Aunque se acabe el mundo Prólogo. Laia
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Aunque se acabe el mundo

Aunque se acabe el mundo

Por Clara Duarte

© inepub.com

Prólogo. Laia

Estaba volviendo a casa en BlaBlaCar el día que empezó a acabarse el mundo.

Sé que el teléfono de Diana tiene tres cincos.

Empieza por seis cinco tres, pero no me lo he aprendido nunca entero.

Hemos dejado en general, como animales, de memorizar números.

Hemos abandonado las velas en las tartas.

Si tuviese un teléfono ahora; si los móviles funcionasen y hubiese uno en mi mano; si tuviese la pantalla encendida y Diana estuviese viva y no se hubiese convertido en algo distinto a Diana, con los labios de Diana, la voz de Diana, la mancha de nacimiento de Diana sobre la esquina de la frente; no podría llamarla igualmente, porque no me sé su número.

—¿Y qué estudias tú? —preguntó la chica del BlaBlaCar—. En Córdoba.

Yo apagué la pantalla del móvil. Le sonreí un poco.

—Veterinaria.

—Anda —dijo. Los carteles de la autopista rezaban «Écija»—. Pero ¿no hay de eso en Sevilla también?

—Qué va, tía.

—Qué fuerte. ¿Y cuántos años son?

—Cuatro —le dije—. O más, con el máster. No sé, según te lo gestiones, ¿no? Que de normal es… pues malamente.

—Yo estuve en una FP de Historia. Hace dos años, sí, sí —me contó—. Lo dejé porque eso se alarga… Que tampoco tengo tiempo para eso, ¿sabes?

—Ya.

—Pero está bien, ¿no? A ti te gusta.

—¿Veterinaria? Sí. Me tiene que gustar, vamos.

Se rio sin reírse de verdad. El coche olía a ambientador de pino y ella masticaba un chicle de menta.

—¿Y tienes…? —El sol. Los árboles. Sus ojos giraron un segundo—. ¿Y abres perros y todo?

—¿Qué? No. —Me reí en un golpe—. No, qué bestia. O sea, a lo mejor en un futuro. Pero las prácticas ahora las hago en una granja.

—Ah, vale, bueno. Rollo vacas y esas cosas.

La pantalla seguía en blanco. Diana no respondía, porque habíamos discutido y no iba a volver a España por mi cumpleaños, y se iba a acabar el mundo una tarde de abril en la que no hacía ni frío ni calor.

—Sí —dije—. Rollo vacas.

A veces tengo un sueño recurrente. Es de día y la gente anda en línea recta por la calle. Lo hacen en grupo, a una distancia casi programada de coreografía. El cielo está distinto y dividido en cuadrados.

Yo estoy corriendo sobre la alfombra del salón.

Salto el sofá y tropiezo con la mesa. Se cae el cristal y estalla en más cristales.

Estoy corriendo en mi casa. (La lámpara se vuelca).

Algo me persigue. Tengo miedo de que sea más rápido.

Nunca llego a saber el qué, pero me alcanza y tira de mí, y llego a la puerta y todo esto sucede en un instante, como el mecanismo simple y predecible de una cerilla.

Cuando despierto, no sé por qué me duelen las palmas de las manos. Estoy sentada en la cama llamando a mamá.

Me ha pasado en todas partes. En tiendas de campaña, en viajes de autobús y habitaciones de hotel.

Una noche, desperté al padre de Diana y se presentó en el cuarto armado de un paraguas.

De pequeña me daba tanta vergüenza que ocurriera que me negaba a hacer pijamada en casa de nadie, ni siquiera en la de mi prima Olivia.

Era un bochorno de mancha de regla en el pantalón, esa fragilidad que no controlaba y exigía de repente una madre.

Cuando teníamos diecinueve, Alma buscó el significado del sueño en internet y dijo que era porque me sentía culpable.

¿Culpable de qué? El sueño llegó antes que ninguna culpa.

No quería ir al campamento del instituto.

El González, que era mi tutor de tercero de la ESO , creyó que me meaba en la cama y me regaló pañales.

Mamá venía cuando me oía. Siempre vino.

Se acostaba junto a mí, en una cama de noventa centímetros tan incómoda, con una niña a la que le silbaba a ratos un orificio de la nariz. Mamá no evaluaba nunca las gravedades de las cosas. Me decía, ya medio dormida:

—No te preocupes, gusanito. Vamos a intentarlo otra vez.

Supongo que esperaba de mí misma recordar el nombre de la chica del BlaBlaCar ahora que existe una línea específica en la que acaban los recuerdos.

Recuerdo otras cosas en su lugar: la lámpara del sueño está en el suelo.

Diana tiene los ojos grises, grises de verdad, y yo estaba cabreada con ella ese día porque había tomado otra de esas decisiones tranquilas y suyas, muy racionales.

No iba a volver del Erasmus para el 2 de mayo.

Le había dicho: «Hablamos por la noche», pero no quería decir: «Hablamos por la noche», quería decir: «Háblame ahora y dime que vas a volver a España para mi cumpleaños».

Yo iba a pasar ese fin de semana en Sevilla con mi madre.

Llevaba puesto el peto vaquero y una camiseta con el dibujo de una gamba que arrastraba desde la adolescencia. Así te pillan los eventos importantes. Nadie quiere eventos importantes. Ni siquiera la gente que estudia una FP de Historia.

—Pero, oye, ¿estás segura? —le pregunté a la chica—. Que no es ningún lío, te lo juro. Que tengo el bonobús aquí…

—No, si es que —me explicó— justo me viene bien porque ahora sigo hasta Cádiz con otra chavala, y me dijo que en el Prado. O sea, que te dejo y le mando ubi.

—¿De verdad?

—Que sí, muchacha. —Sonrió—. No te rayes.

—Vale —le dije—. Pues genial. Qué bien, tía, gracias. Pues me dejas casi en la puerta.

Ella le echó un vistazo a mi pantalla, ya entrando en Sevilla.

—¿No te ha hablado tu novia aún?

Yo abrí WhatsApp y lo cerré otra vez. César había mandado una foto del atardecer en Cazalla por el grupo.

—Qué va. —Me froté la frente—. Si es que es un caso aparte, mira, yo ya…

—¿En Alemania no es otra hora?

—No, no. Es que es más recta que un boli, eso es lo que le pasa…

—Bueno —dijo la chica del chicle y el coche—.

Ahora la llamas y os aclaráis. Pero no me sufras, mira, te subo a Amaral que viene al pego.

—Subió el volumen de la radio y yo le sonreí por cortesía—.

«Quiero vivir, quiero sentir, quiero na-na…

». A mi madre es que le encantan. Los he visto en Chiclana ya dos veces.

—Anda.

—¿Tienes calor?

—No, estoy bien.

El mundo se iba a acabar, estaba sonando Amaral y olía a ambientador de pino de taxi.

La chica me dejó en la calle que subía hasta casa y yo me eché la mochila al hombro. Le di las gracias, creo. No sé si se las di, en realidad. Pasé al lado del bar con las sillas de aluminio y Diana no me había escrito nada, así que le escribí yo:

Ya estoy en Sevilla 21:02

No le llegaba el mensaje. Esperé un minuto. Suspiré y no miré siquiera la calle mientras andaba y clicaba sobre su número, porque las calles son algo muy estable. Las calles no van a cambiar. Pitido, pitido, pitido. Contestador de voz. Lo volví a intentar. Nada.

—Hola, eh… No me lo estás cogiendo —le dije, en un audio—. No sé si no tienes batería o qué, pero… Bueno. Llámame. Antes de mañana, ¿vale? Porque quiero hablarlo. Que mamá estará en casa, así que… Avisa, si es muy tarde. Y eso.

Hubo un segundo de espacio y ruido en el que no le dije: «Te quiero». Luego le di a enviar.

Los coches, la acera estrecha, el restaurante japonés. El quiosco con souvenirs para británicos y la iglesia de Santa María la Blanca. Llegué al portal de casa y, cuando saqué las llaves, me di cuenta de que me había traído las del piso de Córdoba.

—Joder… —Chasqueé la lengua—. Joder…

Llamé al porterillo y no me respondió nadie. Era casi una costumbre familiar, así que esperé a que un vecino saliera para entrar detrás de él. Le di las gracias. No sé si se las di. Sé que le mandé a Olivia otro audio que decía:

—Tía, hoy ha sido un drama. Adivina quién no vuelve a Sevilla. En fin, ahora te cuento… ¿Estás en el cortijo? Bueno, ya me dices. Diana siendo Diana, tía, y… Yo qué sé. Yo qué sé. Ahora te cuento.

Pasó en el ascensor.

Lo que sea que pasó, pasó en un viaje de ascensor; en todas partes, menos en el vacío estático e inalterable del ascensor.

Lo sé porque antes de eso no pasaba nada.

Estaba Sevilla, y la gente aparcaba en paralelo y se sentaba en bancos.

La chica del BlaBlaCar esperaba a alguien que se dirigía a Cádiz.

Un vecino se marchaba hacia algún sitio.

El mundo se reorganizaba solo, eliminaba todo esto y se redefinía fuera del ascensor, mientras yo me miraba las uñas mal pintadas de negro y jugaba con mi piercing en el centro del labio.

Si no hubiese cogido el ascensor, ¿habría pasado de otra forma?

¿O habría llegado a otro lugar? Lo pienso ahora, a veces lo pienso.

He ascendido a este sexto piso del que no he conseguido bajarme.

Las puertas se abrieron.

Debajo del felpudo seguía el adoquín roto y mal colocado, en el que mi madre siempre escondía una llave para emergencias.

Entré en casa. Dejé la mochila junto a la pared.

Me estiré un poco y fui a la cocina a buscar un vaso de agua mientras desbloqueaba el móvil.

Diana seguía sin responder. La nota de voz para Olivia no se había enviado y a un lado todavía giraba el círculo de carga.

Me di cuenta entonces de que era mi móvil al no le llegaba internet.

Abrí los ajustes y no iban los datos ni iba la wifi de casa, y de pronto me encontré en la encimera una caja de ibuprofeno abierta y los blísteres desparramados por el suelo.

Mis zapatos habían pisado uno y habían triturado una pastilla. Retrocedí.

Dejé el vaso y volví al salón, y ahí, al otro lado del pasillo, vi a mi madre.

—¿Qué ha…? —empecé a preguntarle, mientras andaba hasta la alfombra—. Pensaba que no estabas. Hay pastillas tiradas en la cocina. He llamado dos veces porque me he dejado la llave en el piso, me he traído la llave que no era. ¿Qué ha pasado en la cocina?

Mamá no se movió, al principio.

Sigo recordando eso, eso lo recuerdo: su cara en blanco y lo de luego, pero sobre todo el minuto entero que no se movió.