Capítulo 1. Laia #3
Durante tres meses de un año y nunca más, los vecinos de la urbanización decidieron contratar a la prima de la sobrina de alguien como profesora de natación infantil.
Se llamaba Inés y usaba crocs verde fosforito.
Esa era toda su identidad. Inés tenía la costumbre de aplaudir al final de cualquier cosa; si hablabas con ella también aplaudía al terminar la conversación, pero era un aplauso como de cierre, sin mucho cariño.
Solía traerse a la piscina un altavoz pequeño para el móvil en el que ponía flamenco, y era una experiencia rara escucharlo bajo el agua, en cada brazada.
Cada día fabricábamos en natación un nuevo remix de flamenco.
—¡Laia Bayón! —me decía, cuando me veía llegar—. ¡El chiclecito a la papelera y para la ducha!
—¡No tengo hoy!
—¡Anda que no! ¿Y qué estás masticando?
—¡La lengua!
—¡Tienes tú más cuento que el Quijote!
Por aquella época yo me tragaba cinco chicles al día y si algo hizo Inés fue poner el suficiente interés como para quitármelos. Julio, que era incómodamente alto para tener ocho años, me contaba en las duchas:
—Un hombre se murió una vez porque se le pegaron los órganos de comerse los chicles.
Creo que no volvió a la piscina porque le respondí:
—Se muere mucha más gente nadando.
Al final de cada clase, los alumnos de natación hacíamos una competición para ver quién llegaba más rápido al otro lado de la piscina. Inés le regalaba al ganador un sobre de Peta-Zeta, que es, más o menos, el punto intermedio entre un jamón y un Ford Focus.
Diana ganaba siempre.
Yo estaba allí, en realidad, porque el clarinete requería que alguien hiciese un hueco en su horario que no había hecho nunca.
A mis padres les habían prohibido la entrada al videoclub del barrio por no devolver una película en año y medio.
Lo de la piscina, por lo tanto, era mucho más sencillo de recordar, ya que estaba pegada a la puerta.
A mí el agua estática y reconcentrada en sitios siempre me había interesado más bien poco; veía la piscina desde la ventana como un trágico cementerio de avispas.
Las competiciones para llegar al otro lado, sin embargo, me las tomé tan en serio que estuve cerca de romperme un diente contra el bordillo.
—¡Laia, mira! —me llamaba Inés, y aplaudía—. ¿Has visto cómo se tira Diana? Con los brazos por delante, por delaaante.
—No me gusta tirarme así. ¿Cuándo vamos a aprender a tirarnos con volteretas?
—Pues nunca, cariño, porque para romperte la cabeza ya tienes el resto del día.
—Inés Aplauso se entretenía y se agotaba conmigo.
Diana volvía entonces, empapada y con las gafas de buceo, andando por el bordillo—.
¡Diana, enséñale a Laia un poquito, anda!
¡Las dos! ¡Poneos las dos! ¿Vale? ¡Lucía, los brazos primero!
¡Venga! ¡Seguimos! ¡Esther, a un pasito!
—Inés me atrapaba y me colocaba con un tirón—.
Laia, venga, cariño, pon de tu parte, que eres un dolor.
Mientras nos preparábamos, yo miraba a Diana de reojo. Me parecía un ente alienígena, completamente distinto a lo que yo era, que sabía tirarse de cabeza y se bajaba un peine a la piscina. Estaba preparada para todas las cosas del mundo. A mí nadie me había comprado gafas para bucear.
Inés soplaba el silbato.
—¡Al agua!
Diana entraba en la piscina como una ola. Yo me estampaba con un ruido de ventosa al vacío.
Diana Mena venía entrenada de otra vida en existir correctamente.
Cuando teníamos ocho años (y ya no era un fantasma), se transformó en una idea aún más incómoda que, sin intentarlo siquiera, fue despertando en mí todas mis incomodidades adyacentes.
Abría la cancela de la piscina a la primera y ordenaba sus cosas sobre el césped.
Nunca dudaba al meterse bajo la ducha y hacía bien todos los ejercicios, incluso la mariposa de espaldas.
Me fastidiaba que no le molestase lo poco que Inés nos dejaba usar los churros de piscina; quería ver su rebelión rara y humana, que se tropezase en la escalera.
La observé mucho ese verano sin fiarme, y cuando coincidíamos en la ducha contaba hasta cinco para contestarle el saludo.
—Hola —me decía.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
—Hola —decía yo, y esperaba que hubiese entendido esa pausa.
Diana era silenciosa y atenta. Tenía una mancha roja y grande sobre el ojo izquierdo.
Lucía Regalito, que la llamábamos así porque siempre llevaba un lazo en la cabeza, solo quería hacer equipo con ella y no la dejaba en paz.
Diana le sonreía solo con los labios mientras se veía arrastrada por el bordillo.
En realidad, no necesitaba los churros de colores. No luchaba por ellos porque no los necesitaba.
Me hacía sentir una incomprensión inexplicable su manera de abordar el mundo, desde el extremo contrario, desde el color opuesto al mío, desde el otro lado de la piscina.
—¡Venga, cuando toque! ¡Ricardo, un paso atrás! ¡Tres, dos, uno…!
Recuerdo el ruido de motor de las piernas de todos nosotros estrellándose contra el agua y el flamenco, y mi corazón rápido en las costillas.
El vacío botando de oreja a oreja. Volver la cabeza, estirar un brazo y estirar el otro y estirar el otro.
El universo centrifugaba. De pronto, Inés soplaba el silbato y yo tocaba el bordillo y el suelo.
Tocaba. Miraba hacia arriba. Cogía aire.
—¡Diana Mena!
Había ganado otra vez.
—¿Cómo te lo has hecho?
Hubo una tarde en la que las dos estuvimos sentadas en una tumbona mientras anochecía.
La puerta de mi casa estaba cerrada porque no había nadie dentro, y no lo habría hasta las diez de la noche.
Yo no tenía más que el bañador. La toalla de Hannah Montana no se secaba del todo, era una chapuza llena de tinte de mi madre.
Diana no me dijo por qué se quedaba ella, pero estuvo allí conmigo esa tarde, y sé que esperamos juntas en silencio un rato como si fuese a pasar un autobús.
Le analicé la cara de reojo. Luego se lo pregunté.
—¿El qué?
—Esto —le dije, y me señalé sobre el ojo—. La herida.
Pensó un poco, porque quizá nadie se había atrevido aún a preguntárselo.
—No me la hice —dijo—. La tengo desde siempre, desde que nací.
—¿Y no se ha curado en todo el tiempo?
Entre nosotras había un escaparate, un espacio vidriado entre su hombro y mi hombro.
—Es una mancha.
—¿Una mancha de qué?
—De la piel.
Había ganado también ese día. Yo pensaba entonces que escondía cosas y que manteníamos una competición no dicha pero muy importante, así que no podíamos sentarnos al lado y hablar sin más. Pero hablamos sin más.
Intenté fijarme en ella para encontrar su secreto, aunque pareciese tan solo una niña.
—¿Y duele? —pregunté. Diana negó con la cabeza—. Ah. Pues a lo mejor da muy buena suerte. —Balanceé las piernas y me las miré—. Mi abuela tiene un jarrón en su salón donde hay un muerto y dice que le da muy buena suerte. Por eso gana al parchís, pero a veces gano yo mucho más.
—¿Tiene un jarrón tan grande?
—No, es pequeño, pero el muerto está derretido. —Me sentí un poco más inteligente que ella por saber eso. La mancha sobre su ojo era como un trozo de tarta de queso visto desde arriba—. ¿Tú crees que es un tatuaje?
—No —dijo.
—A lo mejor lo es.
—No, porque la tengo desde siempre. Hasta en las fotos de pequeña.
—¿En todas?
—Sí.
A mí me sonó a que algo escondía con eso.
—Pero cuando naces no te acuerdas de las cosas —respondí—. A mí mis padres me hicieron los pendientes y no me lo contaron. Si naces y te hacen un tatuaje, se queda para siempre porque es tinta y está debajo de la piel, y a lo mejor…, pues eso.
Diana no entendía por qué estaba intentando convencerla de que tenía un tatuaje.
—Mi madre dice que es una mancha de nacimiento —volvió a explicar—. A veces pasan porque es como un lunar. Sigue por aquí hasta debajo del pelo.
—¿En serio?
—Sí, mira.
Ella se apartó el pelo castaño y yo me acerqué para ver: la piel se le teñía de rojo debajo también.
En ese momento, pegada a la cristalera de nuestro escaparate, sentí que Diana Mena me estaba ganando todo el rato en dos cosas: en la carrera de natación y en haber nacido con un tatuaje.
Se oían ventanas cerrándose y el ruido de la depuradora de la piscina.
El sol se estaba yendo y, mientras miraba la mancha de Diana tan de cerca, me invadieron la vergüenza y el orgullo.
Me erguí y me apoyé en las manos. Decidí, de golpe: «Ya no voy a hablarle nunca más».
No quería que pensara que a mí su mancha de la suerte me gustaba en ningún sentido, como ella le gustaba a Lucía Regalito y a Inés y seguramente a Curro Charmander, mi exescarabajo.
Yo tenía con ella una competición no dicha, pero muy importante, y todo lo suyo me parecía fatal.
—¿Te lo quieres comer tú? —dijo Diana, al cabo de un rato.
La miré. Me estaba ofreciendo el Peta-Zeta.
—Yo hoy casi gano nadando —le dije, mientras se lo arrebataba—, pero no tengo una pierna bien porque me picó una araña muy grande.
El jueves, al volver a clase de natación, salí de casa con la mitad de la cara pintada de cera roja. Inés, que ya tenía los resortes prefabricados para cada uno, me gritó que tirase el chicle y ni se fijó en mí, aunque la mitad de la cera se me borró en la ducha.
Cuando hicimos fila para tirarnos de cabeza a la piscina, Diana me miró.
No puedo olvidar cómo lo hizo. Esa tarde yo estaba segura de que había encontrado el secreto, y la miré de vuelta y levanté la barbilla, en un desafío, porque quería ganarle y conquistar la piscina, y quería que ella lo supiera.