Aunque se acabe el mundo Prólogo. Laia #2
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Prólogo. Laia #2

—¿Estás con la migraña todavía? He oído que hay un virus…

A lo mejor es un virus. No lo sé. Oli dice que el tío está con gripe.

Así que a lo mejor hasta papá, vete a saber.

César lo llevó al médico el otro día, al tío, pero ellos están bien en Cazalla.

O sea, no se lo han pegado. —Me senté en el sofá del salón, distraída, dándole la espalda a mamá.

Toqueteé el móvil—. ¿No hay cobertura aquí o qué? ¿Desde cuándo?

La lavadora estaba encendida. Ese fue el ruido que hizo el mundo al acabarse: silencio. Lavadora. Centrifugado.

—Te voy a llamar al Orange en serio, porque ¿tú cuánto pagas? Es que no es normal. Que estamos en el centro de Sevilla, que no es que esto sea un garaje…

Mamá de pie en el pasillo. La luz del móvil en mi cara y mi fondo de pantalla de Diana haciéndole fotos a las hormigas, y de pronto empezó a no tener sentido. Clicó eso en mi cabeza: el silencio.

Seguí pulsando cosas en los ajustes. Pregunté:

—¿Mamá? Te estoy hablando. Mamá, ¿qué te…?

Sus manos me cubrieron la cara y me bloquearon la entrada de oxígeno.

(Las farolas perderían la luz esa noche).

Mi madre me agarró por detrás y me pegó el cuello al respaldo.

Me tapó la nariz y la boca con los dedos; empezó a asfixiarme y yo abrí tanto los ojos que se me secaron.

El móvil se me cayó al suelo. «¿Qué?». Tardé un segundo, pero me aferré a sus muñecas, y mi madre me apretaba tanto que iba a romperme la mandíbula.

«¿Qué?». No podía respirar. Me estaba ahogando.

Veía su sombra tras mi sombra reflejada en el televisor apagado, y me moví, me tiré hacia delante todo lo que podía, y sus brazos hicieron efecto cinturón.

Sus uñas se me clavaron en las mejillas.

El sofá se volcó hacia atrás.

Mi madre tenía fuerza.

Ambas lo descubrimos entonces, los músculos y todas sus prolongaciones que yo no sabía que tenía mi madre. Vivimos borrando de nuestra cabeza la capacidad de matarnos que tienen todas las personas.

Rodé por el suelo.

Cogí una bocanada y me erguí, y todo daba vueltas, la estantería y la figura de mi madre de pie delante de mí.

—¿Qué haces? —jadeé—. ¿Q…Qué haces? ¿Qué haces, mamá? ¿Estás loca? Mamá, ¿qué…?

El sofá estaba en una posición extraña, impropia, y podía ver su envés.

Mamá se activó de nuevo. Me agarró del cuello y me empujó hasta la pared.

El impacto me vibró desde el cráneo hasta el final de las piernas. Habíamos montado ese sofá juntas, el día que inauguramos la nueva casa. El gotelé se me clavó en la espalda.

Yo era Laia Bayón. Estaba terminando Veterinaria en la Universidad de Córdoba.

Tenía veinticuatro años y era vegetariana y relativamente intolerante a la lactosa, en ese nivel en el que se te olvida cuando solo queda yogur en la nevera.

No tenía aire. Miraba a mi madre y entendía sin entender todo lo que pasaba de golpe en golpe: mamá está a punto de matarme.

Mamá me miraba a los ojos y su cara no era la suya.

Si tuviésemos una cara en el espacio sin nombre que hay antes de nacer, sería esa cara concreta, una versión de fábrica, de humano desactivado y por configurar.

Los labios rectos. Las pupilas dilatadas.

Yo me intentaba deshacer de sus manos y no podía, y pensaba: «¿Qué?

», «¿Qué?» , «¿Qué?» , «¿Qué?» , «¿ Qué? » , «¿Qué?» , «¿Qué?» , «¿Qué?» .

—Mamá… —No me salía la voz—. Ma… má… ma… ma…

Le di un rodillazo en la boca del estómago.

Mamá me soltó, pero no emitió una sola queja.

Había algo profundamente antinatural en todo eso: el sofá tumbado hacia atrás, su carne blanda; yo hundiendo mi rodilla en la carne blanda del estómago de mi madre.

Salté el sillón y me tropecé. Me goteaba la boca, me sabía a sangre porque el piercing me había abierto la encía. Me latía el corazón por primera vez.

El salón bailaba alrededor y yo agarré la lámpara encendida sobre la mesita junto al televisor. Me lloraban los ojos. ¿Qué se puede evitar con una lámpara en la mano? Decía:

—¡Mamá! ¡Respóndeme! ¡Mamá, por favor, no quiero…! ¡Mamá!

Vino. Como si estuviese programada para hacerlo, lineal, con ángulos: vino. Yo quise retroceder. Mamá agarró el panel de cristal que cubría la mesita del café y lo levantó sobre su cabeza. Iba a romperme el cristal encima.

Corrí.

Salté el sofá.

Volaron los trozos.

Me estrellé contra la pared y luego contra el suelo de mármol frío, y me clavé los cristales en las palmas de las manos.

He tenido el mismo sueño siempre: estoy corriendo en mi casa. Algo me persigue.

Era abril y Diana no había respondido al teléfono, y nadie respondería a los teléfonos ya, y yo había vuelto a Sevilla para pasar el fin de semana.

Mi madre no era mi madre: era un interruptor.

Mi madre era un mecanismo encendido que viene y viene y viene, y yo hui a la cocina y la golpeé con la tostadora, pero no sabía golpearla; no podía aprender a golpear a mi madre un viernes cualquiera a las nueve de la noche.

Forcejeamos. La empujé.

Seguía habiendo ibuprofeno en el suelo.

No te preocupes, gusanito. Vamos a intentarlo otra vez.

Corrí hacia la entrada y me agarró de la muñeca. Tiró de mi brazo. («Es mamá»). Agarré la mochila con el portátil. («No es mamá»).

Le di en la cabeza con ella.

Su cráneo chocó con el marco de la puerta y entonces recordé el día en el que le hicimos agujeros juntas a la tapa de mi caja de escarabajos.

La sangre salpicó el suelo. ¿Era mía? «Es mía».

Tenía cristales clavados en las manos. Llegué a la puerta y salí con el impulso de todos los órganos de mi cuerpo, y algo decía, algo grande, dentro de mí, que despertaba de sus sueños a todas las Laia que ya había sido: MAMÁ .

MAMÁ . MAMÁ . MAMÁ . MAMÁ . MAMÁ . MAMÁ . MAMÁ .

Abrían los ojos y lo repetían como un eco.

Cerré la puerta tras de mí. Mamá siguió viniendo desde el otro lado.

La sentí pelearse con el pomo, como un viento encarcelado.

El aire me salía a golpes y me temblaban las piernas, y saqué la llave del bolsillo y no sé cómo la encajé en la cerradura.

La puerta vibraba y el pomo giraba solo, y yo retrocedí dos pasos y me alejé, del felpudo y el ruido como de abejas que empezó a llenar el rellano.

El 4.º B, a mi lado, estaba encendido y abierto.

Recuerdo la entrada vacía y un montón de ropa por limpiar tirada al fondo de un pasillo.

Sentí que no debía estar viendo nada de eso, que era una intimidad ajena que no me pertenecía.

La señora que vivía allí salió entonces de una habitación y comenzó a venir; quise pedirle ayuda, pero venía.

Todos ellos tienen esa forma de moverse: la cara en blanco, nunca rápido, nunca lo suficientemente lento. Le brillaba la sangre al final de las manos. Lo que moría en el suelo no era ropa.

Di otro paso atrás. Hui hacia las escaleras.

Había nacido de pronto dentro de mí un conocimiento instintivo sobre la huida: estaba huyendo de mi madre.

Estaba ardiendo el bosque, algo animal, como ya instalado en el final de los nervios.

Aún viene a mí por las noches la silueta de esa mujer y las manchas de sangre en un delantal de flores; el silencio con el que se fueron abriendo puertas en el edificio y salieron todos, todos salían, todos iban e iban y vienen.

Pulsé el interruptor del portal. Los oía detrás, descendiendo.

La gente en la calle estaba tirada sobre la acera.

Había gente muerta, como un hormiguero pisado, y gente sin expresión andando en línea recta a otra parte, siguiendo a gente, yendo. No son como en las películas, los muertos. Son como un golpe en el nervio del codo, la vergüenza de una desnudez que no quieres encontrarte.

«Diana —pensé—. Olivia, papá, César».

Una chica giró en mi dirección. Un hombre estrellaba a otro hombre contra la papelera. El camarero del bar de enfrente tenía un cuchillo en la mano y todos ellos habían perdido la voz.

Yo corrí. Seguí corriendo. Gente y sangre. Sabía que la única respuesta a eso era correr.

Venían.

Se movían por el ruido de los que aún podíamos hacerlo, girando la cabeza en ángulos exactos. Oí un grito en algún sitio y alguien cayó de una ventana. No lo miré: corrí. Calle abajo, el quiosco y la iglesia y la acera estrecha. Sillas de aluminio bajo árboles con naranjas.

El coche de la chica del BlaBlaCar seguía en el mismo sitio en el que me había dejado.

Otro coche se había estrellado contra él y ahora era acero arrugado y humo.

La chica del chicle estaba aún en su interior.

Me metí en un impulso: abrí la puerta y entré en el coche, y me agaché en el hueco de los asientos traseros.

Allí dentro, la radio seguía encendida y emitía un ruido como de espuma, entrecortado.

Quise llorar, pero me pudo la vergüenza estúpida de hacerlo frente a una desconocida, y luego me di cuenta de que la chica del BlaBlaCar estaba muerta sobre el salpicadero.

El día que empezó a acabarse el mundo me colocaron en un lugar relevante en la vida de una persona de la que no puedo recordar el nombre.

Siento que le debo eso, un último instante de permanencia.

Yo estaba enfadada con Diana porque no iba a volver por mi cumpleaños.

Le dije: «Hablamos por la noche», pero no hubo noche.

Estallaron las cosas. Se apagaron los teléfonos y hubo sobrecarga en las centrales eléctricas.

Se cortaron las comunicaciones y estábamos a dos mil kilómetros de la otra.

No salí de allí en diez horas. Pasé la noche abrazándome las piernas en un coche con un cadáver.

Eso fue lo que pasó, al inicio del sueño.