Capítulo 2. Laia
Los cadáveres emiten un ruido estático de cabina telefónica. Pantalla de carga de móvil, la mirada con el hueco de la máquina por el que caerá el cambio. Uno pensaría que un cadáver se mantiene en silencio y es mentira; de un cadáver solo se puede entender que, en algún momento, empezará a hablar.
Su ruido está en que no lo hace.
Estuve en el BlaBlaCar con la chica muerta hasta que empezó a amanecer.
Es curioso cómo la vida había empequeñecido su presencia en el asiento del conductor.
Horas atrás, hablando sobre un concierto de Amaral, casi había sido capaz de no oírla en absoluto.
Con la cabeza abierta sobre el salpicadero, bajo el zumbido de las moscas, ella era lo único que se oía en el mundo.
Su cuerpo estático vibraba sobre las moquetas del coche.
Me acompaña, todavía, como si siguiera aún ahí, quieta al otro lado de todas las puertas.
Quiero pedirle que se vaya, pero sigo sin recordar su nombre.
Las farolas se apagaron a las doce de la noche. Revivieron luego, con un parpadeo, a las dos de la madrugada.
Uno de ellos, caminando en ángulos perfectos, paró junto al maletero cuando ocurrió el encendido.
Me miró directamente a los ojos y yo sentí su mirada atravesándome y viendo más allá de mí.
Era tan solo una niña, con un traje de comunión manchado hasta las mangas de barro.
Su gesto perdido y de nadie analizaba el chisporroteo nuevo de las farolas.
La niña me encontró y frenó, y dejó una marca de su respiración caliente sobre el cristal de la ventana. Luego se fue, sin haberme visto.
Son receptores de ruido y movimiento. Se chocan con los muertos del suelo como con las sillas volcadas en las terrazas de los bares.
Han sido desprovistos de adornos y dejados en lo esencial.
Si permaneces quieto en el centro de la calle, pensarán que eres un edificio.
Las reglas ahora son las del escondite inglés.
La calle alcanzó el silencio al amanecer.
La gente dejó de gritar cuando se dieron cuenta de que no iba a venir ayuda. Se escucharon, a veces, sirenas, o eso quiero pensar, que no nos abandonamos entre nosotros tan rápido. Después entendimos que para sobrevivir había que callarse y nos callamos de verdad.
A mí me seguía sangrando la nariz del golpe que me había dado contra el asiento cuando un segundo coche había embestido el maletero.
Si me preguntan ahora, no conservo ninguna de mis emociones de esa noche; el shock es un proceso extraño y blanco, un flas de cámara.
Sé que estaba agazapada en el hueco de un coche como un transportín vacío para gatos.
Me miraba las deportivas, el peto manchado en las rodillas, y me escocían los pómulos de las marcas de las uñas de mi madre.
La sangre se me había solidificado como una costra alrededor del piercing de la nariz.
Mi cabeza repetía una y otra vez el golpe de la mochila contra su cráneo.
Después de la moto que chocó con el retrovisor, no hubo nuevos accidentes.
Más tarde, cuando ya estaba a punto de amanecer, el cadáver de la chica se deslizó sobre el volante y cayó sobre la palanca de cambios.
Su hombro pulsó un botón.
(Piscina. Brazada. Brazada).
Empezó a sonar un CD de David Bisbal.
—¡Ave María, cuando serás mía…!
(Aire).
El susto me golpeó como una patada.
(Brazada. Brazada. Inés).
Corrí a trompicones a apagar la radio. Mis dedos pulsaron todas las teclas, temblando.
—¡Al mismo cielo yo te llevarí…! —Se apagó.
(Aire).
Desde el salpicadero, vi a un par de ellos girarse y andar hacia el coche, activados por el sonido. Lo hice sin pensarlo: me tumbé sobre la espalda fría del cadáver.
(Brazada. Aire. Brazada).
La chica olía a alguien que ya está dejando de ser alguien. Era similar a respirar el agua del fondo de la alberca verde de Cazalla. Estuve segura entonces de que iba a morir más que en ningún otro momento hasta ese instante, y eso me devolvió la consciencia limpia y urgente de que seguía viva.
(Brazada. Aire. Brazada. Brazada).
(Diana),
(Diana),
(Diana).
(«¡Diana Mena!», Inés aplaudía. Había ganado otra vez Diana»).
Los dos hombres vacíos se alejaron del coche al cabo de un rato. El pulso me chillaba en la garganta y los ojos me escocían de no pestañear siquiera.
Tumbada allí, lo vi por primera vez en toda mi vida: el cielo estaba seccionado en una red cuadriculada.
Sus líneas grandes brillaban como una cúpula de plástico bajo la luz del sol, y me acordé de lo que hablamos aquella vez tiradas en la cama, hacía menos de un año: «¿Y si se acaba el mundo?
Como en el sueño». La palma de la mano de Diana contra la palma de mi mano.
Las puntas de sus dedos sobresaliendo tras los míos.
—Voy a volver a por ti —dijo, y luego, en lengua de signos: «Te lo prometo».
Tardé veinte minutos en atreverme a moverme.
Cuando estuve de nuevo escondida tras el asiento del conductor, rebusqué en mis bolsillos: tenía conmigo solo las llaves de casa y un paquete de chicles vacío. El móvil se me había caído en la alfombra, junto al sofá volcado. No podía contactar con nadie.
Salí del coche por el maletero roto. Cualquier otra puerta habría hecho ruido contra los restos en la carretera.
El corazón me bombeaba esta sustancia nueva e instintiva que no conocía y se parecía al miedo: me estoy moviendo y me tengo que mover.
Se parecía al coraje, una mezcla de ambos.
A lo lejos, y quizá dentro del supermercado que tenía las puertas reventadas, paseaban más de ellos, siempre yendo, yendo, yendo, en una eterna búsqueda de otros humanos movientes.
La calle estaba vacía y los coches abiertos.
Un autobús se había estrellado contra la valla de los jardines de Murillo.
El mundo es una casa abandonada, pero las papeleras siguen esperándonos, pinchadas en el suelo.
Se habían abierto todas las puertas del establo, una noche cualquiera, y de pronto habíamos aprendido que no sabíamos correr.
Una Laia más pequeña, con todo mucho más claro que yo, tiraba de mí y decía: «Venga. Te tienes que ir. Venga».
Me puse en pie y anduve hasta la acera.
Me agaché junto a un naranjo.
Gateando, llegué hasta el escaparate de enfrente y pegué la espalda a él como una lagartija. Avancé de lado, sin dejar de temblar. Cada vez que oía pasos, frenaba y esperaba, petrificada, para saber si eran los míos.
Me metí en el primer portal que encontré abierto. Estaba vacío, excepto por el hombre muerto tumbado en la entrada del ascensor.
Al tropezarme con él, la respiración se me atascó y retrocedí. Fue un horror y un alivio comprobar que ya no se movería más; la puerta del ascensor, confundida, se abría y cerraba en automático sin parar, golpeándolo en los riñones.
Había vuelto la luz en el planeta. Duraría tan solo ese día y luego la perderíamos una semana.
Agarrada a la barandilla, subí por las escaleras del edificio intentando calcular el sonido exacto que hacían mis suelas contra el mármol.
La ventana junto a las dos puertas cerradas del primer piso daba a un patio de vecinos donde las sábanas de flores seguían tendidas y sin enterarse de nada.
En el interior de una de las casas del segundo, oí el pitido de una nevera quejándose.
Seguí subiendo.
La puerta abierta fue la del 3.º A. Al lado, la del 3.
º B aún tenía las llaves ensangrentadas metidas en la cerradura.
Desde la entrada, se veía el telefonillo y una escoba y un trozo de salón con libros tirados.
El sofá estaba intacto. El pasillo continuaba en una esquina tras la que podía esconderse cualquier cosa.
Un día atrás, el 3.º A de ese bloque del que no me sabía el número había sido la casa de Lorena y Gregorio y Julia, y yo, una semana después de ese momento, encontré sus nombres escritos en una invitación a un bautizo que nunca se celebraría.
Fui dando pasos hacia el interior como si el suelo fuese a deshacerse debajo de mí. Agarré la escoba, apoyada en la pared amarilla, y la sostuve.
(Diana).
Yo estaba esperando a que apareciera.
Mi madre torcería la esquina y vendría directa hacia mí; vendría, y no tendría cara ya: sería un lienzo limpio de carne y cartílago.
Lo que pasó, en realidad, fue que una persona salió por la puerta de la cocina.
Nos miramos. Creo que, antes de todo, nos tanteamos quietos como gatos.
Luego el chute de adrenalina nos sacudió a ambos de la manera más ineficiente posible: yo levanté mi escoba estúpida.
Él descolgó de un tirón el telefonillo y lo sostuvo.
Nos analizamos, esperando a que el otro avanzase, y no nos movimos ninguno durante un minuto de reloj.
El chico no podía llegar a los veinte años. Tenía el pelo rizado más sucio que había visto en años y eso no era justificable con solo doce horas de apocalipsis. Le crecían en la cara cuatro pelos. De lo alto y delgado que era se me asemejó a un saltamontes.
—Vete —me susurró, sin soltar el telefonillo.
Yo no podía saber entonces si él podía contagiarme lo que fuera. Posiblemente ya estaba contagiada y era tarde para mí. El chico fruncía el ceño y era la primera cara humana y viva que había visto en el nuevo mundo.
Agarré más fuerte mi escoba.
Solo en ese momento, en la entrada al 3.º A, me volvió todo el dolor que había aplazado: las piernas encogidas y la garganta arañada y los trozos de cristal de la mesa aún clavados en las manos.
—Vete —me ordenó otra vez.
—No. —Mi voz me sonó como de otra persona—. Me van a matar.
—¿Y qué me cuentas? Esto lo he encontrado yo. Estoy yo aquí. Vete.
La imagen de sus ojos vibraba bajo mis ojos secos. Llevaba horas sin beber agua y tenía desabrochados los cordones.
Se hizo un silencio en el que ya estaba todo dicho y yo no me iba a ir. Él no me iba a dejar quedarme. Asentimos, decidiendo que así sería, para entender que alguien tenía que golpear primero.
Entonces uno de ellos bajó por las escaleras y me agarró un brazo. Ninguno lo oyó venir.
—¡Joder!
Era otro hombre vacío que podría haber muerto en un ascensor. Alguien le había mordido la cara tanto que era imposible entender su gesto sin emociones. Era una máquina de matar con la respiración estable; era casi mi madre.
Todo pasó demasiado rápido: yo tiré de mi brazo y el hombre se vino conmigo.
—¡No, no, no! —gritó el chico.
Le estrelló el telefonillo en la cara. Una vez. Otra. No me zafaba. Están hechos para morir agarrando.
Tropecé y me caí al suelo y pateé sus piernas.
El chico le rompió dos dientes a telefonazos.
Arrancó la máquina de la pared. Le atizó con ella en la muñeca.
El puño del hombre se abrió y me liberó.
Yo me arrastré de espaldas sobre el suelo.
El hombre intentaba agarrar ahora al chico por la garganta con sus manos mordidas por alguien que seguramente conocía.
Tenía la fuerza de quien había sido entonces, ninguna más.
Era el hijo de alguien y el padre de alguien y un brik de leche vacío.
El chico le dio otro golpe en el centro de la cara y el hombre perdió el equilibrio y cayó.
Luego cerramos la puerta.
El chico se volvió hacia mí.
Iba a echarme fuera con el hombre de nuevo, así que agarré la escoba y le di un palazo en la cara. La nariz empezó a sangrarle como una fuente.
—¡Joder!
Me puse en pie como pude, medio resbalándome. Él alargó un brazo y decía:
—¡Ven, hija de puta! ¡Me cago en…! ¡Ven aquí! ¡Ni se te ocurra!
Corrí hasta la esquina. Atravesé sin parar un pasillo oscuro con tres puertas y me metí en la última.
Cerré tras de mí y eché el pestillo. El chico llegó un segundo después y aporreó la puerta durante un cuarto de hora completo, con una hemorragia nasal imposible, sin cansarse. Al rato, lo oí decir:
—Esto no para, no para de sangrar…
—Agárrate como una pinza —le dije— en el puente y mira para delante. Pon la cabeza para delante. No te la tragues.
—¡Me sabe la boca a puta sangre, me cago en tus muertos! ¡Me cago en tus putos muertos, hija de puta!
—No te la tragues.
Doce horas después de que se acabase el mundo, estaba sentada en el suelo de la habitación de una niña.
Las paredes me miraban, forradas con pósteres de bandas de kpop, y todavía estaba encendido el flexo del escritorio cubierto de apuntes de Naturales.
Había estado a punto de morir por culpa de David Bisbal.
Enfrente de mí, en un espejo ondulado, se había sentado alguien desconocido hecho un desastre de heridas y sangre seca y el pelo recién teñido de rosa coral. Y era yo.
Después de eso, lo vomité todo sobre la alfombra.