Aunque se acabe el mundo Capítulo 3. Diana
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Capítulo 3. Diana

Cuando era pequeña, mis padres solían olvidarme en sitios.

Se esforzaban mucho para que no se repitiera.

Si íbamos al centro comercial, me colocaban el chaleco reflectante que olía a maletero.

Tuvimos que acordar, por practicidad, que nuestro punto de encuentro en el supermercado era junto a la nevera de lácteos.

«Tú eres la encargada de los yogures —decía mi padre—, y si no me ves por ningún lado te estoy esperando allí».

Mi nombre en los altavoces de cualquier sitio daba un tipo de vergüenza que no sé olvidar.

Estaban tan ocupados en esforzarse por todo, mis padres.

Se desplazaban a una velocidad que casi los difuminaba, entre el trabajo, el colegio y las actividades extraescolares de tres niños.

Se habrían olvidado a ellos mismos, si no hubiesen tenido más remedio que llevarse encima.

Por las noches, sin haber terminado de cenar siquiera, se quedaban dormidos a la vez frente al televisor, y a mí me tranquilizaba de verdad comprobar entonces que aún mantenían una forma, que se habían quedado quietos de pronto y no habían perdido los contornos.

Luego Emma acababa sus salchichas con patatas y decía:

—¿Hay peras? ¿Quedan peras?

—¿Eh? —Papá se espabilaba—. ¿Eh?

—Mamá, ¿me pelas una pera? —Ella siempre molestaba al que no abría los ojos—. ¿Me pelas la pera? Que yo no sé. ¡Mamá!

Emma nació un 15 de agosto.

Mi madre siempre dijo que fue el día más caluroso de la historia y que en la radio del taxi oyó que hacía cincuenta y cinco grados en Sevilla.

Papá nos miraba negando cuando contaba esa parte, pero la dejaba seguir: parió durante doce horas de verano.

Después, Emma decidió llegar y lloró sin parar seis meses, el otoño y la Navidad y el fin de año; y un día de febrero, sin motivo ninguno, Emma terminó de nacer y se calló.

A la mañana siguiente, en casa de la abuela, dijo su primera palabra delante de toda la familia, que fue: «No».

Cuando aplaudieron para celebrarlo, Emma volvió a llorar y retomó lo de nacer, y Emma sigue naciendo todavía.

Nicolás nació un primero de marzo.

Mi padre lo recordaba muy bien porque ocurrió cuando estábamos en el cine viendo el estreno de Monstruos, S.

A . Mamá rompió aguas en el clímax de la película y los dos se negaron a marcharse hasta que Mike y Sulley hubiesen dejado a la niña en su puerta; Emma quería más palomitas de caramelo y yo abarcaba la preocupación que les faltaba a todos.

Papá repetía esta historia cada cumpleaños de Nico, traduciéndonos el tráiler a lengua de signos.

—Es muy buena —decía—. Muy profunda, porque al final de lo que estamos hablando es del sustento de una economía. Que hay familias de monstruos que dependen de eso. Muy inteligente, buenísima. Y tú saliste disparao para fuera, Nico, para verla, pues no me parece casualidad. No me lo parece.

Nadie recuerda mucho cómo fue cuando nací yo.

Coincidían en que pasó un septiembre. Cuatro años después que Emma y cuatro años antes que Nico, tuvo que haber un embarazo y tuvo que nacer alguien, porque desde luego éramos cinco en la mesa a la hora de cenar.

Yo surgí entre el sonido de dos conceptos muy grandes: Emma hablaba demasiado y Nico no hablaba en absoluto. Había tanto que hacer para resolver eso que a veces arrancaban el coche y no se daban cuenta de que yo no estaba dentro.

—El día que naciste —me contaba mi madre, mientras me arropaba con la sábana—, no recuerdo ni que doliera. Saliste y ¡puf! ya estabas aquí. Con la nariz y las manitas, y luego no lloraste y no nos despertaste nunca. Fue fácil fácil.

Desde la cama de al lado se oía a Emma:

—Hablaste supertarde. Yo hablé y no tenía pelo ni nada, era bebé.

Mamá me sonreía y pulsaba, por un segundo, su botón interior que le impedía oír a Emma. Mamá es la más menuda de todos nosotros. Tiene una voz que parece la voz que le saldría a una vela.

—El día que naciste —decía, peinándome con los dedos—, ya eras mi Diana.

Laia Bayón vivía en la casa de enfrente.

Era la niña que cargaba con una caja de bichos y se colaba por la ventana en la caseta del portero.

Cuando se hacía de noche y nos íbamos a cenar, ella seguía allí, entreteniéndose sola como los peces en los acuarios.

Mi padre le llamaba la atención cada vez que la veía desde la ventana paseándose con la red de la piscina al hombro.

Iba a otro colegio, pero no parecía que fuese a ningún colegio; me hubiese creído que aprendía de forma autodidacta las tablas de multiplicar, que sabía cosas importantes como encender un fuego.

Julio, el de la casa ocho, nos dijo una vez que no tenía padres y que vivía en un arbusto por su cuenta.

Eso es lo que recuerdo yo del día que nació Laia, porque para mí nació entonces, intermitente y con varios años: era un concepto raro y libre. No le tenía miedo a nada.

—¿Tú crees que es un tatuaje? —me preguntó la tarde que nos sentamos las dos en una tumbona después de la clase de natación.

Yo seguía esperando a que mi madre bajase a verme competir en una carrera que había terminado hacía media hora.

—No.

—A lo mejor lo es.

—No —le dije—, porque lo tengo desde siempre. Hasta en las fotos de pequeña.

Laia siempre ha respondido a las cosas con las cejas primero.

—¿En todas?

La recuerdo de pie detrás de Lucía Regalito, en la fila para tirarnos a la piscina, el día que se presentó con la mitad de la cara pintada de cera roja. Me miraba como intentando parecer más alta que la urbanización entera.

Fuera como fuese el día que nací yo, lo hice con el borrón encima del ojo izquierdo que parece una quemadura y aquí sigue.

Mi padre decía que fue por un antojo y que tenía la forma del mapa de Alemania.

Yo me hacía la raya del pelo a la derecha para tapármelo un poco porque daba miedo, a Lucía le daba miedo; a veces, cuando hablaba con la gente, podía notar que le hablaban a la mancha más de lo que me hablaban a mí.

A todo el mundo le daba una porción asumible de miedo.

Laia Bayón, la niña de los escarabajos, pensó que mi mancha era mágica.

—Tengo que ir a gimnasia rítmica —declaró Emma durante una cena—, porque están Rocío y María Garrido y me quedo sin amigas si no voy.

—No va a pasar eso —respondió mamá, rellenándonos los vasos a todos—. ¿Cómo están los filetitos?

—Sí, porque ya están hablando muchísimo y hay otras niñas de otro sitio también. Y yo no las conozco, mamá. Y tengo que ir a gimnasia rítmica, porque además esto lo odio, odio estar aquí.

—Emma —la avisó mi padre, severo.

Se miraron un segundo y ella puso los ojos en blanco.

Emma lo hacía todo con ruido. No era capaz de poner la mesa sin chocar en el proceso cada uno de los vasos.

Hablaba alto y con prisa, como si la gente se estuviese yendo ya a otra parte; pero en casa existía una norma no escrita de que todo lo que saliese por nuestra boca también tenía que decirse en lengua de signos.

—Quiero ir a gimnasia —repitió Emma, esta vez también con las manos—, porque están todas mis amigas y hoy he llorado en el recreo.

—¿Qué días son?

—¡Mamá! ¿Y qué importa? ¡Yo no quiero inglés este año! No voy a ir a inglés. Si voy a inglés, ¿por qué no voy a gimnasia? Si en inglés no hay nadie de nadie.

—Bueno, Emma. Dime los días y ya lo hablamos.

—¿Me juras que voy a ir a gimnasia rítmica? ¿Me lo juras por ti?

—Emma, yo no juro. Lo vamos a hablar, cariño, con tranquilidad.

—¿Qué dice Nico de un bicho? —me preguntó papá de pronto—. No para de hablar de que si un bicho, un bicho. ¿Habéis estado tocando bichos?

Desde la ventana de la cocina se veía una ventana de la casa de Laia, ahora oscura.

—En casa de Lucía una niña tenía uno y estaban jugando.

—¿Con quién? —Mamá se giró, contenta—. ¿Jugando con Nico?

—¿Qué niña?

—¡Mamá, pues si no es gimnasia que sepas que no voy a nada!

—Emma, ¿es necesario este mal rato?

—Laia Bayón —respondí yo.

Nico decía con las manos «insecto». Mi padre frunció el ceño.

—¿La terrorista que roba la red?

Emma consiguió que la apuntasen a gimnasia rítmica. Como eso cambiaba los horarios de todos, dejamos de poder ir las dos a la academia de inglés.

A mí el inglés me gustaba, pero tampoco me preguntaron nunca.

En casa teníamos otra norma no escrita que decía que a veces había que cortar el cable correcto para desactivar a Emma y que no estallase.

Mi madre me apuntó a lo único que ocurría en el polideportivo al mismo tiempo que la gimnasia rítmica: un equipo femenino de baloncesto.

Cuando llegué a los diez años, la ecuación era esta: dependiendo del contexto, yo era un añadido de Nico o un añadido de Emma.

Nico y Emma, entre ellos, tenían ocho años y un parto invisible de distancia.

Ese era un espacio imposible de salvar. Durante la primaria, mi ropa fue la ropa vieja de mi hermana, y sus camisones blancos y largos parecían en mí hábitos de enfermo de hospital.

Nico no pudo compartir armario conmigo, así que yo acabé siendo la única en casa que no tenía nunca ropa nueva.

Lo bueno que tuvo pasarse a baloncesto fue que me compraron una equipación. Olía a fábrica, a envoltorio de plástico recién roto, y papá me cosió « DIANA , 1» en la parte de atrás de la camiseta.

—Estás que ni pintada, ¿ves? —me dijo la tarde que me la probé. Me levantó el mentón con un golpecito—. Dianichi. Vaya pinta de capitana.

Alma Hassan era la mejor jugadora del equipo de baloncesto. Cuando calentábamos, daba tres vueltas más a la cancha que todas las demás.

—Te tienes que quitar el «1» —me ordenó el primer día—, porque la capitana soy yo, si te das cuenta.

Lo primero en lo que me fijé de ella el día que la conocí fue en su pelo rizado y oscuro.

Las costras de sus codos. Alma, en realidad, no era la capitana ni tampoco jugaba mucho.

Se pasaba las tardes bufando insultos recién aprendidos en el banquillo.

El entrenador la castigaba porque le pegaba empujones a todo el mundo, incluso a las vallas y la canasta.