Aunque se acabe el mundo Capítulo 4. Diana
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Capítulo 4. Diana

Había un bebé transformado en el tren.

La que parecía su madre lo tenía en brazos, envuelto en una toalla para que no pudiera moverse.

Durante la mitad del trayecto, con los cadáveres de la residencia aún atascados entre los ojos, creí que era el mismo muñeco a pilas que Emma había pedido repetido durante tres Navidades.

El bebé se removía bajo la toalla en una reiteración exacta de giro de articulaciones.

Quería matar. Lo único que atisbó a hacer con ese instinto vacío, de mirada de nadie, fue girar la cabeza y morder a su madre con la encía.

Era mucho peor que la sangre de otros, Laia.

Cogí un tren de Wurzburgo a alguna parte.

Podríamos haber muerto todos ahí dentro, pero el único transformado que pasó la criba fue un bebé.

A los diez minutos de arrancar, las puertas se abrieron, sin frenar la marcha, y la muchedumbre lanzó fuera a un hombre.

Hubo algo sagrado entonces, más grande que la violencia, que hizo que nadie tirase al bebé.

Era de noche y los móviles no tenían señal, y yo te llamaba en vano, en bucle. Llamaba a mi madre y luego volvía a ti. El bebé de anuncio de Navidades me miraba sin mirarme. Una mujer a mi derecha recitaba en un zumbido:

— Vater unser im Himmel, geheiligt werde dein Name, dein Reich komme, wie im Himmel so auf Erden… [2]

Primera verdad del mundo nuevo: todos se transformaron a la vez. Nadie se retrasó dos días o dos horas. El único punto común entre todos ellos fue la migraña de las semanas anteriores. No se conocen casos nuevos.

— Bitte drängt euch nicht gegenseitig raus! Bitte drängt euch nicht gegenseitig raus! [3]

El tren paró en una estación antes de llegar a nuestro destino.

En medio de la oscuridad, yo había podido distinguir otras estaciones que pasamos de largo y que estaban llenas de gente desesperada.

Se tiraban a las vías pidiendo ayuda. El conductor no frenó en ninguna y la cúpula en el cielo me decía por qué: ya no existen lugares seguros en ningún rincón.

Esto es grande y es para todos y solo corremos y corremos y corremos, no podemos huir de verdad.

En la estación en la que sí paramos había un único policía que hacía señas en el andén.

No oí de lo que hablaron él y el conductor cuando se abrieron las puertas, pero algunos aprovecharon la pausa y se fueron.

Después, la marcha se reanudó y continuamos nuestro camino, dejando otro par de paradas detrás.

He estado analizando esto. Una semana después, encontré en la sección de revistas de la gasolinera mapas ferroviarios de Alemania de hace dos años. Me dediqué a seguir con el dedo cada una de las líneas que abandonan Wurzburgo.

No tengo aún ni idea de dónde estuve, Laia.

No recuerdo el nombre del pueblo en el que nos hicieron bajarnos a todos. Esa noche es, en mi memoria, una mancha de farolas y gritos.

Las ruedas frenaron de nuevo frente a un andén y un grupo de policías empezó a tirar de los pasajeros. Ordenaban cosas en alemán que yo no entendía y hubo un caos de quejas y ruido humano mezclado con la voz temblorosa de los altavoces.

— Bitte drängt euch nicht gegenseitig raus! Bitte drängt euch nicht gegenseitig raus!

El bebé había sacado los brazos de la toalla. Se agarró a la cara de un hombre buscando las cuencas de sus ojos.

Entre la gente, traté de encontrar las manos de Nico y Emma; ¿de qué puedo salvar yo, al final de todo, a Nico y a Emma?

Me sacaron a empujones del tren.

En un pueblo al noreste de Alemania, la población había organizado su apocalipsis en unas pocas horas.

La policía local había conseguido aislar a casi todos los transformados en la estación y luego avisaron a las localidades adyacentes.

Desde otros pueblos conectados, se encargaron de redirigir los vehículos con supervivientes allí.

Algunos vecinos ofrecieron sus casas para alojar a quienes pudieran y el único pabellón de la zona fue habilitado como refugio para la noche.

Al pasar en muchedumbre junto a las ventanas de la estación, los vimos.

Todos Ellos, lienzos en blanco, humanos quietos, pegados a los cristales de las tiendas como maniquíes.

Solo movían los ojos para seguir nuestra trayectoria.

Eran grandes y pequeños, viejos y demasiado jóvenes; heridos, enteros y algunos a punto de morir.

Menos mal que no los has visto, Laia. Menos mal que no los viste.

No conseguí que la sangre de Jesús se me borrase de la camiseta.

Estuve en el baño frotándola con jabón hasta que gasté el estampado y se le quedó una mancha blanca como de pasta de dientes. Luego me lavé las manos diez veces. En algún momento, empecé a temblar tanto que tuve que sentarme en el pasillo.

Abrazándome las piernas allí para que no dejasen de ser mis piernas, casi entendí que todo lo que estaba pasando no estaba pasando en realidad, y que yo no estaba en ningún lugar, e incluso que no era.

Podía verme a mí misma sentada a través de una pantalla extraíble de cámara de vídeo.

Me encuadraba correctamente, corregía la luz.

Una prisa rara me decía: «Antes del lunes tienes que entregar la última práctica de Realización».

En el pueblo sin nombre me asignaron una casa. Los policías nos fueron repartiendo y nos dejaron a otras cinco personas y a mí en la puerta de alguien.

Era un dúplex familiar de un matrimonio mayor donde habían preparado una cesta de primeros auxilios y colchones en el suelo.

Entre nosotros, los supervivientes de algo, había un adolescente con el brazo lleno de cortes, una mujer que preguntaba sin parar y un hombre grande con una chaqueta que tenía grabado el yin yang en la espalda.

El propietario de la casa había sido enfermero y le cosió la brecha que le sangraba en la frente.

En ese silencio y en ese ruido había una emoción sin nombre. No teníamos nada que decirnos. Yo seguía llamándote sin dar tono, como un gato tonto que le maúlla a la pared.

La luz se fue a la medianoche.

— Hallo, bist du verletzt? —me dijo la señora de la casa. Lo intentó en inglés—: ¿Me entiendes? ¿Estás herida?

Segunda verdad del mundo nuevo: se ha interrumpido la conexión con los satélites. No funciona internet. Los teléfonos no tienen señal y la electricidad está afectada por una fuerza magnética inestable que la hace intermitente.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

Yo no había dicho una palabra desde que el cuchillo había abierto la garganta de Jesús.

—¿Cómo te llamas?

—Diana —murmuré.

—Diana, ¿estás herida? ¿Te han hecho daño?

—No lo sé… No.

—¿De dónde vienes?

—Wurzburgo. Estudio en Wurzburgo.

Tenía la garganta seca.

—Diana, cariño, ¿dónde puedes encontrar familia? ¿Dónde está? ¿Me entiendes? ¿Familia, de ti?

Soy Diana Mena. Estoy esperando a que mi familia se dé cuenta de que no estoy en el coche.

—Son… Mi familia está en España. Soy de España.

Le había mentido, en realidad: todavía brillaba, en carne viva, el arañazo que me había dejado uno de Ellos en las escaleras de la residencia. La mujer lo vio bajo la luz de la vela que llevaba en la mano.

En ese momento, cuando aún no sabíamos nada, eso podía haberlo sido todo.

Al salir el sol, ya hechos a otras reglas, algunos heridos fueron aislados y analizados y abandonados a su suerte.

Me acuerdo ahora de sus facciones específicas, las de la mujer arrodillada enfrente, en la oscuridad del pasillo de la casa en la que estuve solo una noche.

Tendría cerca de setenta años. Era robusta, expresiva y una buena persona por la que ser encontrada.

Me ofreció comida y la rechacé. Luego se marchó por las escaleras para traerme comida igualmente. Antes de que bajase las escaleras de nuevo, cuando ya me había dejado un bocadillo en las manos, le dije:

—¿Puedo usar el teléfono? —El inglés me salía torpe y de niña—. Por favor. ¿Puedo llamar a una persona? ¿Tenéis teléfono?

—No funcionan los teléfonos. En ningún sitio. No se puede llamar —me explicó—. Está pasando en todas partes.

Tú siempre has soñado con esto: el cielo dividido en cuadrados. La gente caminando como programada hacia los sitios, y algo nos persigue, y somos nosotros.

A lo mejor ya estás muerta, Laia. A lo mejor, si no estás muerta, ya ni siquiera eres tú.

Esa noche, leyendo tu nombre de nuevo en una llamada que no se marcaba siquiera, te vi en mi fondo de pantalla con el pelo teñido de azul mientras sostenías una berenjena enorme.

La sonrisa te llenaba la cara y lucías tu impresionante adquisición de la frutería en Cazalla de la Sierra; recordé, de pronto, la tarde antes de coger el avión y venirme aquí, cuando se hizo real que me iba de Erasmus.

Cerramos la maleta juntas. Me despeinaste las cejas sobre la cama, concentrada. Luego dijiste:

—¿Y si se acaba el mundo? Como en el sueño. Y no estás aquí todavía.

No era una duda de verdad. Siempre hemos estado tan cerca. Tan cerca.

En el pasillo, en la casa, en el pueblo en ninguna parte de Alemania, abrí tu conversación de WhatsApp. Tenía quemadas las puntas de los dedos de frotar la camiseta bajo el grifo.

Si alguna vez lees esto 3:46

Nos vemos donde dijimos en septiembre en el foso 3:46

En el puente del Rectorado 3:46

Estoy yendo, Laia 3:47

Voy a por ti 3:47

La mujer accedió a darme un mapa que conservaba de alguna Alemania anterior.

Me señaló dónde estábamos y lo he olvidado completamente.

Sé que era al norte, de camino a Berlín.

Estuve estudiando líneas y líneas hasta que digerí que no podía procesar el idioma de los mapas; solo sabía entenderlos como una imagen abstracta para memorizar los nombres de los ríos de Andalucía.

Fue después de eso cuando se me acercó el hombre de la chaqueta del yin yang. El acento de su inglés lo hacía casi incomprensible.

—Eres de España —dijo—. Te he oído antes, ¿no?

Preguntó algo más, muy rápido, con palabras atropelladas.

—Perdón, no… No entiendo…

—Yo viajo desde Polonia —me repitió—. Voy en coche porque mi hija está en Marsella, es de tu edad. Voy a Francia para ir por ella. ¿Entiendes?