Prólogo. Diana #2
—Estaba viendo… ¡Tía! —Alberto se incorporó un poco en la cama de Sara—. ¿Te suena? Diana. Diana, chist. ¿Hola? —Me volví y estaba enseñándome la pantalla de su móvil—. Giorgia. Que va a Audiovisuales contigo.
Yo intenté enfocar la foto de la chica en bikini.
—A lo mejor. No lo sé, porque… —Cambiaron la canción y cerré los ojos un segundo—. Oye, ¿podemos bajar la música? Van a avisar los de al lado.
—¡Tía, la ha puesto Sara! —dijo Jesús—. ¡Sara está con sus cosas, tiene la migraña, es como una terapia mental suya!
Dice que le ayuda, ¿qué le voy a decir? Le duele y es en serio.
—Él iba moviéndose de un lado a otro, cogiendo los platos de la estantería—.
Lleva con eso como una semana, pues que se ponga lo que quiera, si le sirve.
—¿Le doy la vuelta? —decía Celia, que vigilaba la tortilla.
—¿Se ha tomado algo? —pregunté.
Jesús hizo un gesto con la mano que podía significar cualquier cosa. Yo me acerqué al baño, que era el único espacio en el que Sara podía estar escondida y llamé:
—Sara, ¿cómo vas? ¿Estás bien?
—No va TikTok tampoco —dijo Alberto.
—El otro día descubrí el TikTok del Aldous. —Celia se rio y se abrió otra cerveza. Aldous trabajaba en recepción—. Y, flipas, eran todo… Eran fotos de salchichas, collages así de salchichas, yo qué sé. Una alemanada.
—¿Puedes no querer follarte al Aldous? —dijo Jesús—. Por favor.
—Es un buen señor. Tiene su bigotito, ¿no? Su morcillona…
—Podría ser tu abuelo.
—Pues como Diana.
Sara estaba encerrada en el baño.
Todo dentro de ese cuarto era ruido y voces y el pitido que me dejó en los tímpanos lo conservo todavía.
Pasé tantos meses de Erasmus en Wurzburgo y ahora mismo siento que tan solo me desplacé a cualquier lugar lejano para sentir que hacía algo nuevo y arriesgado fuera de casa.
Solo hice amigos españoles y no fueron realmente mis amigos, fueron turistas, parte de un imaginario con fecha de caducidad.
Quizá era una cuestión de poder hablar y luego, algún día, despedirnos de una forma que entendiéramos todos.
La noche que saliste con nosotros, me dijiste: «Nadie te ha llamado Didi nunca».
Pero todo se explicaba con que yo tenía veinticuatro años y era mi segunda carrera, y después de Wurzburgo ninguno de nosotros nos veríamos más.
Nos recuerdo allí, sin saber que era la última vez para cualquier cosa. Recuerdo a Jesús con sus gafas empañadas, aún, cocinando.
—¿Cómo me como esto? —preguntó Alberto.
—Como una pizza. —Jesús subió una pierna a la silla y cogió su trozo de tortilla con la mano—. Así. Están todos los tenedores sucios.
—Eres un puto guarro.
—Pues vale. Sobrevivirías tú mucho en la selva.
—¿Qué hablas de selva, pringao? Que eres de Sanxenxo.
Me levanté y fui a limpiar los tenedores. Jesús, con la boca llena, dijo:
—No, Diana.
—¡Diana, no vayas tú! —Celia chasqueó la lengua y miró a Alberto—. Siempre va Diana, tío. Podrías mover el culo, que no es tu madre.
—¡Que estoy encerrado, mira! —se defendió él, desde la esquina de la mesa—. ¡Mira dónde estoy! Tendrá que levantarse alguien, ¿no? ¿O salto por encima? O soy yo una tortuga ninja.
El agua fría salía siempre helada de los grifos de esa habitación.
Me duchaba allí los días que fallaba mi termostato y Sara, que no se perdía ninguna queja a recepción, decía: «¿No van a cambiarlo ya?
». Cuando volví, le di su tenedor a Jesús y partí el blíster con dos pastillas que llevaba en el bolsillo.
—Para el botiquín —lo avisé—. Guárdalo.
Él sonrió.
—¿Llevas ibuprofeno en los pantalones? —Negó con la cabeza y siguió comiendo—. Diana, colega…
—Eso es súper de Diana —se rio Celia—. Es la vieja confiable.
—Diana, este rollo tuyo de hermana mayor, nunca sé si me raya o me pone.
Me senté de nuevo a la mesa, mirando a Alberto.
—¿Qué pasa con la chica de Audiovisuales?
Alberto vivía a un paso de estar contento y esa era su condena, que vivirá, de estar vivo aún, enfadado para siempre. Le asomó una sonrisa como de vergüenza en la cara.
—A ver, que el otro día…
Celia dijo:
—Que se quiere liar con una italiana y ha descubierto que aún no se sabe limpiar el culo.
—No —bufó él—. Que me siguió el otro día, ¿no? Y me sonaba, y la seguí de vuelta, y me dijo: «¿Tú estás en la segunda planta?», y pensé: «Claro, pues de la lavandería». Porque la he visto ya y a tu facultad no voy. O del bar, no sé, bueno. ¿Qué les gusta a las chavalas de Audiovisuales?
Bebí de mi vaso de agua.
—Que les pregunten qué les gusta, seguramente —respondí, y Celia se rio y le hizo una ovación humillante—. ¿Seguro que estudia Audiovisuales? No me suena de nada.
—Que sí, que lo tiene puesto en… —Alberto sacó el móvil de nuevo y se quedó en silencio mientras movía el pulgar por la pantalla—. Joder. Ahora no hay ni datos.
—Te lo he dicho —dijo Jesús, con la boca llena—. Ha habido apagón alemán. Están cerrando Alemania.
—Soy de Movistar, iluminao. Eso no tiene sentido.
Saqué el móvil solo entonces y lo encendí. Vi que a Alma no le había llegado mi respuesta y tú no me habías escrito. Ya eran las nueve y media. Toqueteé los ajustes, escribí algo aleatorio en el buscador de Google.
—Yo tampoco tengo —dije.
Sara desbloqueó el pestillo en ese momento. Abrió la puerta del baño.
Recuerdo que la vi caminar hacia la encimera de la cocina y coger algo del fregadero como una sombra en la esquina de mis ojos. Los demás ni la oyeron tras el ruido de la música. Celia seguía comiendo y decía:
—Pues hoy me subían una nota, así que como no me la suban por la broma…
—Tiene pinta —contestó Alberto.
—Bueno, no me decís nada de mi tortilla, pero está de puta madre.
—Le falta cebolla.
—Sara, cariño, ¿cómo estás? —le preguntó Celia—. La resaca de tu vida. —No la miró. No la miramos. La vimos venir de reojo con el cuchillo para la carne en una mano—. Ven a alimentarte. Alberto está contando lo de la italiana y el mensa…
Mató a Jesús.
Esto fue lo que pasó: Sara salió del baño de la habitación en la segunda planta y le clavó a Jesús un cuchillo en la nuca.
Él hizo muchos movimientos que nadie procesó.
Durante un par de segundos, creo que no entendimos que había un cuchillo y que salía de la garganta de Jesús como una aleta brillante.
Era una imagen imposible, así que la anulamos.
Alberto siguió mirando el móvil y Celia comiendo, y yo iba a coger mi servilleta y la música seguía sonando.
Jesús se llevó las manos al cuello, las manos manchadas de tortilla.
Quiso gritar, pero le salió algo parecido a un ruido de burbujas humillante.
Luego, Sara tiró del mango y le clavó el cuchillo otra vez, con los ojos vacíos, y la sangre salpicó la mesa, y la cabeza de Jesús cayó sobre el plato.
La sangre nos llegó a todos a la cara y sobre la comida.
Salía como de un grifo, primero unas gotas y luego una corriente, de una forma en la que yo no había visto caer la sangre.
Nos levantamos los tres. Alberto se cayó de espaldas, sin camiseta. Celia chilló. Yo me choqué con la estantería.
Jesús no saludaba nunca a nadie. No era una persona con la que, lejos de allí, fuese a mantener el contacto.
Tú me dijiste, en la cama individual de mi habitación pequeña: «Jesús no te cae bien, pero eres tú».
Sonreías. La luz entraba en líneas tras la persiana rota y te iluminaba el pelo recién teñido de rosa.
No sé cómo me caía Jesús, no sé si lo conocía siquiera.
Llevaba gafas y se rompieron en el plato cuando su cabeza chocó con la mesa.
Tenía acento gallego y un poco de barba perfilándole la mandíbula.
Murió en una residencia de Wurzburgo en una silla de plástico, sobre una tortilla sin cebolla, con mi pastilla de ibuprofeno guardada en el bolsillo.
—¿¡Sara!? —gritó Celia—. ¿¡Q… qué cojones…!? ¿¡Qué cojones!? ¡Dios!
Alberto tuvo una arcada en el suelo. Mis manos estaban frías por el agua del grifo.
Sara cogió el cuchillo y fue primero a por Celia porque era la que más ruido hacía, la que más se movía de todos. Celia la llamaba y trastabilló, tropezó con la cama. Se manchó un brazo de vómito.
—¡Sara! ¡Sara, por favor! ¿¡Qué haces!?
Empujó la silla, intentando frenarla.
No arrojan cosas. No hacen nada que los ponga en peligro. No se tiran desde las ventanas ni se estrellan contra las paredes. Tampoco pueden encontrar unas llaves y encajarlas en su puerta. No pueden construir una cadena de acciones. Solo vienen. No dejan de venir.
—¡Llama a alguien! —gritaba Celia—. ¡Diana, párala! ¡Párala, Alberto!
—¡No funciona! —gritaba Alberto, con el móvil en la mano, temblando—. ¡No hay cobertura, no…!
—¡Va a matarnos!
—¡No funciona! ¡Vámonos!
—¡Sara! ¿¡Qué está pasando!? ¿¡Por qué…!? ¿¡Qué haces!?
Alberto lloraba como si volviera a ser un niño.
Sara, o Sara desprovista de Sara, rodeó la silla y a Jesús, que tenía dentro una cantidad ingente de sangre; goteaba desde la mesa y avanzaba por las baldosas.
Yo lo miraba, lo miraba, agarraba la manta limpia que él había llevado a lavar («Ochenta euros, sí, costó eso») de la estantería.
Fue como volver a conocerlo. No puedo unir esa imagen a la de Jesús cocinando una tortilla; no pueden ser lo mismo, el cuerpo y la persona.
Reaccioné de golpe y le tiré la manta a Sara. Eso la cegó un segundo.
Alberto reptaba por la cama y lloraba:
—Jesús… Jesús, joder, joder…
—¡Sara, déjame irme! —le pedía Celia—. ¡Sara, por favor!
Sara dio un golpe a ciegas con el cuchillo. Le alcanzó el brazo a Celia, que gritó del dolor. Sus pies descalzos se resbalaron con el charco y se cayó al suelo. Alberto ya se iba, dejando la puerta abierta. Lo último que recuerdo de Alberto fue el tatuaje de flores de su espalda.
—¡Diana!
Miré a Celia.
—¡Diana!