Capítulo 4. Diana #2
—Sí —asentí—. Tu hija.
—Te oí hablar antes que tu familia está en España. Puedo llevarte conmigo hasta Francia y continúas a España. ¿Quieres venir?
Bartek era sereno y grande. Llevaba una gorra de propaganda de banco que le cubría la brecha recién cosida. La mitad de su cara estaba tapada por la barba y su voz aguda tras ella se hacía pequeña, incoherente. Una esperanza sin filtros me reptó a la boca del estómago.
—¿De verdad? —le pregunté.
—¿Cómo llamas?
—¿Qué?
—Cuál tu nombre. Yo Bartek Nowicki. Bartek.
—Soy Diana. Diana Mena.
—Dianamena —dijo, aprendiéndoselo. Buscó mi aprobación—: ¿Bien?
—Sí. Dianamena.
—Dianamena, al salir sol, mi coche está fuera. Una calle allí. Ahora es peligroso porque ellos nos ven. Puedes dormir ahora y yo luego despierto, ¿bien? En Marsella, sí, a lo mejor hay autobuses a España.
—Gracias. —Lo miré a los ojos, incapaz de decirle más—. Muchas gracias. Vale.
—Al sol, salimos. Soy Bartek.
—Sí, Bartek. Bartek. Gracias.
Al cabo de un rato, Bartek volvió a la habitación con los vendajes y me limpió el arañazo del brazo.
Sus dedos eran torpes y gruesos y poco hechos para esa delicadeza.
Apretó demasiado la venda al cerrarla y yo no tuve el coraje de quejarme.
Su dulzura no tenía sitio allí, era una manifestación extraña como el bebé vacío.
Envuelto en papel film, junto a mí sobre el colchón, estaba el bocadillo que me había preparado aquel matrimonio alemán que nunca tuvo por qué dejarnos su casa.
Laia, espero que tú también lo estés viendo ahora. Hay algo que nos ha sacado de dentro una violencia horrible y sin motivos. Es en ese contexto de ser, sin filtro, lo que realmente somos, donde es fácil comprobar que también somos, sin motivos, buenos.
—Mi hija de tu edad —me dijo Bartek, sonriéndome un poco—. Me recuerdas. Mi hija Nina.
Cuando llegó la mañana, salimos hacia el coche. El reloj de mi móvil marcaba las siete. La batería estaba al diez por ciento.
Bajo el sol, la cúpula cuadriculada del cielo era más obvia que en la oscuridad y parecía la cubierta transparente de un panal gigante.
Las horas de antes de que amaneciese, tumbada en la cama, estuve observando la puerta cerrada del baño donde me había estropeado la camiseta.
Esperaba en calma a que Sara saliese con el cuchillo de allí.
Pensaba: «Emma sabe correr muy rápido. Nico me necesita».
Esto, por supuesto, fue antes de saber que se guían por el sonido.
Desde ahí pude oír la conversación en el piso de abajo de los que creo que eran la mujer que preguntaba y el chico de los cortes. Él era británico.
—Se ha dicho que esto es cosa de Rusia. Le pregunté a los policías, pero no dicen nada… Tienen información, pero no saben. A la gente de abajo no nos lo van a decir.
—¿Cómo? ¿No está pasando en Rusia? ¿Cómo puede controlarlo Rusia?
—No está bajo control. Es en la mitad de la población todo esto, en todo el mundo. Eso he oído. Yo creo que se les ha escapado un virus o un mecanismo que no saben; imagina la cantidad de cosas que se hacen y luego ¿quién las controla? ¿No? La Guerra Fría, todo eso, sigue pasando.
—¿Un virus de laboratorio?
—Pero está meditado, porque han interceptado la señal de los satélites. Es una guerra. No nos van a decir nada.
Al marcharnos de allí, vi por primera vez el pueblo.
Era un puñado de casas marrones y blancas en aceras de piedra, una réplica empequeñecida de la esencia de Wurzburgo.
Las calles estaban tan vacías que cualquiera hubiese pensado que ya los habían matado a todos, y las farolas habían revivido, pero duraron pocas horas.
Sin decir palabra, nos escondimos entre bultos hasta llegar al coche.
—¿Por qué tú aquí? —me preguntó Bartek, ya conduciendo—. En Alemania.
—Estoy haciendo un Erasmus. —Él no lo entendió—. Estudiando. Es como… Estudias un año fuera de tu país y luego vuelves.
—Aaah, sí, sí. —asintió—. Bien. Yo trabajo a veces en Alemania. Construcción.
—¿Construyes casas?
—No, presas y… Yo transporto. —Sonrió para sí mismo, rememorando—. Cuando antes de casarme, construí una casa en el bosque, todo de madera. Muy pequeña.
—¿Tú solo?
—Solo. Mira.
Me señaló un ramo de fotografías plastificadas que colgaban del espejo retrovisor. En una de ellas estaba él con un niño y en otra se veía una casa de madera entre los árboles.
—Qué bonita —murmuré.
—En invierno mucho frío. Yo quería vivir en el bosque, pero… joven. No se podía en invierno. —Bartek miraba la carretera—. ¿Qué es lo que tú estudias? ¿Universidad?
—Sí. Estoy… Es mi segunda carrera. Estudio otra carrera porque quiero hacer documentales. —Puso otra cara de no entenderme—. Películas, pero… del mundo. Grabar el mundo.
—Aaah, sí, sí. ¿Actriz?
—No, solo llevar la cámara. Grabar cosas, solo.
—Sí, bien. —Me sonrió y yo le sonreí—. Bonito.
Bartek condujo por una autopista en la que no había nadie sin saltarse ni una sola ley de tráfico.
Algo tranquilizador de él era que no había entendido, o había decidido no entender, que lo que estaba sucediendo destruía lo que sabíamos desde la base.
Todas nuestras conversaciones fueron las que habríamos tenido en un mundo en el que nunca habríamos hablado.
No me preguntó por lo que me había pasado doce horas atrás y yo nunca supe nada sobre su brecha recién cosida.
—¿Quieres pongo radio? —me preguntó, y cuando comprobó al encenderla que solo se oía estática, añadió—: No te preocupes, tengo disco aquí. Sex Pistols. No te preocupes: rock and roll .
El coche de Bartek era un espacio pequeño que olía a aceite.
Su motor se quejaba en voz alta del número de seis cifras en el contador de kilómetros.
Tras la primera hora de viaje, tuvimos que parar en una cuneta y bajar para recargarlo de nuevo de gasolina.
Bartek sacó del maletero un bidón de diez litros casi vacío.
La historia de la brecha tendría algo que ver con eso, supuse entonces: el plástico del bidón había sido rasgado y el contenido empapaba la moqueta. Lo oí maldecir.
—Hay que ir gasolinera. Depósito cien kilómetros nada más.
—Vale.
Antes de que volviésemos dentro, Bartek me colocó algo sobre los hombros. Era su chaqueta del yin yang, caliente y grande como la ropa heredada de Emma. Yo ni siquiera había notado que seguía temblando.
—Toma —me dijo—. Menos frío, ¿sí? No te preocupes.
Encontramos una gasolinera diez minutos más tarde. El bosque en esa zona era alto y denso y se comía los pocos retazos de humanidad. La gasolinera apareció como una mancha de chatarra descolorida entre el verde de los pinos. Nos acercamos a ella porque algo se movía tras los cristales.
—Hay gente —avisé a Bartek.
Él bajó la velocidad.
Un grupo de personas salió del interior al oír el sonido del coche y se apresuraron a llegar a los surtidores. Eran una mujer mayor que cargaba a un niño de cinco años, un chico de mi edad y otro que rondaría los treinta años.
Nos hicieron señas desde lejos. Gritaban.
—¿Inglés? ¿Ok? —nos preguntó la mujer cuando paramos—. ¡Señor, estamos perdidos aquí! Nuestro coche se rompió antes, en el bosque. No encontramos a nadie dentro, se han ido. Mi hijo Edel —dijo señalando al chico que saludaba— está herido, tiene herida en la pierna. ¡Tenemos miedo!
—¿No funciona? —le preguntó Bartek—. ¿No hay gasolina?
—No se enciende la máquina. No sabemos. Llevamos aquí diez… —«Doce», le corrigió el de treinta—. Doce horas. No viene nadie, no hay coches. Nos atacaron en Berlín. Edel está herido y no podemos volver. ¿Dónde vais?
—A Francia.
—Nosotros Bremen. Por favor. Si nos acercáis a ciudad… Estamos perdidos, por favor, si…
—OK. OK.
Bartek se deshizo de su cinturón y me miró. No sé qué pudo ver en mi cara en ese momento. La mujer estaba apoyada en mi ventanilla e intercambiaba algo con los otros en alemán. El niño no dejaba de mirarme.
—Quédate aquí, Dianamena —me dijo Bartek—. ¿Bien? Yo voy a ver gasolina. Hablo con ellos…
—¡Nosotros te pagamos! —ofreció ella, antes de que yo pudiera responderle—. Tenemos billetes, tarjetas, todo. ¿Qué quieres?
Bartek salió del coche y dejó la puerta abierta. El aire empezó a soplar más fuerte y yo miré al cielo: las nubes habían cubierto la visión de la cúpula cuadriculada. Estaba chispeando. Los cuatro adultos hablaban frente al capó.
—Puedo dejar en Bremen —decía Bartek—, pero falta gasolina. Solo ochenta kilómetros. No hay espacio para todos.
—Yo puedo ir en maletero.
—Bien. Gracias. Voy a ver máquina para gasolina…
—No funciona, nosotros ya vimos.
—Bien, pero voy yo a ver…
El tal Edel golpeó primero.
Agarró a Bartek por la espalda, estrangulándolo, y el otro hombre le dio un rodillazo en el estómago. El mundo pasó a ser otro, Laia: pasó a ser el de siempre. Yo pulsé el cinturón y no salía. No salía. Tiré de él.
—¡Eh!
Me latía el arañazo bajo la venda apretada.
Mis manos eran inútiles y solo el final de muchos nervios.
Conseguí quitarme el cinturón y abrí la puerta del coche.
Bartek se defendía como podía de los tres asaltantes.
Eran más pequeños y más frágiles que él, pero eran tres.
Tumbó de un golpe al hombre. La mujer lo hizo tropezarse y, junto a Edel, lo patearon y le reabrieron la brecha de la frente. La sangre salpicó el asfalto.
—¡Bartek!
Podía ver sus expresiones llenas y conscientes. El dolor en los nudillos se las encogía. Habían dejado al niño llorando, de pie, a un lado de las mangueras. El bebé del tren, atrapado en una toalla mientras intentaba agredir, era todo lo contrario y lo mismo a ellos: era un ser humano.
Corrí hacia Bartek.
Edel ya estaba metiéndose en el coche y nos lo robaba.
— Das Mädchen! Das Mädchen! [4]
La mujer me atrapó de la chaqueta.
Me estampó la cabeza contra el retrovi…