Aunque se acabe el mundo Capítulo 3. Diana #3
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Capítulo 3. Diana #3

Después de cada cena, ilusionado, se metía bajo la sábana de mi cama y compartíamos los auriculares de mi MP 3.

Nico apretaba el suyo en una mano y yo le traducía las letras a lengua de signos.

La música le vibraba en el puño y él sonreía oyéndola tal y como lo que era.

Nico y su silencio, que era de todo menos el silencio del resto.

Emma me despertó la noche que se llevó el último de sus coleteros. Me sacudió un poco un hombro y fuimos a su cama en la nueva habitación. Estaba llorando porque Emma es una fuente de emociones sin filtro y me abrazó como si estuviese mudándose a otro continente.

—Yo no me he ido por ti —susurraba tan dramática—. Yo te quiero mucho. Tú puedes venir cuando quieras. ¿Lo sabes, Diana? ¿Lo sabes?

—Sí, lo sé.

—Es que yo ya soy muy mayor.

Emma escribía «Diana» en sus coleteros porque decía que yo le daba suerte. Cuando se acababa la canción, Nico me decía en lengua de signos: «Me gusta escuchar contigo».

Nico y Emma eran dos conceptos grandes que ocupaban mucho espacio y yo nací un día en medio, da un poco igual cuándo y cómo. Nací en medio y ese siempre ha sido mi sitio. Nadie hubiese podido ocupar otro hueco en nuestra cadena de tres. Nico, Emma y Diana. Esa es mi regla no escrita.

Me encontré a Laia Bayón un día en el patio moviendo una caja muy grande.

No podía ser de escarabajos. La iba arrastrando por el suelo casi en horizontal y el cartón hacía un ruido como de lija sobre las baldosas.

—¿Te ayudo?

Paró en seco al oírme. Se giró y me vio allí, y pareció recomponerse un poco.

—No, si es hasta la puerta nada más.

—¿Pesa mucho?

—No —dijo. Reculó rápido—: Bueno, yo puedo. Pero es una estantería.

La ayudé a llevar la estantería hasta la puerta de la urbanización. La colocamos a duras penas contra el muro, junto al telefonillo, y luego ella se deshizo la coleta y se la volvió a hacer. Estaba masticando chicle.

—¿Vas a fútbol? —me preguntó.

Yo me había olvidado de que llevaba la equipación puesta y me la miré.

—Ah, no. Es de baloncesto.

—Ah, pues qué guay —asintió—. El baloncesto está mucho mejor. Yo es que no sé si soy alta, entonces… Tú sí eres más alta.

—No soy muy alta, pero no hace falta serlo.

—Para ser alta dicen que hay que beberse la leche —dijo Laia—, pero yo he descubierto hace un año que soy intolerante a la lechosa.

Como no supe si me acababa de confesar una gran enfermedad, barboté:

—Lo siento mucho.

Ella se rio un poco, divertida con mi amago de preocupación.

—No, si de eso no se muere ni nada. Solo te lo decía.

Yo pensé que quizá era verdad que a veces vivía por su cuenta en un arbusto. Habían dejado en la puerta más muebles además de la estantería, cajas cuadradas con libros y bolsas de ropa. Le pregunté:

—¿Os vais a mudar?

Laia se volvió hacia el montón entonces, recordándolo.

—No, es que mi padre se fue de mi casa y ahora se está llevando las cosas. Va a venir a recoger esto en el coche… Porque lo pagó él todo esto, hace mucho. —A mí me pareció una idea triste, pero ella me lo contó como si se tratase del portero—. Oye, ¿quieres que te regale algo?

Yo pestañeé.

—¿De aquí?

—Porque me has ayudado, que pesaba y todo.

—No hace falta…

—Espérate.

Y empezó a buscar en el fondo de los bolsillos de sus pantalones.

Por aquel entonces, Laia ya llevaba un clip negro de pendiente colgándole de una oreja; qué fuera de todas las leyes del mundo me resultó eso.

Sacó un conjunto de cosas inclasificables de esos pantalones, papel plegado pasado por lavadora y envoltorios de chicles antiguos, y de entre todas ellas, escarbando, eligió un tornillo.

—Toma —dijo, y yo lo acepté.

La miré y Laia me miró a mí, sus ojos tan azules que parecían tajadas del cielo. Ella me sonrió y luego me tocó la mancha en la frente con el dedo índice.

—No se te ha ido. Tu tatuaje de la buena suerte.

La vi otras veces por la urbanización, dando vueltas con la bicicleta como si la esperasen en algún sitio. Algunos días, al aparcar, la encontramos hablando a las cámaras de seguridad del aparcamiento.

Hubo una noche en la que tuve que salir a buscar a Nico porque aún no había vuelto a casa y lo encontré con ella.

Estaban tras la valla cerrada de la piscina y Laia se comunicaba con mi hermano con gestos exagerados.

Eso entendí, desde lejos, mientras me acercaba: Nico agarrando el palo de la red de la piscina, que le pasó a Laia cuando me vio.

Yo le dije en lengua de signos: «Hay que irse a cenar».

—¿Cómo se dice «Laia» con el idioma de las manos? —me preguntó ella. Intentó memorizarlo cuando se lo enseñé—. ¿Puedes decirle tú que me llamo Laia?

—Ya lo sabe. Ya se lo he dicho.

Sostenía la red de la piscina como si fuese una bandera. Recordé ahí el día en el que mi padre abrió la ventana para reñirle, y entonces, dos años más tarde, me volví hacia ella cuando ya íbamos a irnos.

—Laia —le dije, y ella me miró—. ¿Por qué la coges? El palo de la red.

Era la única niña del patio que había intentado hablar con Nico.

Laia Bayón tenía el pelo largo mojado. Una tirita con dibujos en la rodilla. Levantó el mentón, más alta, quizá, que la urbanización entera.

—Estoy rescatando a las avispas.

Hemos crecido como un músculo raro y externo en el cuerpo de la otra.