en clase pidiéndole al González una ambulancia.
Tres meses más tarde, cuando por fin le bajó a Alma, nos dijo en Sociales, muy erudita:
—También se le llama menstruación.
Oli estuvo sentada a mi lado todo ese curso y el siguiente. Yo ya la conocía, en realidad, por ser la única persona con ganas de existir a las siete de la mañana.
Alrededor de Olivia Bayón, la materia se plegaba y adquiría tamaños relativos; Olivia cargaba con esa energía suya, ya desde primero de la ESO , de pelota de goma de máquina expendedora.
Llegaba por la puerta con una mochila gigantesca, con más hoyuelos que sonrisa, y se chocaba con el perchero junto a la ventana que daba al pasillo.
Lo hacía todos los días sin falta: llegaba, bajaba la silla, se daba el golpe.
No lo evitaba en absoluto. Nunca le daba tiempo a apuntar lo que escribían los profesores antes de que borrasen la pizarra, así que sus apuntes eran una copia apresurada del vistazo de los míos.
En un examen, llamó Napolitana Chocolate a Napoleón Bonaparte.
En todo nuestro paso por el instituto, le explotó el típex quince veces encima.