Aunque se acabe el mundo Capítulo 1. Laia #4
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Capítulo 1. Laia #4

Diana y yo nos enamoraríamos algún día, y algún día ella estaría en Alemania y no me cogería el teléfono y, entonces, todos, hasta la gente de los anuncios de la televisión, descubriríamos que somos escarabajos en un tarro de tomate frito.

Pero esa tarde, Diana tenía ocho años y me miraba antes de que yo me estampase contra el agua.

De fondo se oía el murmullo de los pasos, de las voces y los chorros que rellenaban la piscina que dividía en dos el mundo.

Luego, al final de la clase, como todos los días, me ganó.

—¿Son ranas seguro? —me preguntaba Oli.

—Sí.

—Pero parecen pescaos.

—No, antes de las ranas son espermatozoides y luego les salen las patas.

—¿Y la cola se la quedan?

—Algunas solo.

—¿Y dónde dejan las que no se quedan?

—En el fondo marino.

Las semanas de ese verano que pasamos en Cazalla de la Sierra obligué a Olivia a meterse en la piscina del cortijo bastante más de lo que alguien debería meterse en esa piscina.

Era un caldo de agua sin cloro y paredes de musgo, abandonado desde que el mundo era mundo. De vez en cuando le surgían renacuajos.

Como Oli me imitaba los ejercicios, asimiló que tirarse de cabeza era estrellarse, y se estrellaba muy contenta, por falta de referencias. Yo quería entrenar para ser la más rápida de natación al volver a casa.

—¡Ahora toca la voltereta!

Oli asentía con muchas ganas, apretando los puños del frío.

—¡Vale!

—Es solo para nueve años. Tú no la puedes hacer hasta tu cumple, ¿vale?

Si abrías los ojos en la piscina del cortijo, descubrías un sitio extraño y vivo.

He pensado en eso estos días, en ese punto que conectaba con otro plano: la Vía Láctea y verde, con sus partículas planeta, entre un mar de aspirantes a rana.

Flotar ahí era como bajar al tiempo antes de la vida, pero luego necesitabas oxígeno.

—¡La has hecho casi! ¡Lilia! —Olivia se agarraba al bordillo—. ¡Ha sido muy guay pero casi has volado un montón!

—He tocado el suelo del final.

—¿De verdad? ¿Y hay cosas?

—Sí, pero se me ha caído el chicle y a lo mejor se pegan los espermatozoides.

Me acordé de él algunas noches de ese verano, de mi escarabajo con nombre compuesto que se había ido por el váter.

De Diana, también, porque lo encontró. Todo lo que tenía que ver con Diana ahora me volvía detective.

Me dije que quizá el que me dio ella era otro, pero eso no cambiaba el final del váter; y, en general, fuera quien fuese ese escarabajo, yo no creía que estuviese bien que alguien se fuese por un váter.

—Voy a fundar un zoológico —le expliqué a Olivia, cada una en su cama—, como El Castillo de las Guardas. Porque entiendo muchísimo a los animales, y cada vez ellos me entienden más. Porque estoy entrenando.

—Ya —susurró Oli—. Es verdad.

—Y además ahora puedo nadar muy rápido y así a lo mejor algún día nado con tiburones.

—Volví la cabeza sobre la almohada y la miré.

Tenía la ventana enfrente y podía ver sus ojos marrones y sus trenzas revueltas y rubias en la oscuridad—.

Cuando yo haga mi zoo, tú me puedes ayudar a hacer entrada.

Yo lo que quiero es que los animales entren todos los días y luego se vayan a la hora de cenar. ¿No se entiende perfectamente?

—Pero entonces se van a escapar.

—No —dije, y sentí que ya lo había entendido—. Si se escapan es que querían irse.

Olivia pestañeó, hecha una empanadilla de sábana.

—¿Y dónde van a irse a cenar los tiburones?

Las vacas seguían allí, como todos los años, en la finca de al lado.

El calor las hacía parecer una de esas confusas postales en 3D, como si, al acercarnos a ellas, fuésemos a confirmar que nos las habíamos imaginado.

Los días que no estábamos en el pueblo con la abuela, Oli y yo hacíamos el camino por el campo y nos subíamos a la valla para mirarlas.

Revoloteaban los mosquitos y se oían las cigarras.

—Están encerradas —decía yo.

—Bueno —decía Oli—. Pero están comiendo muchísimo.

Una noche de esas, la convencí para hacerlo: había que dejarlas escapar.

Lo tenía muy claro, como el secreto de la mancha sobre el ojo, y después de ese tipo de secretos, cumples los diez años y ya no se consigue tener así de claro nada. Olivia se negó y luego aceptó, y luego dudó, y luego salió en medio de la noche conmigo, y luego se quedó ahí.

—Nos van a reñir, Lilia —susurró—. Porque son de otra gente y se pueden hacer daño.

—No son de gente. Las vacas tienen cerebro también.

—¿Y si viene la policía? ¿Y si nos siguen hasta Sevilla por lo menos? Yo tengo cole el cinco de septiembre.

Oli alzó las cejas y así me vio irme, con las cejas levantadas.

La valla de madera que rodeaba el terreno me raspó una pierna cuando la trepé.

Todavía, si me la busco con los dedos, soy capaz de encontrar la cicatriz.

Corrí en pijama y zapatillas hasta el establo del dueño de las vacas, que era una cabaña enorme bajo ninguna luz.

Dentro se oía el murmullo de un movimiento conjunto y estable.

La puerta estaba abierta y, tras atravesarla, me las encontré a todas allí, separadas por un pasillo ancho y largo, dos bloques de vacas que no dijeron nada y no parecieron sorprenderse.

Me miraron algunas y yo las miré. El silencio del rebaño es un silencio cómodo, como el murmullo de la nevera en otra habitación.

Pasé un buen rato buscando una puertecilla y la encontré, al final del pasillo.

Abrí el pestillo y entré a una primera zona llena de paja y pienso.

Después les desbloqueé la puerta y me quedé allí, de pie.

Las observé, con mi prisa humana, un rato en el que pensé que iban a ocurrir grandes levantamientos libertarios y migraciones.

Ninguna vaca hizo nada.

Muy rápido, retrocedí e hice lo mismo en el bloque de la derecha, y entonces estuvo todo hecho. Las puertas estaban abiertas de par en par. Les dije:

—Venga. —Me miraron. Ni siquiera eso: la mayoría siguieron dormidas—. Venga, rápido. Rápido. A salir.

Las vacas siguieron existiendo sin inmutarse y yo no lo entendí, porque estaban allí encerradas y parecía un sitio muy poco recomendable.

Una de ellas, la que estaba más cerca de la puertecilla, era marrón y tenía una mancha blanca grande que le partía en dos el morro.

La seleccioné. Tiré de ella como pude, dándole palmaditas para que saliera.

—Venga. Venga…

Fue un espectáculo tan lento que no tuvo ni gracia. Mientras recorríamos el pasillo, la vaca se fue distrayendo con los restos de pienso, y luego, cuando alcanzamos el exterior y la golpeó el aire, nos miramos.

La recuerdo. Su cara de frente, la mancha blanca, bajo la luna, tan grande.

—Vete —le dije—. Te tienes que ir, venga.

Le señalé el campo que seguía hasta convertirse en colina.

La vaca no se movió.

Se hizo un silencio enorme, de grillos y nada más, mientras las dos estábamos allí y nadie hacía nada, y yo no podía entender por qué no se iba.

—Venga, mira, te tienes que ir —le repetí—. Ya no estás encerrada. Ahora te puedes ir por fin con tu familia. Yo me llamo Laia Bayón. Y te veo por ahí cuando vengo y he venido a por ti para salvarte. Y ahora tú te vas. Venga. —Empecé a andar para ver si me imitaba—. ¡Venga!

He soñado también con esa noche: la vaca y el campo oscuro.

El establo abierto detrás. Pensaba con tanta fuerza: «Hay que conseguir que las cosas no acaben yéndose por el váter», que intentaba transmitírselo con todo lo que yo era, y quizá ella, con todo lo que era, intentó transmitirme otra cosa también.

Pero eso fue lo que pasó: les abrí las puertas a las vacas y se quedaron quietas. No quisieron la libertad de no saber a dónde ir y separarse y descubrir que el planeta está preparado para hacerse grande y distinto bajo otra luz. Y ahora yo tampoco la quiero.

—¡Laia!

Olivia me chistó desde la oscuridad.

— Laia .

Di un paso atrás, asustada. Pensé: «Me ha hablado». Luego pensé: «La policía». Así que me fui corriendo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Oli cuando me vio llegar—. ¿Te han mordido?

—No, ¿qué dices? Pero me he hecho daño antes. Ahora te lo enseño…

—¿Mucho?

—No, pero con sangre.

Antes de subir la valla y volverme al cortijo, me giré una última vez y la vi allí aún, la silueta quieta de la vaca que no se quiso ir. Mirándome.

Las clases de natación se habían acabado cuando volvimos a la urbanización. No quedé primera nunca: entrené y luego la piscina estuvo vacía.

Dos meses después, mis padres empezaron a separarse como si no hubiesen empezado a hacerlo mucho antes de empezar a juntarse.

El cambio se pareció, en realidad, a devolverle al videoclub la película que nos habíamos quedado.

Papá se fue a vivir a Cazalla y a partir de ahí solo lo vi un mes al año.

Mamá me dejaría dormir en la cama grande y diría que no pasa nada, que probásemos otra vez.

La tía Luisa obligaba a Olivia a llamarme, de pronto, y hablar con Olivia por teléfono era incomodísimo, incluso siendo mi persona favorita del mundo. Me preguntaba:

—¿Estás triste? Porque tu padre no está…

Yo le respondía:

—No. —¿Estaba la gente triste por eso?—. ¿Y tú?

Volví a ver a Diana el día del cumpleaños de Lucía Regalito. Quizá coincidimos otras veces en el aparcamiento o al salir por las mañanas para ir a clase, pero no hablamos otra vez hasta ese momento.

La madre de Lucía Regalito era una de esas madres que salían al patio con sus hijos solo para mirarlos fijamente.

No le gustaba yo, porque llevaba una caja con bichos, y no le gustaba mi madre porque se olvidaba de las reuniones de la comunidad de vecinos.

Ese año, y ningún otro, nos invitó al cumpleaños como compensación social por el divorcio.