Capítulo 1. Laia #5
No teníamos nada que ver, Lucía y yo, claro, y no íbamos a tener que ver solo porque compartiéramos un espacio específico.
Me pasé la tarde en el sótano persiguiendo a una cucaracha y tuve la suerte de que Julio, que había huido de natación, me bajase zumos y sándwiches de Nocilla.
Le perseguía un niño muy pequeño que se pasó la mitad del tiempo intentando descubrir cómo funcionaban las escaleras.
Luego Julio huyó otra vez, cuando la cucaracha se le acercó y su vida corrió peligro, y dejó al niño allí conmigo.
—Eh, tú.
Tendría cinco años, pero era valiente e intentaba tocar al bicho. Se metía debajo del sofá para alcanzarlo.
—¿Cómo te llamas? —le preguntaba yo. Él iba a lo suyo, muy sonriente—. Eh, ¿cómo te llamas? ¿Sabes hablar?
Nicolás Mena era sordo. No sabía hablar yo con él.
Hacía ruidos por ese entonces, inconexos, y me lanzaba signos que yo no entendía, moviendo las manos.
Era el bebé sobre la trona junto al fantasma.
Yo pensé que estábamos jugando a alguna cosa y acabamos comunicándonos a nuestra manera.
Cuando ya habíamos atrapado la cucaracha, Nico intentó decirme algo en lengua de signos y la señaló, y yo insistía en decírselo de otra forma.
—No. Cucaracha. Así porque tiene antenas, ¿ves? Son como pelos gordos.
Diana lo encontró allí conmigo, en el sótano oscuro. Yo me levanté al verla, nerviosa, porque teníamos un protocolo establecido y yo tenía que ser de alguna manera delante de Diana. Nico corrió a enseñarle la cucaracha en el vaso. Ella le dijo algo con las manos.
—Toma. —Se acercó para devolverme la cucaracha que pataleaba contra el cristal—. Gracias. Es que nos vamos a ir ya.
—No es mía, es de aquí. La hemos visitado porque estaba aquí sin nadie.
—¿La pongo en el suelo?
—No, dámela, porque a lo mejor… Pues a lo mejor le doy de comer y eso, que yo sé qué comen.
Después del verano de natación, me encontré con que no sabía extrapolar ninguna de mis pautas con Diana a ningún otro escenario que no incluyese ese verano y la piscina.
Se transformó en una competencia vacía; le dio el frío y se solidificó.
Cuando volví a tenerla enfrente, en la fiesta de cumpleaños de Lucía Regalito, sentí una vergüenza enorme que me estiró como un martillo.
Quería darle un zumo y quería decirle que se mudara fuera de mi urbanización, todo junto, pero lo que le dije fue:
—¿Es tu hermano? —Diana asintió—. ¿Cómo se llama?
—Nicolás.
—¿Y no habla todavía?
—Sí —me dijo—, pero no te puede oír. Tienes que hablarle en lengua de signos.
—Ah. Claro, pues ya lo sabía.
—¿Sabes lengua de signos?
—No, pero casi sé. O sea, un poco, pero casi casi.
Diana tuvo que tocar la espalda de Nico para que dejase de arrastrar pelusas bajo el sofá. Hablaron de algo más y él recogió su jersey del suelo. Ella se despidió por ambos:
—Adiós, Laia.
Mi nombre en su voz me despertó un bochorno especial que hasta me enfadó. Luego me quedé viéndolos marcharse, allí tiesa en el sótano de otra persona. Un segundo antes de que empezasen a subir por las escaleras, tuve un impulso y le pregunté:
—¡Oye! ¿Qué significa esto?
Y traté de hacer con las manos el gesto que Nico había repetido con la cucaracha.
—«Insecto» —dijo Diana—. Es… —Lo repitió ella, mucho mejor—. Así. Insecto.
Abrí los ojos. Pensé: «Sí. Insecto». Al fin alguien reconocía la identidad de las cosas.
El tío Ángel no se fue de casa de Olivia. Me resultó raro el día que me lo contó, porque yo veía a su padre y a mi padre como dos proyecciones de una misma persona. No podía imaginarme que un día mi padre se movió y el tío Ángel se quedó quieto.
Tenían juntos una empresa de puertas.
Papá me vino a recoger al verano siguiente para llevarme a Cazalla y recuerdo parar por el camino en la nave de las puertas, que era un espacio enorme lleno de puertas y más puertas que no llevaban a ningún sitio.
La abuela me decía, untándome mantequilla en la tostada:
—A tu padre lo vas a entender tú. Le has salido tú para entenderlo. Desde pequeño un alma libre, un alma libre sobreviviendo a yo qué sé qué por aburrimiento. Se va a enterar algún día el Ángel.
—Mi padre es Juan.
—Pues lo que te he dicho.
La primera noche que soñé que se acababa el mundo, dormí en la cama grande con mamá y al día siguiente me desperté en su habitación. Tenía diez años. Soñé, en realidad, que algún día ella querría matarme.
Esa mañana, cuando me acerqué a la cómoda, vi otra vez, después de mucho tiempo, la cocina de los vecinos del fantasma.
Ya no había trona junto a la mesa y sentí que era una imagen infinitamente más pequeña y estática de lo que yo creía que había sido.
Era una ventana a una cocina de otra gente, nada más.
Diana estaba allí. Preparaba algo con leche sobre la encimera.
La miré un minuto, creo, o una docena, casi con la misma cara con la que había mirado al fantasma de los pies de cortina. Pensé en su mancha de nacimiento con forma de trozo de tarta de queso y en todos los tipos de magia que ahora se disipaban porque teníamos que crecer.
Entonces ella me miró a mí. Se volvió, como si lo notase.
«Te veo».
Yo me agaché tan rápido que me clavé un tirador en el nervio del codo.
Me encogí allí, tras la cómoda, con el corazón en la boca y la habitación de mi madre en completo silencio. Sentía el vaho al principio del estómago y un dedo limpio firmando su nombre en él. Los doscientos escarabajos me subieron por el brazo hasta el hombro.
Al principio, el mundo fue eso: yo, la piscina y Diana.
Eso era el mundo.
Era un buen mundo.