Aunque me dé miedo Epílogo
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Epílogo

Lía

La brisa del mar me acariciaba con dulzura la piel.

Cerré los ojos, dejando que esa agradable sensación anestesiara la desazón por las agujas de aquel reloj que corrían sin que yo las pudiera detener.

Con mi cabeza recostada en su regazo, disfruté del pequeño masaje que me hacía en el pelo mientras Asier y Abril discutían a nuestro lado sobre cómo se hacía una figura de acroyoga.

Me había entrado arena hasta en la boca por su culpa.

—¿Damos un paseo?

Su cálida voz me obligó a abrir los ojos. Desde arriba, me miraba como siempre lo hacía. Como no había dejado de hacerlo desde que el curso terminó hacía ya casi tres meses; como si yo fuera lo más bonito del mundo. Y seguía revolucionándome el corazón de la misma manera que lo hiciera.

Asentí con una sonrisa y me incorporé. Bastian me subió el tirante de mi vestido con una pequeña risita.

No me acordaba de que me había quitado el sujetador del bikini para no mojármelo; menos mal que los demás estaban distraídos.

Me levanté y me sacudí los restos de arena de las piernas mientras fulminaba con la mirada a Asier y Abril.

—Ahora venimos —anunció Bastian mientras me cogía de la mano.

—El sexo en la playa también se considera escándalo público, ¿eh? Aunque sea de noche, sigue siendo delito —se burló Asier mientras intentaba sostener la arqueada espalda de Abril con las manos y los pies.

—Que te jodan —respondió Bastian.

Asier dibujó una pícara sonrisa desde aquella extraña postura.

—Ojalá.

Puse los ojos en blanco y Bastian negó con la cabeza mientras reprimía una carcajada. Comenzamos a caminar y pasamos al lado de Nico y Claudia, juntos en la misma toalla. Crucé una cómplice mirada con ella mientras Nico la torturaba con sus cosquillas.

El agua cálida de esa playa de Formentor nos acarició los pies cuando llegamos a la orilla.

Paseamos en silencio, con el calmado vaivén del mar de Mallorca acompañándonos.

Bastian se llevó nuestras manos entrelazadas a los labios y me dio un beso en el dorso.

Y es simple gesto de cariño reprodujo en mi cabeza todos los momentos que vivimos ese verano y que se quedarían para siempre grabados en mi corazón.

Los paseos y juegos en el parque con Balto, y los baños en la fuente cuando se nos escapaba y no conseguíamos sacarlo.

Todas las veces que hicimos el trayecto Alcalá-Móstoles en su coche, cantando a pleno pulmón.

Cuando me asomaba a la ventana y el estómago se me llenaba de un ilusionado cosquilleo al verlo apoyado en su coche, esperando a que bajara.

Las tardes que pasamos tirados en el césped del Retiro, hablando e imaginándonos nuestro futuro.

Las noches que nos quedamos hasta las tantas escribiéndonos mensajes.

Las veces que, entre sus brazos, me hizo olvidarme del mundo.

Incluso el día que conoció a mis padres y a mis hermanos.

A su padre todavía no me lo había presentado, pero entendía que aún no estuviera preparado.

Creía que sabía lo que era el amor, pero después de vivir esos meses tan especiales con Bastian, me di cuenta de lo equivocada que estaba.

Bastian me quería tal y como era, y a su lado, lo más simple se convertía en extraordinario.

Había pasado uno de los mejores veranos de mi vida junto a él, pero el tiempo se nos agotaba y en solo unos días nuestros caminos se separarían.

Yo volvería a la LUHS, y él comenzaría su carrera como jugador profesional del Ágora Madrid en la Superliga de voleibol.

Me aferré con fuerza a su mano cuando sentí que todas las emociones se me acumulaban en la garganta.

—Lía —como si me estuviera leyendo la mente, intentó sacarme de ella.

Tragué saliva y miré hacia la arena mojada por la que seguíamos paseando.

—Lía —insistió, alargando las vocales.

Sacudí la cabeza, pero no la levanté. No quería que viera las lágrimas que comenzaban a empañar mis ojos.

Pero las vio, claro que las vio.

Bastian siempre me veía.

—Ven aquí —susurró con esa voz tan envolvente que siempre me hacía sentir protegida.

Me atrajo hacia su cuerpo y me abrazó, dándome un beso en la frente. Después, pegué mi cara a su pecho, escuchando como latía su tranquilo corazón. Ojalá pudiera grabarme ese sonido en mi memoria, igual que el de su risa, para escucharlos cada vez que me hicieran falta.

—¿En qué piensas?

—En que no quiero irme —admití con lástima, apretándome más a su cuerpo.

Su risa retumbó en mi oído.

—Pero tienes que acabar la carrera. —Se separó un poco y cogió mi cara entre sus manos para obligarme a mirarlo—. Estas solo a un año… no, ¿qué digo? A unos meses de convertirte en la mejor enfermera que saldrá de la LUHS.

Se me escapó un resoplido.

—Me tienes en demasiada alta estima.

—No, tú te valoras demasiado poco. Así que te lo recordaré todas las veces que hagan falta, aún desde la distancia.

Esto último lo dijo con una sonrisa, pero a mí me escoció en lo más profundo de mi corazón.

Debió percibirlo, porque su gesto se borró.

Sin soltarme, retomó el camino hasta que nos apartamos un poco más de nuestros amigos y se sentó en la arena, con las rodillas flexionadas.

Tiró de mi mano para que yo lo hiciera entre el hueco de sus piernas.

Me dejé caer contra su pecho, y como él no llevaba camiseta, sentí su reconfortante calor en mi espalda.

—Te preocupa algo, ¿verdad?

Me tomé unos segundos antes de contestar, contemplando el suave oleaje del mar.

—No quiero que cambie nada entre nosotros —admití con un poco de vergüenza mientras jugaba a enterrar mis dedos en la fría arena.

—Lía, claro que van a cambiar muchas cosas.

—Fruncí el ceño y me giré un poco para mirarlo—.

Voy a llevar otro ritmo de vida mucho más exigente, voy a conocer a otros compañeros, me voy a mover por otro ambiente distinto al que tenía antes…

y tú tienes que enfocarte en terminar la universidad y prepararte para ser la mejor matrona del mundo.

O… lo que decidas ser —terminó de decir un poco más inseguro.

Me retiró el pelo a un lado, acariciándome el cuello a su paso. No pude contestar porque me temblaba el labio al intentarlo.

—Pero vamos a seguir siendo nosotros, Lía —continuó él, rellenando mi silencio—.

Aunque nos separen tantísimos kilómetros, te aseguro que lo que siento por ti no va a cambiar.

Te prometo que no lo va a hacer, si así te sientes más segura.

Elegí lo que más miedo me daba y ha resultado ser lo mejor que me ha pasado en la vida, ¿en serio piensas que lo voy a echar a perder? —inquirió entre risas.

Con el corazón latiéndome con un poco más de calor, negué con la cabeza y alcé la mano hacia atrás para acariciarle el pelo, todavía húmedo por habernos pasado toda la tarde jugando en el mar.

—No hace falta que me lo prometas, porque confío en ti.

Cerré los ojos cuando me besó la mejilla.

—Entonces, ¿dónde está el problema?

—En que te voy a echar mucho de menos —dije casi de carrerilla para evitar llorar, pero no lo conseguí, porque me empecé a romper.

Me ladeé contra su cuerpo para poder acurrucarme en su pecho. Bastian soltó una pequeña carcajada y me rodeó con sus brazos. Y así me sentí un poco más a salvo de esa jauría emocional que me tenía presa.

—Sabes que yo también, muchísimo. —Me dio otro tierno beso, ahora en la sien—.

Pero vas a estar tan liada estudiando, que el tiempo se te va a pasar volando.

Hablaremos todos los días, haremos videollamadas, en Navidad nos veremos…

y cuando te quieras dar cuenta, será verano y estaremos otra vez juntos.

Me limpié las lágrimas mientras lo escuchaba.

Ojalá eso que decía fuera verdad. Todavía no tenía ni idea de qué pasaría conmigo cuando acabara la carrera; si volvería a España a prepararme el examen para acceder al EIR de matrona o si me quedaría en el hospital adjunto de la LUHS en caso de que me ofrecieran un buen contrato.

Y esa incertidumbre me torturaba, porque no quería alejarlo de mi vida.

—…además —siguió hablando—, todavía nos quedan unos días hasta que te vayas.

—Pero ya no va a ser lo mismo —repliqué con la voz tomada—. Tu empiezas los entrenamientos y…

—¿Y qué? Te veré en cuanto acabe las sesiones. O antes. Y en cuanto te gradúes, nos iremos de viaje, así que antes de que te vayas tenemos que pensar destino. A donde tú quieras. No voy a ponerte pegas como cuando me obligas a ver esas pasteladas que tanto te gustan.

—No son pasteladas —lo increpé indignada, clavándole el dedo en el costado para hacerle cosquillas.

—Joder que no —respondió divertido.

Y así consiguió sacarme una pequeña risa que ensanchó su bonita sonrisa.

—Y también piensa… —su voz cambió a un tono extremadamente seductor— …que nos queda toda esta última noche para despedirnos en condiciones.

Me encogí en mis hombros cuando comenzó a dejarme un rastro de besos por el cuello.

—Estúpido… —dije con una risa nerviosa.

—Niñata —me bisbisó al oído, estremeciéndome con su aliento y obligándome a sonreír.

Después, cogió mi barbilla y la alzó para besarme con lentitud. Se tomó todo su tiempo, como si él también quisiera aprovechar cada segundo que nos quedaba para memorizar mi sabor. Se separó solo unos centímetros, y rozándome los labios, pronunció aquellas palabras que volvían loco a mi corazón:

—Te quiero.

Respiré hondo y clavé mi mirada en el bonito brillo de sus ojos.

—Yo también te quiero.

Acuné su nuca para ser yo quien lo besara y así demostrárselo.

Cuando pusimos fin a ese beso que yo quería que fuera eterno, volvimos quedarnos abrazados y en silencio, frente a la calma de ese mar que nos arropaba con su sonido, mientras Bastian me llenaba de cariños el cabello.

Era increíble que durante un tiempo en él solo encontrara hostilidad, y ahora me tuviera tan embriagada con su dulzura.

—Cuando pienses en Madrid, acuérdate de mí —susurró al cabo de un rato.