Aunque se acabe el mundo Capítulo 1. Laia
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Capítulo 1. Laia

Diana vivía al otro lado de la piscina. Durante muchos años, el mundo se configuró así: yo, la piscina y Diana.

Había pocas cosas en el mundo por aquel entonces. El mundo era una urbanización y un colegio. A veces, los días especiales, el mundo podía llegar a ser una sala de cine.

La ventana de la cocina de Diana se veía desde el cuarto de mis padres y eso a mí me molestaba mucho, la idea de que nos pudiese mirar alguien, como si hubiese algo que estar mirando.

Miraba yo a veces, subida a la cómoda, para comprobar que no lo hacía otra gente de vuelta: los vecinos de enfrente aliñaban ensaladas, limpiaban encimeras.

Un hombre alto y una mujer, un bebé, un fantasma y una niña de pelo largo que hablaba con los ojos tan abiertos que yo creía que iban a caerse.

Las gafas servían para mantenérselos en el sitio; los tenía puestos a rosca, pensaba.

Ese era el año dorado en el que yo acababa de descubrir los tornillos y le aplicaba a todo su lógica por considerarlos indispensables.

La niña de los ojos a rosca intentaba hacer el pino después de cada cena y su padre le aplaudía un poco el intento.

Luego tenían que frenarla para que no molestase al bebé.

Desde mi punto de vista, eran una familia sin sonido, con el volumen a cero, un cuadro con vida, y la mayor cantidad de vida la reconcentraba esa niña.

El fantasma, entendería años después, era Diana.

La piscina partía en dos el mundo.

—Está ahí, mira. ¿Lo ves? Ese, Oli. —Mi dedo apuntaba a cualquier sitio. Olivia miraba sin querer mirar, con las cejas levantadas—. Oli, ¿lo ves?

—Que no.

—Sí, que es ese.

—Que me da miedo. No quiero, oye, ¿podemos ir a comer los macarrones? Lilia…

—Es el blanco de todos, se ve ahí. Lo tienes que ver porque las dos tenemos pupilas.

—A mí no me han salido las pupilas…

—¡Mira! ¡Se mueve! ¿Lo ves? ¿Lo ves ahí, que se mueve?

La huella de mi nariz se grabaría en ese cristal para siempre.

A veces pienso en ella, en esa casa que es un sitio que ya no es mío, pero es mío, y la conciencia de que ningún sitio ha sido nunca mío realmente.

Si Diana hubiese mirado hacia arriba entonces, los fantasmas habríamos sido nosotras, Olivia muy incómoda sobre el mueble y yo con la lupa que me había tocado en el ColaCao.

—Tiene pelo —decía Oli, bajito—. Los fantasmas no tienen pelos ningunos.

—Que sí tienen, hay muchos tipos. Si se mueren con el pelo, se lo quedan.

—¿Y con sombreros?

—No.

Los vigilábamos.

—Son aburridísimos… ¿Por qué ahora hay que mirarlos?

—Los fantasmas —seguía contándole yo— no tienen pies, Oli. Los pies de los fantasmas son de cortina. Y yo la he visto muchos días, tres o más, la cortina. Así que es un fantasma de verdad.

La mancha borrosa que aún no era Diana se comía un filete bajo mi lupa.

A veces dibujaba mi firma en el vaho sobre esa ventana como para que se enterase de que esa casa era mía. «Laia», y luego el sol arriba, y la «i» terminada en una flor. Ese día le escribí al fantasma «Te beo ».

—Es un mensaje —explicaba, echando el aliento—, porque en este cuarto tenemos guardados doscientos euros.

—¿Y los fantasmas van a querer los euros?

—Todo el mundo quiere los euros, Oli. Por eso incluso se trabaja.

A mi prima Olivia le daba miedo casi todo. Le parecía bien casi todo, también, y así ha sido desde siempre.

Durante generaciones, la familia de mi padre ha arrastrado esta cantidad de pelo incómodo que no sirve para nada; cuando era pequeña, la madre de Olivia no sabía qué hacer con tanto nudo y se lo recogía en tres trenzas despeinadas sobre la nuca.

Los seres humanos somos esponjas y no tenemos esencia ninguna: cambiamos y nos contradecimos y podemos llegar a ser lo que nunca imaginamos.

Soy una carcasa de químicos y procesos que desconozco.

Hace tres meses yo nunca habría clavado la rodilla en mi madre, pero ahora esto soy yo, y esta es mi rodilla.

Tres trenzas es posiblemente lo más marciano que puede ocurrirte en la vida aparte de que vaya y se acabe el mundo.

Olivia las llevaba siempre, tan rubia con siete años que parecía un árbol de subrayadores.

Nunca la vi llorar al caerse ni tampoco quejarse de su sorpresa del Huevo Kinder.

Olivia, creo, incluso ahora, después de todo, nació con la forma de algo diseñado para encajar en cualquier sitio, como las flores o los espejos o la punta afilada de un tornillo.

—¡Lilia!

La historia empieza así: a los siete años, convencí a Olivia de que los escarabajos tenían que despedirse de sus padres.

—¡Lilia! ¡Mira este! ¡Ven! ¡Que es muy grande!

—¡Tráelo!

—¡No puedo! ¡Ven!

Salté las piedras del río.

—¿Dónde?

—¡Está en las lechugas! —Para Oli a los siete todas las plantas eran lechugas—. ¡Ven! ¡Aquí, ven!

Érase una vez una familia con pelo. Érase, supongo, este lado de la piscina: mi padre y el padre de Olivia nacieron siendo gemelos idénticos.

Nadie supo diferenciarlos nunca sin el preludio necesario de una presentación.

Mi abuela los llamó siempre a los dos «el Niño», como si hubiese tenido un solo hijo desdoblado, lo cual lo hacía todo más difícil.

Pasaron la infancia negociándose los nombres hasta que llegó un momento en el que respondían a los dos.

Se compraron el mismo coche a los veinte y vestían el mismo set de polos de colores.

El mes que mi tío se dejó bigote por primera vez, mi padre tuvo un herpes en el labio hasta que se lo afeitó, y de forma casi periódica, hasta que cumplimos los doce, se estuvieron llevando a casa a la hija que no era, lo cual ya era una cuestión de no tener ni idea de quién es uno mismo.

Existe una línea extraña, una barra de acero invisible, que une a Ángel y a Juan Bayón como a figuras de futbolín. Cuando la abuela les dio el cortijo a las afueras de Cazalla, construyeron otro igual enfrente y allí pasamos todos los veranos.

Era un mundo paralelo al mundo, que aparecía bajo un sendero después de una señal de: «Cuidado, vacas».

La casa de mi padre con la barbacoa y el porche, y la de Olivia con la piscina llena de musgo.

Si bajabas por la colina y le ganabas la guerra a los matorrales, llegabas al riachuelo más mediocre de toda Europa.

—Es negro totalmente.

—Ya. Tiene muchas más patas que todos —dijo Oli, el día que encontró el escarabajo. Yo tenía el pantalón mojado y estábamos agachadas sobre el fango—. ¿Cómo se llama?

—Curro, a lo mejor.

—Vale.

—O a lo mejor Charmander.

Olivia confiaba plenamente en los nombres que yo les ponía a las cosas. Luego cogí el escarabajo con las dos manos y ella se irguió un poco.

—¡No me lo des!

—Tienes que encontrar su casa.

—¡Que no, porfa! ¡Pero yo no sé! ¡Lo he visto en las lechugas! ¿Y si es un abuelo?

—No hay abuelos en los escarabajos. Son todos niños porque luego se transforman en mariposa.

Olivia lo analizó poco convencida.

—Pues parece un abuelo.

La regla era: si íbamos a llevarnos a alguien a Sevilla, qué menos que comentárselo antes a sus padres.

Yo le hablaba a todo por ese entonces, a los insectos y a los perros y a los árboles también, si los veía con ganas.

Me importaba darles la oportunidad de responderme.

Por las tardes, caminábamos campo a través hasta llegar a la finca de al lado, hasta las vacas del vecino, que era lo más parecido a un límite donde se acababa la Tierra. Yo le decía a Oli, subida a la valla:

—Están encerradas.

Ella me decía, pero respetando mi opinión:

—Yo creo que no.

En Cazalla siempre hizo un calor que derretía las cosas, que las difuminaba como al fantasma debajo de la lupa.

Dos días después, a Olivia se le cayó su segundo diente y lo metió bajo la almohada de la casa del pueblo.

A la mañana siguiente no había diente, ni había regalo que lo justificara, y yo estaba convencida de que habían sido los escarabajos peloteros.

Teníamos a Curro Charmander metido en un tarro de tomate frito.

—¡Abuela, Lilia me está diciendo cosas de miedo!

—Es lo que pasó.

—¡No pasó!

—Laia, hija —intentó mi abuela, limpiando la cocina—, bébete ya de una vez el ColaCao. Y la tostada enterita, ¿te me enteras?

—Ya no tengo más hambre.

—Pues la vas a tener.

—¿A que no vinieron los escarabajos? —volvió a decir Olivia, nerviosa. Se encaramaba al respaldo de la silla como un mono—. ¡Abuela, yo lo vi en las lechugas, y que luego no sabía dónde estaba su casa ni nada!

La abuela dijo, con una declaración imposiblemente vacía:

—Yo escarabajos no he visto, pero si los veo pues ahí que se queden.

Yo me metí la tostada en la boca a presión.

—Se han enfadado los padres —dije—, porque Oli lo robó. Yo oí por la noche doscientos mil escarabajos.

—¡Mentira! ¡Abuela! ¡Lilia dice…!

—Y a veces se meten por la nariz.

—¡Abuela!

—Laia, no digas eso, ¿no ves que asustas a tu prima? A ver. A ver el ColaCao. —La abuela era pequeña, como diseñada para concentrar solo lo necesario—. No toquéis más bichos, que transmiten enfermedades, ¿me oyes claro? ¿No os gustan las muñecas del armarito? Que les tengo hecha hasta la ropita.

Yo contesté:

—No son bichos. Se dice que son insectos.

—¿Se van a llevar más dientes? —preguntó Oli, contándoselos—. ¿Y los que están puestos?

—Si se han metido por la nariz a lo mejor, o en tu coche. Pero si se han metido por la nariz, ya están metidos hasta las pupilas.

—Laia, que no le digas esas cosas —me reñía la abuela—.

No engañes a tu prima. Esas cosas son mentira, Olivia, son inventos de la imaginación.

Ahora viene tu madre y hacemos macarrones, ¿quieres macarrones para comer?

¡Tú! —Y se dirigía a mí, con sus ojos con cloro, del color de la piscina—.

Termínate el ColaCao. Siéntate, Laia. ¡Laia, ven aquí!

¿A dónde vas a la calle? ¡Espera a tu padre!

—¡La leche la odio y luego vomito!

Todos los Bayón menos Olivia tenemos los ojos azules. Eso es, quizá, lo único en el mundo que a Oli le parece regular.