Aunque se acabe el mundo Capítulo 3. Diana #2
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Capítulo 3. Diana #2

—Yo tengo cuatro hermanos —me contó. Esa tarde me había torcido un tobillo y tuvimos que sentarnos juntas toda la hora—. Soy la más mayor, pero como son niños pues me pegan. Pero yo soy más alta y puedo pegarles más. ¿Tú te pegas?

—No.

—¿Ni con tu hermano?

—Es muy pequeño. Tiene solo seis.

—Pegarse es algo que puede hacerse a quien sea. Si le quieres pegar, que sepas que se puede.

—No quiero, gracias —le respondí. Ella me estudió, sentada sobre la valla tras el banquillo—. ¿Cómo se llaman tus hermanos?

—Yo qué sé. A veces lo llamo Polla si me enfado hasta que al final me odia.

—¿A cuál?

—A todos. Me enfado con todos a la vez. —Se apartó el pelo de la cara de un manotazo y suspiró—.

Me caen fatalísimo, pero me aguanto, porque no se pueden ir de mi casa.

Mi madre dice que no se pueden ir. Es un lío.

Porque yo no voy a conseguir dinero para tener mi propia casa hasta que esté en la ESO por lo menos.

En la otra mitad del polideportivo, Emma practicaba su coreografía de gimnasia rítmica con su pelo largo muy bien recogido. Hacía el pino de una manera que me enorgullecía.

—Mi hermana Emma está en la ESO —murmuré, mirándola—, pero no tiene nada de dinero.

De pronto, Alma Hassan se bajó del banco de un salto.

—¿Cuál es?

—¿Emma?

—Sí.

—Esa. La más alta.

—¿Esa?

—No, la de azul.

La vi fruncir el ceño con los brazos en jarras, asumiendo en un segundo las guerras de mis hermanos como suyas.

—Eres más guay tú —dijo. A mí eso me sorprendió tanto que me dio hipo—. Y además ni tiene dinero. Pues vaya cosa. —Luego se giró y me miró el tobillo—. ¿Te duele?

—Ya casi no.

—Si dices que te duele a veces te pueden dar Dalsy, que está riquísimo.

Alma asintió orgullosa de su conocimiento, y después trepó la valla de la cancha para gritarle al entrenador:

—¡Profe, se acabó! ¡Han pasado mil millones de horas! ¡Se acabó el castigo! ¿No?

Estoy segura de que Alma no supo quién era mi hermana Emma cuando la miramos las dos desde el banquillo. Ese día hizo sus cuentas, sopesó las opciones y consideró que yo le parecía mejor que todo el equipo de gimnasia.

Era verdad que Alma Hassan tenía cuatro hermanos y se pegaba con todos.

Yo empecé a ir a su casa algunos fines de semana, si mi padre podía llevarme, porque descubrimos que, sorprendentemente, nos entendíamos bien.

Cuando la echaban por trampas en baloncesto, Alma se escapaba del polideportivo y compraba Risketos en el quiosco de la esquina.

Después los compartía conmigo hasta que nos recogían a la salida del entrenamiento.

De pronto, me vi dándole tres vueltas más a la cancha con ella, que me convencía casi todos los días para que la levantase por las piernas y la ayudase a agarrarse a la red de la canasta.

Alma iba a otro colegio, así que me hablaba de gente que yo no conocía, del niño de su clase que se había grapado un dedo sin querer y había hecho que se desmayase la tutora.

También se pegaba con otra gente aparte de sus hermanos, con gente por sus hermanos, y me enseñaba luego los raspones de guerra.

«Voy a ser una estrella del boxeo, como unos tíos de una película», decía, aunque al final terminó siendo camarera en Berlín.

—¡Amir, dame eso! —Alma le quitaba los cereales a su hermano—. Que no es para ti, ¿qué haces? Tú tienes lo tuyo, que eres un tonto.

—Yo de esto no quiero.

—Pues me importa tres huevos.

Amir lo intentaba de nuevo y se ganaba una colleja.

— ¡Au!

—¡Alma! —la avisaba su madre, mientras tendía la ropa en la terraza. Le gritaba cosas en árabe que a mí me sonaban muy serias.

—¡Que son para Diana los Chocapic! ¡Que ellos ya han comido! ¡Van a explotar un día, de tanto jamar! ¡Ojalá exploten!

Amir era el más pequeño de todos los hermanos de Alma.

Los días que yo iba a su casa, se dedicaba a robarnos la merienda y dejar caer la amenaza velada de que yo era «una niña».

A Halim le daba tanta vergüenza hablarme que se escondía en la ducha y no podíamos utilizar el baño; la teoría de Alma era que yo le había roto el corazón.

Rafa y Omar se peleaban a codazos jugando una partida de Play eterna.

Coincidí con el padre de Alma muy pocas veces, pero su madre estaba allí, moviéndose siempre de un lado para otro, con sus hiyabs de colores y una sonrisa enorme iluminándole la cara.

—¿Estás bien, Diana? ¿Te gusta? Te puedo sacar lo que tú quieras, tenemos galletas, tenemos tostadas… Un día te preparo chebakia , algo bueno, no siempre guarrerías de supermercado, ¿no?

La vi correr todas esas tardes, revisando cabezas y ocupándose en dos idiomas de un caos con demasiadas piernas.

—¿Vas a entrar a quinto también, Diana? ¿Vas a seguir en baloncesto?

—Sí. El año que viene nos han dicho que a lo mejor tenemos partidos.

—Pero es mentira —dijo Alma—. Seguro. El profe es un mierdas.

—No se habla así, Alma —la riñó su madre—. Habla sin palabrotas. Yo quiero que Halim juegue con vosotras. ¡Halim! ¡Ven a saludar a Diana! ¿Dónde está Omar?

Alma se irguió en su silla entonces, muy orgullosa.

—Mamá, ¿tú sabes que Diana ha sacado diez en todo en su colegio?

La casa de Alma era un espacio desordenado y con ruido donde nadie necesitaba chalecos reflectantes. Su madre me sonrió hasta con los ojos.

—Qué inteligente, ¿no? Qué bien, ¡muy bien! Tus padres estarán muy contentos. ¿Qué te han dicho tus padres? ¿Te han comprado regalos?

En los viajes de vuelta en coche después de haberme olvidado en algún sitio, mamá colaba la mano por el hueco del cinturón de su asiento y agarraba fuerte la mía.

Me decía con eso: «Ya estoy aquí». Papá me comprobaba de reojo, mirándome por el espejo retrovisor.

Había cierto silencio concreto y esa sin duda era la peor parte: los quince minutos de culpa de después que se instalaba en sus voces y en sus caras y en todo.

Eran la confirmación de que algo así no debía pasar. Pero pasaba.

He estado en una gasolinera antes.

En medio de ningún sitio, mirando los surtidores.

—¡Me voy a ir! ¡Me voy a hacer la maleta y me voy y no voy a hablarte nunca más!

—¡Emma, ya está! ¡Se acabó!

—¡Mamá, no puedo vivir!

—¡No me levantes la voz!

—¡No tengo sitio y me voy a morir, y me voy a ir y no me vas a ver!

El día que Emma descubrió que Nico llevaba cinco años sin dormir en una cuna, se pasó gritando toda la cena que necesitaba una habitación propia. Mi madre la siguió por la casa y pegaron unos cuantos portazos. Emma se encerró con pestillo en el cuarto de Nico y él tuvo que dormir en el nuestro.

Así se quedó para siempre, a partir de esa noche: Emma empezó una mudanza paulatina de la que nadie se quejó, como si no estuviera ocurriendo. Nico se lo tomó como unas vacaciones en las que de pronto dormíamos juntos.