Aunque se acabe el mundo Prólogo. Diana
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Prólogo. Diana

Iba a llamarte a las diez.

Me ibas a decir: «Me parece que esto es mucho más importante».

Y seguro que era mucho más importante que cualquier otra cosa.

No seguí impulsos hasta que necesité tener impulsos, Laia, y hacía horarios incluso para discutir contigo, para encajar las emociones en espacios aprovechables.

Me dijiste: «Hablamos por la noche». Debería haber sido otra persona y haberte dicho: «No».

Debería haberte dicho: «Me han seleccionado para asistir a este congreso de documentales y me importa tanto, y quiero sacar algo de todo este no hacer nada; quiero volver a casa siendo más que antes; y, en realidad, por encima de todo, no había caído en que ese fin de semana es también tu cumpleaños».

Se le acaban de gastar las pilas a la cámara, que contenía mi último reloj. Así que ya no puedo elaborar más horarios.

El mundo se acabó algún día de abril. El treinta y cinco por ciento de la humanidad se volvió loca.

En realidad, nadie sabe de porcentajes ahora.

Puede que fueran más o puede que fueran menos.

Fueron bastantes más que cero, que eran los que esperábamos.

El término correcto tampoco es «loca»: tres mil millones de personas perdieron algo que nos hace ser personas y empezaron a atacar sistemáticamente a los que quedamos siéndolo.

Había niños y ancianos entre ellos también.

Había gente en camas de hospitales. No respondían, ni distinguían, ni reaccionaban a nada.

Todos tenían la misma cara: los ojos fijos, las bocas rectas, y caminaban con la espalda erguida a velocidad estándar.

Eran humanos vacíos. Avanzan hasta matar. No frenan, hasta que matan. Y luego siguen.

Estuve toda esa tarde terminando una práctica de Realización en mi cuarto.

Internet fue lo primero que se fue, creo, antes que las líneas de teléfono.

A mí se me había roto la cámara en el autobús que cogí con Alma en Berlín y no te lo dije porque estabas enfadada conmigo.

Tenía la mente en tantos sitios: la cámara rota, cómo pedirle el dinero a mis padres para que dejase de estar rota, y montar el reportaje, y la práctica inútil.

Me dijiste: «Hablamos por la noche». El día de tu cumpleaños tenía billetes para ir a Hamburgo.

Era un congreso anual de documentales y nunca te lo conté, porque hago esta cosa de convertirme en un gestor de banco cuando hay un conflicto y me lo has dicho mil veces.

Me habían elegido a mí para el screening de nuevas voces y tenía el reportaje casi terminado.

Lo habrías entendido, o no lo habrías entendido, pero lo habríamos solucionado.

—Vale —te dije, sentada frente al escritorio. Se hizo un silencio entre mi móvil y el tuyo—. ¿Cuándo…? ¿A qué hora te deja el Blabla en Sevilla?

—Pues no sé, Diana. No sé… Por la noche.

—Vale.

—A las nueve o así. No sé —suspiraste—. En fin, que tengo que… terminar la mochila y bajar el cartón y pues eso. Que lo hablamos ahí porque la verdad que no sé ni qué decirte. Porque pensaba que te veía en nada y tenía pilladas cosas… Así que eso, necesito pensar.

—Vale.

—Necesito pensarlo.

—Lo hablamos entonces, si quieres. Te llamo a las diez.

—Vale. —Debería haber dicho algo. Esperaste a que lo dijera—. Bueno. Vas diciéndome. Adiós.

—Adiós, Laia. Te quie…

Pero ya habías colgado. Y yo estuve toda la tarde terminando una práctica inútil.

Lo que pasó ese día ocurrió progresivamente, en un silencio que nadie notó: primero se fue internet. Luego las comunicaciones: el teléfono, la radio y la televisión, y poco después también las personas. Para el final del día ya se habría ido la electricidad.

—¿Sí?

Mi móvil sonó a las ocho y media. Era Jesús, con la voz medio distorsionada por la música de Sara de fondo, o eso creí entonces. Recuerdo esa llamada como una mezcla incómoda de ruido e interferencias.

—¿Has comprado los huevos? —me preguntó—. ¿Tú tienes huevos?

Jesús nunca saludaba, te lo conté. No me gustaba eso de él, pero yo les sacaba tres años a todos ellos. «Están en otro momento. Van a otra cosa», te dije. Había tanto silencio desparramado sobre mi escritorio.

—Eh…, creo que sí.

—¿Vas a subir?

—¿Ya? —Miré la hora en el portátil—. No son ni las nueve.

—Sin ti no tenemos para la tortilla. Oye, oye, tía, esa es mi manta… —le dijo a alguien. Oí a Celia detrás, hablando a gritos—. No, que la llevé a lavarse. Ochenta euros, sí, costó eso, no, pues te lo digo. Diana, vente ya, ¿va? ¿Estás liada?

—Estaba con la práctica.

—Bueno, pero ¿vas a subir? ¿Te esperamos?

Me froté los ojos y pensé en ti. En tu foto de perfil en WhatsApp y en los horarios de la semana siguiente.

—¿Cuántos huevos?

Mi habitación en la residencia de Wurzburgo era pequeña y contenía siempre una cantidad comprensible de frío.

Me gustaba esa habitación. La persiana estaba rota y nunca bajaba ni subía, y el armario no se podía cerrar del todo.

Tenía una nota tuya pegada en la lámpara de la semana que viniste sin avisar y te quedaste aquí, aunque no podías quedarte.

Había otra nota en la entrada de la residencia en la que ponía « NO VISITORS PAST 7   PM».

Te dije que podíamos coger un Airbnb y tú saliste y entraste por la ventana todos los días; llevo toda la vida viéndote salir y entrar por ventanas de sitios. Escribiste una X en el pósit de la lámpara y no me lo llevé; tampoco es que me llevase nada de allí.

La habitación de la residencia de Wurzburgo me gustaba y era mía. Mi compañera se había ido después del primer cuatrimestre y no había entrado nadie más. Era mi espacio pequeño, con mi cama pequeña, en mi ciudad pequeña en el centro de Alemania. Un cubículo diseñado para grabar y dormir.

Salí de ella y ya nunca más volví a pisarla.

—Me voy a morir de un puto disgusto —decía Alma en el audio que me había dejado—.

Y que me lo cuenta mi madre, por supuesto, el día que tengo el turno largo.

El día del turno largo, para que me dé todo el jari.

Pues venga. No, si es que siempre… Y me dice: «Llama tú a tu hermano».

Pero, bueno, ¿yo en qué me he graduado? ¿Que tengo cara de de de…

de coach , de Masterchef Kids ? ¿Me he comprado yo un Tamagotchi ?

Venga, vamos. ¿Qué quiere que le diga? Luego que no fume, que no fume…

—La oí fumar—. Que se ha ido a Málaga con un amigo.

Y que se queda allí, dice el niño… El niñato.

Y mi madre loca, pues, claro, el día del turno largo.

Espera, que saco el puto gatchetobrazo y pillo al niño por el polo desde Berlín.

Giré por la esquina del pasillo y me dirigí hacia el ascensor. Pulsé el icono del micro en la pantalla.

—No fumes —le ordené, aunque Alma había fumado siempre y fumaría siempre—.

Estaba con la práctica… Perdón. Te he oído ahora.

Llama a Halim, que te lo va a coger. Está bien seguro, tiene veintipico.

Tú sabes cómo es tu madre con él… Haz con el mono lo que te dije, Alma, si pasa esto, come regaliz.

Te lo tienes que integrar. Mañana te llamo y hablamos de lo de mayo, y… Bueno, ya te cuento. Te llamo mañana.

César había mandado una foto del atardecer en Cazalla por el grupo.

Las puertas del ascensor se abrieron.

La residencia estaba tranquila esa noche.

Los viernes la gente colapsaba el ascensor y religiosamente cada fin de semana se atascaba, y Sara, que no se perdía el desalojo de ningún atasco, decía: «¿No van a cambiarlo ya?

». Esa noche, la noche que se acabó todo, no había casi nadie dentro. Alma nunca recibió mi mensaje.

Lo que tuvieron en común todos fue la migraña. Se transformaron todas las personas que llevaban dos semanas con migrañas.

— ¡Espagnola!

Coincidí con Jolie Lemaire en el ascensor.

Era la chica francesa que iba en silla de ruedas y quizá te hablé de ella o la viste cuando viniste.

Jolie fumaba maría de madrugada en una ventana del pasillo de la primera planta y habíamos charlado alguna vez porque chapurreaba español.

Se recogía las rastas en la nuca y tenía un piercing como el tuyo en la nariz que le brillaba, plateado, sobre la piel negra.

Eso para mí la hacía más familiar, de alguna forma.

—Tus amigos están arriba. Wu, wu, wu … —canturreó Jolie—. Mucha música.

—Sí. —Le sonreí—. Ya.

—Hacéis ruido, españoles, ¿no? Como… Camión de la basura.

—Lo sé. Pardon .

Se rio de mi francés mientras se liaba el porro.

— Très drôle … Te insulto y ni te importa.

Las luces del ascensor parpadearon. Los otros dos chicos que subían con nosotras se asustaron durante un segundo, pero luego siguió subiendo como si nada. Jolie, que no se había inmutado, bajó un brazo entonces y me dio un toque con los nudillos en las botas.

—Está bien, espagnola . Tienen que atarse los zapatos —dijo—: Atarse, ¿no? Tus amigos, con la música. Porque hay que correr.

Me sonreía de una manera que no pude entender. Pero eso fue lo que dijo, Laia.

—¿Qué? —le pregunté, ladeando la cabeza.

Nos sonreímos un segundo más. Las puertas se abrieron entonces y ella se marchó repitiendo: « Très drôle …».

Cuando llegué a la habitación 321, Jesús me abrió y me dejó entrar sin saludarme.

Era cierto: la música de Sara estaba altísima.

Mis amigos del Erasmus tenían los tímpanos atrofiados y tú siempre me dijiste que no tenían nada que ver conmigo, que eran personas casuales que no tenían nada que decirme.

Alberto estaba tirado en la cama sin camiseta.

Celia me rodeó el cuello con los brazos y se apoyó en mi hombro.

—¡Didi! —decía—. ¡Qué responsable, que haces las prácticas y nos tocas los huevos!

—Van a venir los de recepción —los avisé—. Otra vez. Porque se oye desde fuera.

—¿Tú tienes datos? —me preguntó Jesús, llevándose los huevos a la cocinilla de la habitación—. Que no se me manda nada.

—Se ha caído Instagram —dijo Alberto—. Y WhatsApp.

—La tortilla fea que le va a salir a Jesús tampoco estará para fotos.

—Celia, guapa: vete a tomar por el culo.