Aunque se acabe el mundo Prólogo. Diana #3
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Prólogo. Diana #3

Alargó un brazo. Tiré de ella y la saqué del hueco entre la cama y la cómoda.

No recuerdo decir en este proceso ni una sola palabra.

La música estaba tan alta y el pulso me latía en los ojos desenfocados, me escocían como infectados de cloro.

Jesús sobre la mesa y la música; los gritos fuera y la música; Celia en el suelo y la música; los ojos de Sara en blanco sin estarlo.

No sé explicarlo de otra manera: tienen una cara que se inventó esa noche.

Había gente corriendo por el pasillo, Laia, ¿dónde estabas tú?

Iba a llamarte a las diez. Debería haber sido otra persona y haberte dicho que te quería.

Celia se puso en pie y rodeamos la mesa. La cabeza de Jesús se ladeó y me miró una última vez.

Salimos al descansillo y corrimos.

Las habitaciones estaban abiertas esa noche.

Vi a tres personas tiradas en el suelo sin moverse, sangre y cristales rotos, y luego todos los demás nos movíamos, nos chocábamos, corríamos hacia las escaleras.

Alguien pulsó la alarma de incendios. Yo pensaba en ti y en Alma, pensé en Emma, en Nico, pensé en mis padres e, incluso, en Cristóbal.

Por encima de todas las cosas, pensaba en Jesús agarrándose la garganta y en su ruido húmedo de burbujas.

El ascensor se atascó esa noche también. No sé qué pasó dentro.

Alberto se marchó y no volví a verlo nunca más, y a Celia la perdí para siempre entre la marabunta.

Éramos muchas personas huyendo de otras personas que ya no eran personas, o algo así; o sí que lo eran, desde luego que lo eran.

El problema fue que eran personas. Venían más despacio, pero venían, surgían de las puertas, se mezclaban con nosotros.

Mientras nos empujábamos por los escalones para llegar abajo, uno de ellos me agarró de la muñeca y no me soltó.

Entre los brazos y el caos de cabezas, tiré para zafarme y se estrelló contra la barandilla, pero era incapaz de dejarme ir.

Se han reconfigurado para eso. Sus dedos solo se arrastraron en una garra sobre la piel y me dejó un arañazo por cada una de sus uñas.

No quedaban recepcionistas en el vestíbulo. Las luces parpadearon y se encendieron los rociadores del techo.

La electricidad no se fue para siempre, pero se quedó intermitente a partir de ese día.

La primera vez se fue sobre las doce y no volvió hasta las tres de la madrugada.

Se veía poco con el filtro azul de las luces de emergencia, y nos estábamos mojando, tropezándonos y pisando a otros, todo junto y sin ritmo.

Esa noche, muchos de los que sobrevivimos a la masacre en la residencia nos dirigimos a la estación de tren.

Sería porque éramos estudiantes y solo buscábamos salvoconductos que nos devolvieran a casa.

En la estación sur de Wurzburgo los trenes que cogíamos cada día nunca cumplieron el horario y Sara, que nunca se perdía un tren impuntual, solía decir: «¿No van a cambiarlo ya? ».

Mientras corríamos, las farolas aparecían y desaparecían con su propia luz. Alrededor de mí, los coches derrapaban sobre las aceras y salía humo de las ventanas.

Había un único tren parado en la estación y todos intentamos caber en él.

La gente se apartaba a codazos y gritos; éramos una fila compacta de humanos, un organismo desesperado que no se entendía.

En aquel momento, todos pensábamos que fuera de Wurzburgo estaríamos seguros porque nadie puede imaginar que estalle todo en todas partes, y el pitido que anunciaba el cierre de puertas se oyó durante cinco minutos hasta que de pronto se cerraron y cortaron el organismo en dos.

— Macht Platz! [1] —gritaba el revisor—. Macht Platz!

El tren arrancó. Empezó a moverse. La gente fuera golpeaba los cristales.

Mi cámara rota se quedó en la habitación pequeña y también tu «X» del pósit pegado en la lámpara.

A veces me consuela la idea de que esa habitación quizá siga cerrada; de que en esa habitación de Wurzburgo no pase nada jamás, nada más que tú y que yo y que la práctica sin terminar de principios de abril.

No sabía a dónde estaba yendo. Seguía teniendo las manos frías y la cara salpicada de sangre.

Estaba de Erasmus en Wurzburgo, en medio de Alemania, y se empezó a acabar el mundo.

Me había metido en un tren que me dejaría en algún sitio, con gente herida y sudorosa y asustada, que no hablaba español. Llevaba el móvil encima, pero no tenía manera de ponerme en contacto con nadie. No había dicho nada desde la cena. El cuchillo me rebanó la voz.

Jesús no saludaba nunca, pero era un niño. Podría haber aprendido a saludar y a limpiar sus tenedores.

Había tantas personas dentro del vagón que mi frente tocaba la ventana.

(Jesús podría haber sido tantas personas).

Miré el paisaje de fuera. Los árboles pasaban rápido, como una sombra indistinguible.

Lo vi entonces, Laia, por primera vez: el cielo brillaba en ángulos rectos y antinaturales. Era una lámina transparente con reflejo que partía la luna en dos, sobre nosotros; una cúpula sin finales.

El cielo estaba dividido en cuadrados como en tus sueños.