Aunque se acabe el mundo Capítulo 1. Laia #2
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Capítulo 1. Laia #2

La abuela nos contó alrededor de cien veces que su abuelo había sido un hombre inglés (o medio inglés, o un cuarto de inglés; era una historia con licencias), y que había trabajado en la mina del Cerro, en San Nicolás.

Decía, con la foto en la mano, pegada al pecho: «Y al final se murió por diabetes». Menos mal que solo nos dejó los ojos.

Cazalla era un pueblo pequeño y blanco entonces, como un tubo de pasta de dientes, perdido en la sierra de Sevilla.

En la mayoría de las calles, apenas cabía un coche, y en la esquina en la que giraba el autobús yo pensaba siempre: «Hoy no lo consigue».

Había una iglesia vieja que se dejaba conquistar por las plantas.

Los cajeros desentonaban, eran el hierbajo conquistador de un mundo distinto.

Olivia intentó liberar a nuestro escarabajo pelotero esa noche. Abrió el tarro en la ventana de su cuarto, o casi lo llegó a abrir.

—¡Se quiere ir con sus padres! —me dijo, cuando yo se lo quité—. Van a venir a por él. Si te lo quedas te van a venir y además seguro que no se llama Curro Charmander.

—Tú no lo sabes. Eres una gallina porque él no sabe dónde está su casa.

—¡Pues no! ¡Pues, Lilia, él se quiere ir!

El escarabajo se levantaba y tocaba sus paredes de cristal. Todo era ruido y movimiento confuso para él. Como para nosotros, ahora.

—No se puede abandonar porque sí a la gente.

Me llevé a Curro Charmander a Sevilla.

A mi madre le hizo poca gracia porque un par de meses atrás había liberado un hormiguero en la alfombra y aún salía una fila de hormigas de los huecos del televisor.

Papá, que de vez en cuando recordaba que yo seguía allí y no era de alquiler, dijo que había que apuntarme a clases de clarinete para que me olvidase un poco de las cosas que están vivas.

«Los bichos —decía—, son una guarrería, Laia.

Se comen las guarrerías». A mí la palabra clarinete sí que me parecía una guarrería de verdad.

Nadie tenía tiempo en casa para llevarme a ningún lado, de todas formas: mamá trabajaba por las tardes.

Papá se ponía la chaqueta y me revolvía el pelo y se iba indefinidamente.

Yo estaba en la urbanización, siempre en la urbanización, como un insecto nuevo y libre buscando vida y más vacas.

Cuando me plantaba en la caseta del portero y le robaba las cartas, él me preguntaba:

—¿Es que no hay nadie nunca ocupándose de ti?

—Pues tú, porque te pagan.

La casa estaba vacía. La puerta estaba encajada.

Daba vueltas en bicicleta al rectángulo de edificios y a la piscina.

A veces se hacía de noche; eran las once, de pronto, y no me habían llamado para cenar.

Estaba sola. Si el viento cerraba la puerta, no podía entrar hasta que volvieran, y en ese momento nada daba miedo, ni siquiera eso, quedarse a vivir en los arbustos.

Me hacía a la idea: viviré en los arbustos para siempre.

El resto de los niños salían a las cinco y desaparecían antes de las ocho de la tarde.

Sus madres los miraban desde lejos y yo las miraba a ellas, sin entender muy bien qué querían, porque había que querer algo para mirar.

Por ejemplo, yo quería que el fantasma se diese cuenta de que lo podía ver.

Eso me ponía un paso por delante, en mi competición secreta con el fantasma.

Las madres de los niños llegaban, los miraban, se los llevaban.

Tenían un ritual raro y presencial que yo no entendía.

—¿Te has comprado los libros de primero? —preguntó mi padre en una cena—. Cómo molan, ¿no?

—Tercero —le corrigió mamá.

—Eso, tercero. Que es lo mismo.

Entre ellos existía una relación de conductores de autobús: se asentían y continuaban.

—¿Puedo llevarme a Curro Charmander a clase? —dije—. La profe me dijo que yo no puedo tener más porque se me murió Rosario, pero es que Rosario se tiró por la ventana.

—No es buena idea, gusanito, ¿vale? Está caliente, sopla. —Mi madre solo me vigilaba cuando comíamos sopa y eso tenía sentido para mí—. Te vas a quemar.

Papá, mirando el móvil, murmuró:

—¿Ese Curro quién es?

El escarabajo estaba metido en una caja de zapatos. La habíamos decorado con tierra y hojas secas, mamá y yo, y hecho agujeros en la tapa.

—No lo saques ahora, Laia —dijo ella, cuando la abrí—. Que estamos cenando.

—Es que tiene calor.

—Estamos cenando.

—¡Papá, mira! Es grandísimo, pero es de Oli, lo que pasa es que se lo estoy guardando.

Mi padre se irguió en su silla mientras me obligaban a dejarlo en su sitio.

—Lilia —empezó a decirme—. ¿Qué hablamos sobre los bichos? No iban a entrar más bichos en casa, ¿no?

Levanté la cabeza y lo miré entonces, sin pestañear.

—Yo lo guardo en mi cuarto y se está callado todo el rato.

—No, pero hablamos de que no iban a entrar más bichos. ¿Tú te acuerdas de que te lo dije?

—No. Está viviendo en mi cuarto.

—¿Y tu cuarto dónde está? —Cuando mi padre quería reñirme entraba en bucles poco útiles, como limpiar los cubiertos con la servilleta—.

Las casas valen dinero y el que paga el dinero se queda la casa, ¿no?

¿Tú estás pagando el dinero? A mí no me pagas dinero por tu cuarto.

Entonces no es tu cuarto, es mío. Si quieres, un día me lo pagas, pero yo hablé algo contigo.

En mi casa no quiero más bichos, ¿eh? Lo hablé contigo.

No recordaba haber hablado con él de nada nunca. La mesa de la cocina entre nosotros parecía infinita. Daba igual dónde estuviéramos: siempre hubo una mesa de cocina entre mi padre y yo. Pensé: «¿Cómo no va a ser mía la casa, si firmo en los cristales?».

—Pero no es un bicho —le dije, bastante segura—. Es un insecto.

—Bueno, Laia, venga —dijo mamá—. Termínate la cena, anda, que se te enfrían los fideítos.

Él bufó, como si yo ya no estuviera ahí:

—¿Tengo que cenar con el bicho? ¿Ahora tengo que cenar con el bicho en la mesa?

Mi padre no sabía gritar. Habría sido más interesante si hubiese gritado algún día. Tenía ese tono estático, indiferente, de azafato de vuelo. Toda su amalgama de emociones sonaba a señalar dónde está el chaleco salvavidas.

Tampoco podía gritarle yo, en consecuencia, porque habría estado fuera de lugar.

Era el director de marketing; decía: «Tiene que ir a clarinete», y se felicitaba: «¡Qué buena idea esa del clarinete!

», y dormía mucho más tranquilo. Gritar pide un poco más de implicación.

Pensé en algunas ocasiones, mirándolo hacer algo como apagar el rúter, que no podía estar segura de si no era, en realidad, el tío Ángel; y si era alguna vez el tío Ángel, pensaba luego, tampoco eso habría cambiado nada.

No teníamos álbumes de fotos en el salón.

Mis padres eran despreocupados y pasivos e incapaces de gritarme.

Habían establecido, algún día en el que se fueron y yo sobreviví, que podía hacerlo: aunque no me mirasen, yo me las apañaba y sobrevivía.

Ninguno, en realidad, había nacido atento, pero mamá siempre respondía a mi llamada.

Me decía tranquila, si tenía la pesadilla en la que veía todo esto:

—No te preocupes, gusanito. Vamos a intentarlo otra vez.

Papá tiró a Curro Charmander a la calle.

Al día siguiente, al volver de clase, ya no estaba allí.

Encontré la caja de zapatos metida en la basura.

Lo busqué debajo de las camas y en los cajones, en la nevera y entre los cojines del sofá.

Salí al patio. Corrí hasta la caseta del portero.

Llamé al timbre de la casa trece, porque allí vivía Esther y se lo había enseñado el día de antes.

Su madre me dijo que estaba en clase de clarinete.

Empecé a buscar en los matorrales frente a mi casa y pensé que podía estar enterrado en la tierra, esperándome, y escarbé; me manché las manos y el uniforme del colegio de tierra.

En algún momento, alguien se acercó por el empedrado. Se me quedó mirando, primero, y yo no me volví. Luego dijo:

—Es tuyo, ¿no?

Diana Mena encontró, de alguna forma inexplicable, mi escarabajo negro.

Se caería al váter dos semanas después y a eso no sobreviviría, pero en ese momento estaba entre sus manos. La recuerdo allí, de pie, al otro lado de los arbustos recortados, con el pelo castaño y recto, un dedo por encima de los hombros. Me levanté a trompicones.

—¿Dónde estaba? Se fue muchísimo —le dije, atropellada—. Estaba mirando en todo y en el patio. ¿Dónde lo has visto?

—Por ahí —respondió—. Por el suelo.

—¿Se veía?

—Estaba en donde el césped y me acordé de que lo vi en tu caja.

Me lo intentó dar, pero el escarabajo se cayó al suelo y tuve que agacharme para atraparlo.

—Corre muy rápido porque tiene muchas patas. Es que es del campo —le expliqué—. Se llama Curro Charmander. A lo mejor se convierte en mariposa dentro de una semana o tres, más puede que tres.

Diana dudó un poco, atenta.

—Yo creo que los escarabajos y las mariposas son cosas distintas.

—No. Son los dos insectos.

No había hablado con ella en mi vida. No tenía ni idea, de hecho, de que Diana era mi fantasma. Un camisón blanco heredado de una hermana mayor visto de lejos hace mucho; todos los fantasmas pasan, antes o después, por ser personas.

Desde sus ojos, yo tuve que ser ese día esta mancha de pelo y barro con una falda gris del revés, pero ella, incluso entonces, era Diana.

Fue la primera vez que nos miramos.

Me dijo, señalando la puerta:

—¿Esta es tu casa?

Yo me volví.

—Sí.

—Se ve desde mi casa.

—No, porque yo no te he visto en la cocina.

—¿Qué? Sí, mira. Están enfrente.

Lo medité, mirando su puerta al otro lado de la piscina.

—Bueno, te enseño más a Curro otro día, ¿vale? Que me tengo que ir —le dije, y salté los escalones. Luego pensé, al contárselo a mi madre, que quizá había ventanas desde las que nos veía otra gente en las que yo no estaba firmando.

El mundo se configuraba así: yo, la piscina y Diana.

Nos apuntaron a las dos a natación el verano siguiente.